Mensaje radial de Mons. Wilfredo Pino Estévez, arzobispo de Camagüey, el domingo 27 de octubre, sobre el Día de los Fieles Difuntos del próximo sábado 2 de noviembre

Amables oyentes: El 2 de noviembre nuestros cementerios e iglesias y, sobre todo, nuestro recuerdo y nuestro corazón se llenan de la memoria, de la oración y ofrenda agradecidas y emocionadas a nuestros familiares y amigos difuntos. La muerte es, sin duda alguna, la realidad más dolorosa en la vida del hombre. Pero la fe en Jesucristo nos hace afirmar que la muerte no es final del camino. No vivimos para morir, sino que la muerte es la llave de la vida eterna. Rezamos por nuestros familiares y amigos difuntos, y por los difuntos que nadie reza.

Todos sabemos que el hombre ha sido creado por Dios para la vida, no para la muerte. Los hombres queremos vivir, y por eso nos angustia saber que nuestras vidas están medidas por el tiempo. Hay un reloj en nuestras manos enseñándonos que nuestros minutos están contados, que un año de vida son muchas horas… pero horas; que nacemos, crecemos, envejecemos y morimos. La pregunta que, entonces, nos hacemos todos es: ¿para qué la muerte? ¿por qué hay que morir?

Ciertamente, las reacciones ante el tema de la muerte son muy variadas. No nos gusta hablar de ella. Por ejemplo, tenemos un cierto miedo a ir al médico para que no nos diga una verdad que no queremos escuchar… Tratamos de ocultar su cercana muerte a nuestros familiares enfermos… y tratamos de engañarnos a nosotros mismos en nuestras enfermedades. Llegamos, incluso, a hacer chistes con la muerte, como si tratáramos de no hacerle frente al problema.

También es verdad que los hombres de ciencia hacen enormes esfuerzos para vencer la muerte, los médicos se esfuerzan por prolongar la vida, buscar medicamentos nuevos, etc. Pero llega un momento en que esos mismos médicos que atienden a nuestro familiar enfermo, nos dicen: “Se ha hecho todo lo que se podía hacer”…

La muerte está constantemente cerca… pero también la ponemos lejos. Hacemos planes como si nunca hubiésemos de morir. Muchos cubanos han perdido, incluso, la costumbre de añadir el “Si Dios quiere…” a cualquier programa que piensan realizar en el futuro.

Un día entró Jesucristo, vencedor de la muerte, en la historia del hombre. Hablaba un lenguaje nuevo: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”; “A mí nadie me quita la vida, yo la entrego libremente”; “El que crea en mí, aunque muera, vivirá”; “Yo soy el pan de vida, el agua de vida, la luz de vida, la Resurrección y la Vida para siempre”. Jesucristo, Señor de la vida, resucitó a su amigo Lázaro, devolvió la vida al hijo único de una pobre viuda y a una niña de 12 años. El Señor de la vida aceptó morir para vencer a la muerte. Su resurrección venció la muerte y es también nuestra victoria. La muerte ya no tiene dominio sobre nosotros. Escuchemos lo que dijeron al respecto algunos santos de la Iglesia: San Pablo: “Para mí morir es una ganancia”. San Ignacio de Antioquía: “Hay un agua viva que dice dentro de mí: ver al Padre”. Santa Teresa: “Yo quiero ver a Dios y para verlo es necesario morir”. Santa Teresita: “Yo no muero, entro en la vida”. San Francisco: “No vendrá a buscarme la hermana muerte, sino Dios”. Y san Juan, en su evangelio, nos habla de otro tipo de muerte en vida: “el que no ama, permanece en la muerte”.

Queridos todos: Con Jesucristo, la muerte ya no fue el punto final de la existencia del hombre, sino un punto y seguido, la puerta que hay que atravesar para entrar a la vida. La muerte será no un adiós, sino un hasta luego. Nosotros hoy estamos vivos, pero un día moriremos. Por eso nos vendría bien recordar lo que enseñó San Juan de la Cruz: “Al atardecer de tu vida, te examinarán de amor”. Y pedir con el salmo: “Enséñanos, Señor, a calcular nuestros años para que tengamos un corazón prudente”.

A todos los que han perdido recientemente a algún familiar o amigo, yo les diría hoy unas palabras de San Ambrosio que ustedes deben poner en boca de sus seres queridos difuntos: “No lloren por mí, ustedes que me quisieron tanto; mi muerte no es muerte sino tránsito feliz. Ya descanso en el Señor. Han sido muy buenos conmigo; séanlo siempre para Dios y un día estaremos reunidos en el Cielo”. Que así sea.

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