Mensaje radial de Monseñor Wilfredo Pino Estévez, arzobispo de Camagüey, el XXXI domingo del tiempo ordnario, 3 de noviembre de 2024

Queridos todos: Un maestro de la ley judía se acerca a Jesús. No viene a tenderle una trampa. Tampoco a discutir con él. Su vida está fundamentada en leyes y normas que le indican cómo comportarse en cada momento. Sin embargo, en su corazón se ha despertado una pregunta: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?» ¿Qué es lo más importante para acertar en la vida?

Jesús entiende muy bien lo que siente aquel hombre. Cuando en la religión se van acumulando normas y preceptos, costumbres y ritos, es fácil vivir dispersos, sin saber exactamente qué es lo fundamental para orientar la vida de manera sana. Algo de esto ocurría en la ley religiosa para los judíos. Aquellos 10 mandamientos que Dios había dado al pueblo a través de Moisés, precisamente los maestros de la Ley enseñaban ahora que eran 248 mandamientos y 365 prohibiciones, para un total de 613 preceptos. Era como para preguntarse: Ya que no puedo cumplir tantos mandamientos, ¿cuáles son los más importantes para, al menos cumplir éstos?

Jesús no le va a citar al maestro de la Ley los 10 mandamientos de Moisés. Sencillamente, le recuerda la oración que, según la costumbre judía, cada uno debía rezar al salir el sol: «Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas».

Jesús, en su respuesta, comienza afirmando la unicidad de Dios, o sea, hablando de un único Dios. Si hubiera varios dioses, habría que dividir equitativamente el corazón entre ellos, pero no si es un solo Dios que, por ello, merece no una parte sino la totalidad de nuestros corazones, almas, mentes y fuerzas.

Quizás el maestro de la Ley esté pensando en un Dios que tiene poder de mandar. Jesús le coloca ante un Dios cuya voz hemos de escuchar. Lo importante no es conocer preceptos y cumplirlos. Lo decisivo es detenernos a escuchar a ese Dios que nos habla sin pronunciar palabras humanas.

Cuando escuchamos al verdadero Dios, se despierta en nosotros una atracción hacia el amor. No es propiamente una orden. Es lo que brota en nosotros al abrirnos al Misterio último de la vida: «Amarás». En esta experiencia, no necesitamos que nadie nos lo diga desde fuera. Sabemos que lo importante es amar.

Este amor a Dios no es un sentimiento ni una emoción. Amar al que es la fuente y el origen de la vida es vivir amando la vida, la creación, las cosas y, sobre todo, a las personas. Jesús habla de amar «con todo”. Sin mediocridad ni cálculos interesados. De manera generosa y confiada.

Jesús añade, todavía, algo que el Maestro de la Ley no le ha preguntado. Este amor a Dios es inseparable del amor al prójimo. Sólo se puede amar a Dios amando al hermano. De lo contrario, el amor a Dios es mentira. ¿Cómo vamos a amar al Padre sin amar a sus hijos e hijas? Es lo que nos enseña San Juan en su Primera Carta, capítulo 4, versículos 20 y 21, que señalan: ‘Si alguno dice que ama a Dios, pero odia a su hermano, es un mentiroso, pues quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y nosotros hemos recibido este mandamiento: que el que ama a Dios ame también a su hermano’.

No siempre cuidamos los cristianos esta síntesis de Jesús. Con frecuencia, tendemos a confundir el amor a Dios con las prácticas religiosas y el fervor, ignorando el amor práctico y solidario a quienes lo están pasando mal, olvidados de los suyos, y pasando mil necesidades. Preguntémonos: ¿Qué hay de verdad en nuestro amor a Dios si vivimos de espaldas a los que sufren?

Para Jesús ese “amar al prójimo como a uno mismo” requiere un verdadero aprendizaje, siempre posible para quien tiene a Jesús como Maestro.

La primera tarea es aprender a escuchar al otro. Tratar de comprender lo que ocurre en su intimidad. Sin esa escucha sincera de sus sufrimientos, necesidades y aspiraciones no es posible el verdadero amor.

Lo segundo es aprender a dar. No hay amor allí donde no hay entrega generosa, donación desinteresada, regalo. El amor es todo lo contrario a acaparar, apropiarse del otro, utilizarlo, aprovecharse de él.

Por último, amar exige aprender a perdonar. Aceptar al otro con sus debilidades y su mediocridad. No retirar rápidamente la amistad o el amor. Ofrecer una y otra vez la posibilidad del reencuentro. Devolver bien por mal.

Pidámosle también a Jesucristo que nos preste sus ojos para saber descubrir a esas personas que, sin ser de la Iglesia, tienen un alma buena, generosa y pendiente de las necesidades de los demás. Y que nosotros les digamos lo que le dijo Jesucristo al maestro de la Ley: “Tú no estás lejos del Reino de Dios”.

Un comentario sobre “Mensaje radial de Monseñor Wilfredo Pino Estévez, arzobispo de Camagüey, el XXXI domingo del tiempo ordnario, 3 de noviembre de 2024

  1. Neidys GRACIAS!!!!!!! Gracias por las oraciones !!!!!! AMDG Saludos René HORIZONTESDECRISTIANDAD.ORG TODOCATOLICO.ORG TWEETER @todocatolicoO

    Unidos en el Corazón de Nuestra Madre, y con Ella al pie de su Hijo sediento en la Cruz Ese, que no cabe en lo máximo, habita en lo mínimo. Inscripción en la tumba de San Ignacio. “Prefiero una Iglesia herida, accidentada, manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por la comodidad y el encierro de aferrarse a sus propias seguridades” (“Evangelii Gaudium,” 49).


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