Mensaje radial del P. José Alberto Escobar Marín, OSA, diócesis de Ciego de Ávila, el XXX domingo del Tiempo Ordinario, 27 de octubre de 2024

El Evangelio de Marcos nos deja constancia del encuentro de un hombre ciego de nacimiento con Jesús. Sabemos su nombre, Bartimeo, hijo de Timeo, y el lugar de donde procedía, Jericó. Su recuerdo tuvo que perdurar en quienes supieron de la acción salvadora de Jesús, y cómo cambiaba la vida de aquellos que abrían su corazón y su vida a Él.

Me gustaría empezar poniendo esto como una de las consecuencias del Evangelio. Dios, Jesús el Señor, hace posible el cambio. Bartimeo está sumido en la ceguera y cambiará.

Aquel hombre está al borde del camino, vulnerable, dependiente, cambiará. Lleno de dolor, sufrimiento, exclusión, cambiará. Es víctima en un mundo y una sociedad que no hace nada por él, cambiará.

Dios hace posible ese cambio. Bartimeo lanza un grito que va a repetir en cuanto se da cuenta que Jesús está cerca. Hijo de David, ten compasión de mí.

Pero antes me gustaría fijarme en el contexto donde ese grito suena. Dice el Evangelio que muchos lo regañaban para que se callara. Bartimeo que está enfermo y que es ciego, limitado y vulnerable, no está solo.

Por la visita de Jesús o porque a su alrededor en el camino la gente transita o negocia, Bartimeo está rodeado de gente. De entre esa gente hay muchos que le regañan y le conminan a que se calle. ¿Por qué le dicen que se calle? Esos que le regañan no tienen compasión de Bartimeo, no sienten en sus carnes el dolor de ser ciego y vivir sumido en la pobreza y la exclusión.

Bartimeo es un hombre sufriente y esos que le rodean no sufren por él. No sabemos la causa de esa falta de compasión, pero sí sabemos que querían sumir a Bartimeo en el silencio. Le regañan y por si ellos fuera alejarían a Bartimeo de Dios, de Jesús que quiere escucharle.

Ellos quieren que aquella situación siga igual. Bartimeo puede y debe esperar, debe resignarse a morir ciego y víctima, vulnerable, sufriente. A veces a las víctimas hay quienes desean callarlos, oprimir su voz, su realidad.

El victimario se convierte en represor. El evangelio es como un espejo claro en el que vemos reflejada con claridad nuestra realidad. Hay muchos Bartimeos en nuestra Cuba de hoy.

Hay muchas víctimas que entran en nuestros templos sagrados y dirigen su plegaria a Cristo en el sagrario o a nuestra Madre, la Virgen María, para que lleve su plegaria a Dios. En el silencio de muchas lágrimas derramadas en los bancos de la iglesia, se oye clamar igual que la voz de Bartimeo: ¡Señor, ten compasión de mí!

Ten compasión de mis niños que pasan necesidad, que tienen hambre, que están enfermos. Ten compasión de mí, de mi padre con cáncer que muere rabiando de dolor. Ten compasión de mí porque no hay reactivos o que sufro las inmundicias del hospital.

Ten compasión de mí que tengo que sufrir la inhumanidad de no tener un salario o una casa propia y digna. Ten compasión de mí porque si hablo o protesto, caeré preso y me harán la vida imposible. Y muchos regañan y dicen que hay que callar, pero el Evangelio nos dice que él gritaba más: ¡Hijo de David, ten compasión de mí! Jesús le llama: ¡Ánimo, levántate!

La Iglesia, las personas de Dios, sean de la religión que sean, tenemos esta gran misión. ¡Ánimo! Jesús te escucha y te llama.

¡Ánimo, levántate! Es necesario que seamos mediadores de la llamada de Cristo, que en la historia del mundo oye y quiere encontrarse con quien está sumido en el sufrimiento y en el dolor. ¿Qué quieres que haga por ti? Le pregunta Jesús.

Bartimeo se siente cuestionado por el Señor. ¿Qué es lo que tú quieres? Pídelo. Pregúntate.

En ti está la sabiduría necesaria de saber lo que estás llamado a ser, lo que necesitas. Dios cree en nosotros. Él nos da la posibilidad de que nosotros mismos creamos en nosotros mismos.

En el ser humano está el potencial necesario para vivir conforme a su dignidad.

Igual que aquel hombre, nosotros nos sabemos llamados a vivir una vida digna. Hemos de ser conscientes y artífices de nuestra historia.

Tal vez algunos de nosotros no podamos ver el resultado final de lo que este mundo y nuestra vida está llamada a ser en los planes de Dios, pero sí estamos ciertos de saber cómo y qué queremos que nuestro mundo sea, y trabajar y dar la vida por ello.

Señor, queremos un mundo de hermanos y no de enemigos. Un país de personas libres donde vivamos sin miedo ni coacciones. Señor, que nuestras familias no pasen hambre. Que haya trabajo. Que podamos prosperar. Que no haya ladrones en las calles ni en los puestos del gobierno y autoridades. Que haya justicia y buena política para poder vivir en dignidad, paz y bien. Queremos ser dueños de nuestra vida.

Jesús curó a Bartimeo y nos cura hoy a todos. La Palabra del Señor sigue siendo anda tu fe te ha curado. Hoy seguimos llamados a esta esperanza de saber que en este camino que transitamos el Señor nos llama y acompaña.

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