Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz, su Obispo y pastor de todos.
La escena del evangelio de hoy se sitúa en Jericó a orillas del río Jordán. Jesús camina hacia Jerusalén con sus discípulos. Se encuentran con un mendigo ciego que está sentado al borde del camino con su manto extendido para recoger las limosnas de los que por allí pasan. Tiene nombre, se llama Bartimeo. Al saber que es Jesús el que pasa se pone a gritarle: “Jesús, hijo de David, ten compasión de mí”.
Bartimeo grita a Jesús para ser sanado, mientras los discípulos le regañan para que no lo haga. Hay cristianos que se ocupan solo de su relación con Jesús, es una relación cerrada, egoísta. Ese grupo de gente, también hoy, no escucha el grito de muchos que necesitan a Jesús. Un grupo de indiferentes: no escuchan, creen que la vida es su grupito; están sordos al clamor de tanta gente que necesita salvación, que necesita la ayuda de Jesús, que necesita de la Iglesia. Esta gente es egoísta, vive para sí misma. Son incapaces de escuchar la voz de Jesús.
También está el grupo de los que escuchan este grito que pide ayuda, pero que lo quieren hacer callar. Como cuando los discípulos alejan a los niños para que no incomoden al Maestro. (Cf Homilía de S.S. Francisco, 28 de mayo de 2015, en Santa Marta).
Ceguera y luz, incredulidad y fe. Esos son elementos que están presentes en Bartimeo y en cada uno de nosotros. En cuántas ocasiones andamos ciegos por la vida sin darnos cuenta de lo que pasa a nuestro alrededor. Cuántas veces andamos escasos de fe y dudamos. El ciego del evangelio es un signo del ser humano desamparado y sin vista. Pero Bartimeo grita, se hace escuchar, se hace notar. Él quería algo y lo pidió con todas sus fuerzas, incluso gritando. Jesús no pudo seguir adelante, porque había alguien junto al camino que le necesitaba y que hacía lo posible para ser escuchado. ¿Tenemos fe como para no dejar pasar la oportunidad que Dios nos regala: la vida?
Nos encontramos ante una lección perfecta de cómo orar. Primero hay que pedir con insistencia, con fuerza, que Cristo venga a socorrernos. Y hacerlo con la actitud del mendigo ciego: con humildad.
A Jesús le llamó «Hijo de David», es decir, hijo del más grande rey de Israel. Y de sí mismo dijo que era alguien de quien debía compadecerse. Así es el encuentro de la criatura con Dios.
Entonces, cuando Dios encuentra un alma bien dispuesta, se rinde, le llama y le hace la gran pregunta: ¿Qué quieres que te haga?
Hoy podemos preguntarnos: ¿qué quiero que Dios me haga? ¿Cuál es el gran deseo que arde en mi corazón? Pidamos, pero no cosas pequeñas, sino grandes. Pidamos aumentar nuestra fe hasta límites insospechados, pidamos ser grandes apóstoles, pidamos ser santos.
El ciego supo pedir lo que necesitaba. Y para acudir a ese encuentro salvador no le importó dejar su manto, su miserable manto, porque así, desprendido de todo, alcanzaría la gracia que más anhelaba en su corazón.
“Señor, que pueda ver” no solo con los ojos de los sentidos, sino con los ojos de la fe. Que pueda reconocerte y seguirte. Que te vea presente en el transcurrir de la vida, en las alegrías y penas de los compañeros de camino, y en los hechos cotidianos que nos descubren los signos de tu presencia. Que al verte podamos seguirte sin más, como lo hizo el ciego del evangelio, al experimentar la presencia de tu amor.
Que María de la Caridad nos acompañe siempre.
