Homilía de Mons. Dionisio Guillermo García Ibáñez, arzobispo de Santiago de Cuba, en la Basílica Santuario de Nuestra Señora de la Caridad, el 20 de octubre de 2024, XXIX Domingo del Tiempo Ordinario

“Ni aún el Hijo del hombre, vino para que le sirvan sino para servir, y dar su vida como precio por la libertad de muchos” Marcos 10, 45

Hermanos,

Las lecturas de hoy tocan el tema del sufrimiento, del mal, del sufrimiento que provoca el mal. El sufrimiento en sí, el dolor la angustia, la pena ya y aún mal. Pero hay sufrimientos de esos que son evitables y que sin embargo nos machacan. Y el mal siempre crea sufrimiento, siempre. El mal producido por los hombres mucho más.

Las lecturas de hoy, comenzando por el profeta Isaías, en el capítulo 53, volvemos a repetir el tema que muchas veces durante el año litúrgico lo leemos, sobre todo en Semana Santa, en la misa del Domingo de Ramos hasta el Viernes Santo; el Lunes, el Martes, el Miércoles Santo leemos los texto de Isaías, de los que se llaman los textos del Siervo de Yahvé. Recordemos que el libro de Isaías es un libro en el que el profeta, es bueno siempre recordar estas cosas, el profeta trata de consolar al pueblo. En primer lugar, le dice la situación que vive, le dice la Palabra de Dios, y le dice “se han apartado del Señor, hay que volver de nuevo y estamos a tiempo, porque el Señor no nos abandona”.

Pero en medio de los textos, al final del capítulo 40, a principios del 50, él tiene una serie de textos que hablan de un de un siervo doliente, que los estudiosos de la Biblia le llaman el Siervo de Yahvé; es decir, porque es un hombre que se ve como sometido a la voluntad de Dios. Se sabe que el siervo está sometido a la voluntad del amo, la diferencia aquí que es de Dios. Y entonces este siervo, sabiendo quién es Dios, que es el Señor de todo, que todo ha sido creado en Él, por Él y para Él, entonces lo que más desea es agradar, servir a ese Dios, que nos ha dado la vida, nos lo ha dado todo, porque Él es el único que se merece todo el honor, todo el poder y toda la gloria. Este siervo de Yahvé lo que quiere es siempre hacer la voluntad de Dios.

Este siervo, que es presentado así, que muchas veces se ha identificado con el pueblo de Israel, que es de Dios, debe ser de Dios, como la Iglesia que es, tiene que ser sierva de Dios. Uno de los nombres que el Papa utilizaba era siervo de los siervos de Dios, la Iglesia es sierva de Dios, en ese sentido de que el siervo siempre hace la voluntad del Padre, y nosotros sabemos que seremos dichosos como lo han dicho los evangelios de estos días, si hacemos la voluntad del Padre.

Este siervo quiere hacer la voluntad de Dios, y dice que este siervo ha pasado por el sufrimiento. Es decir, en el dolor, en la angustia, el ha sentido que él ha tenido que pasar eso, él quiere hacer la voluntad de Dios, que la voluntad de Dios a su vez consiste en nuestro bien. Para alcanzar el bien, y más el bien absoluto, el bien pleno que es para nosotros estar plenamente junto con Dios para siempre, tenemos que hacer su voluntad, aunque esta conlleve pasar por el sufrimiento.

Entonces Dios no quiso que su hijo Jesús sufriera, no quería. Pero también la vida está de tal manera presentada, el pecado del hombre crea tanto sufrimiento, tanta discordia, tanta vanidad, tanto rencor, odio, también muchas cosas buenas, pero todo eso acompañado con esta otra parte oscura de nuestra vida; que Dios quiso que su Hijo se hiciera uno como nosotros, y pasara por todo. Eso nos lo dice el texto del Evangelio fundamentalmente, y imiten al Señor Jesús porque Él quiso en todo hacer la voluntad del Padre, y Él fue el servidor de todos cargando con qué, con los pecados del mundo.

En este texto del profeta Isaías, también ese pasar por el sufrimiento está unido que descubramos esa dimensión del sufrimiento que muchas veces no la tenemos en cuenta, que el sufrimiento también es una escuela. Que el sufrimiento nos enseña, y que, en el sufrimiento, aún en el sufrimiento, nosotros podemos encontrar un bien. Nada de lo que sucede está ajeno a la voluntad de Dios en el sentido, que, al permitir estas cosas, es porque algo bueno, Él no lo quisiera, pero si pasa, algo bueno Él nos quiere decir.

De ahí es que nosotros vemos, constantemente, frecuentemente, que hay personas que se encuentran con Dios, que cambian la vida, que reordenan su existencia después de pasar una experiencia amarga y dura. Para nosotros los sacerdotes es una experiencia, no le voy a decir diaria, pero si le voy a decir muy frecuente, aquellas personas que en medio del dolor descubren a Dios, lo descubren y eso les da una fuerza que eso sí que es para la vida eterna.

Entonces aquí va unido a unas palabras, en la que une el sufrimiento con el conocimiento; es decir, como si el sufrimiento fuera una escuela, una maestra de la vida y para la vida. “Quiso el Señor destrozarlo con padecimientos, cargó con los pecados de todo en la cruz en el Calvario, y Él ofreció su vida como sacrificio por el pecado”. Y aquí viene entonces, dice, “por esto verá sus descendientes y tendrá larga vida, y por él será lo que Dios quiere. Por su conocimiento mi siervo justificará a muchos”, ahí es donde se unen sufrimiento y conocimiento.

El sufrimiento como he dicho es una escuela, es una maestra de la vida, y el sufrimiento nos ayuda a comprender nuestra existencia. Después en la carta a los Hebreos este tema va a volver a salir, el Señor Jesús aprendió en el sufrimiento a obedecer y ahí conoció, entendió, como Dios saca las cosas buenas, cuando nosotros nos comprometemos con los demás, y Él al comprometerse con nosotros, se ofrece la cruz para salvarnos.

Pero hay otra cosita más, fíjense bien, el sufrimiento inevitable, mucho sufrimiento es producido por los hombres o no paliado por los hombres, y de ahí, nosotros podemos sacar cosas buenas. El sufrimiento, y el mal, y el pecado no vencen, el que vence es Cristo, sabemos que Cristo vence en la cruz, pero también Cristo vence cada día cuando nosotros podemos y debemos, y lo encontramos, en cualquier acto de nuestra vida aún en el sufrimiento. Lo curioso de eso es, que fíjense bien como en este texto del Antiguo Testamento, cuando el Señor Jesús con su resurrección faltaban muchos siglos todavía por llegar, aquí dice que, casi muriendo, sin embargo, Él va a conocer a sus descendientes. Fíjense bien, ¿cómo una persona que es aplastada y muerta va a conocer a sus descendientes? ¿Qué hizo el Señor? Destrozado, con padecimientos, y Él ofreció su vida como sacrificio por el pecado. Verá sus descendientes, tendrá larga vida y por él se cumplirá lo que Dios quiere. Por lo tanto, si hacemos la voluntad de Dios y le buscamos en cada cosa simple de nuestra vida, en un beso a los hijos, el reunirse en familia, en el trabajo diario, en el que compartir con los amigos, en hacer el bien, ahí encontramos a Dios; en una cama del hospital, en una persona desahuciada, en una persona que le piden si se quiere quitar la vida para que no sufra y la persona dice que no, en una persona que vive las situaciones políticas, sociales, económicas difíciles, ahí nosotros podemos encontrar a Dios, que es el que nos da la vida eterna, que es bien mayor.

Entonces fijémonos, el sufrimiento puede ser fuente de vida, no es que busquemos el sufrimiento por buscarlo, es el sufrimiento que viene y que uno no puede evitarlo, el sufrimiento puede ser fuente de vida, en el sufrimiento podemos encontrar a Dios, y según Cristo nosotros con el sufrimiento, ofrecido al Señor como lo ofrece ese siervo de Yahvé que después se concreta en la persona de Cristo, nosotros podemos alcanzar la salvación, y Él nos la alcanzó para todos los hombres.

Si nosotros vamos a la lectura de la carta a los hebreos, también aquí nosotros vemos como después él vuelve a tocar el tema del conocimiento. “Manténgase firmes en la fe que profesamos. Nuestro sumo sacerdote no se queda indiferente a nuestras debilidades, ya que Él mismo fue sometido a las mismas pruebas que nosotros. Acerquémonos con confianza, ahí nos esperan su misericordia y su gracia. Ahí conoceremos en Él, que lo que Dios quiere para nosotros no es el mal y el sufrimiento, sino al contrario, es la vida eterna”.

Como les dije al principio, en el Evangelio al final, ante aquella propuesta de los hermanos Zebedeos, de que cuando él estuviera en el Reino ellos quisieran estar a su lado, es ir disfrutando de las glorias del mundo, creyendo que Jesús venía como un rey de este mundo. Jesús les dice, aprendan, aprendan de mí que siendo el Señor yo me ofrecía a todos como Siervo. Porque Él fue hecho en todo como nosotros, menos en el pecado, y si Él que es el Señor se hizo Siervo, nosotros también tenemos que ser servidores de todos.

Y eso significa entrega, significa sacrificio, significa dejadez de cosas, significa mirar la vida con otros ojos, no como muchas veces nos lo quieren pintar, que nos hacen creer que, en el reino de este mundo, aquí se alcanza la felicidad y la gloria para siempre, y eso todos nosotros sabemos por experiencia que es falso. La única felicidad plena, el único bien eterno, aquello que no sacaba nunca, aquello que se nos satisface siempre, ese es el Señor Jesús, y lo vamos a encontrar si estamos junto a Él, que es estar plenamente junto a Él en la vida eterna.

Nosotros gozamos de esa vida eterna, en la medida que aquí en la tierra, nosotros estemos íntimamente unidos a Él. En la medida que nosotros ante cualquier cosa de nuestra vida nos preguntemos, ¿qué quiere el Señor que yo haga, qué hubiera hecho Él en este momento? Que en cada instante nuestra vida nosotros lo sintamos al lado, me gusta repetir esto porque esto es fuente de espiritualidad. Es saber que Dios está conmigo, que Él me quiere, por eso se entregó por mí y por eso me enseña el camino. Camino que muchas veces pasa por el sufrimiento y por el mal, camino de sufrimiento que muchas veces, o casi siempre, o siempre lo tendremos en la vida, no porque lo busquemos, aunque también nosotros con nuestros pecados hace que venga sobre nosotros el mal y el sufrimiento, sino porque esa es la vida; en la confrontación, esa es la vida que muchas veces se llenan los ojos de ilusiones.

No hermanos, vivamos aferrados al Señor Jesús, que siendo Dios se hizo Siervo para salvarnos, nos dio su palabra, y si vivimos en la tierra unido a Él, ya estaremos gozando de su presencia aquí para después tenerlo plenamente en la gloria.

Que Dios nos ayude hermanos a vivir así. Fortalezcamos nuestra vida espiritual siempre, y eso lo logramos uniéndonos íntimamente al Señor Jesús. Vamos a leer el Evangelio, este evangelio vuélvanlo a leer hoy, y confróntelo con la vida de cada uno de ustedes, y la mía también, lo tengo que hacer yo también.

Que Dios nos ayude a vivir así.

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