Mensaje radial del P. Gerome Molina Tugadi, de la diócesis de Ciego de Ávila, el XXXI domingo del Tiempo Ordinario, 3 de noviembre de 2024

Este pasaje del Evangelio es notable porque destaca un raro momento de acuerdo entre Jesús y los líderes judíos sobre la importancia del gran mandamiento. En este punto Jesús está en Jerusalén enseñando en el templo, plenamente consciente de que pronto enfrentará el rechazo y la crucifixión, el Calvario. A pesar de la tristeza inminente, este momento es significativo ya que muestra una breve unidad entre judíos y gentiles, judíos y cristianos, antes de que se oyeran las divisiones.

Las lecturas de hoy se centran en el gran mandamiento, que encontramos por primera vez en Deuteronomio, uno de los cinco libros de la Torá. Jesús cita este mandamiento en el Evangelio de Marcos, enfatizando que desde tiempos antiguos, judíos y gentiles estaban unidos como una sola familia. El mandamiento de amor a Dios con todo nuestro corazón, alma y fuerza, y amar a nuestros prójimos como a nosotros mismos, sigue siendo central en el culto judío hoy en día.

Contrario a la creencia de que Jesús introdujo el concepto de amor al pueblo hebreo, este principio siempre ha sido integral a su fe, como lo demuestra el Shemá, un texto sagrado que declara la unidad de Dios y nuestro llamado a amar. Cuando un escriba le preguntó a Jesús sobre el gran mandamiento, él estuvo de acuerdo con Jesús, afirmando que amar a Dios y a nuestro prójimo de todo corazón es el camino hacia la vida en el reino de Dios. Sin embargo, en nuestras vidas ocupadas y distraídas, priorizar este amor puede ser un desafío.

Recientemente me encontré con una idea provocadora en un libro. Muchos han sugerido que enamorase de Dios es increíblemente práctico. Cuando estamos enamorados, nuestras prioridades se vuelven claras, y naturalmente dedicamos tiempo y energía a nutrir nuestras relaciones.

Este concepto es muy humano, así como una madre instintivamente ama y cuida a su hijo, nosotros también podemos encontrar tiempo para nutrir nuestra relación con Dios a través del amor. Como dice el refrán: «enamórate, permanece enamorado, y eso decidirá todo».

Uno de los objetivos de ser cristiano es aprender a enamorase de Dios. Esto significa que a veces podemos enfatizar demasiado la enseñanza sobre Dios y cómo explicar varios aspectos de la fe. Sin embargo, este enfoque pierde un punto crucial que Jesús enfatizó: «ámense los unos a los otros, como yo los he amado, ámenme».

Cuando Jesús le preguntó a Pedro: «¿Me amas?» Y Pedro respondió afirmativamente, Jesús le instruyó: «apacienta mis ovejas». Este intercambio destaca que el amor es la fuerza motriz de la Iglesia y el estándar por el cual debemos juzgarnos a nosotros mismos. Debemos aprender amar, y esto es precisamente lo que Jesús vino a enseñarnos.

A menudo pensamos que sabemos cómo amar, pero el verdadero amor se trata de dar, no de recibir. El amor es desinteresado y generoso. Adoramos a Dios porque Él es un dador y espera lo mismo de nosotros como cristianos.

Nuestro enfoque no debería estar en lo que podemos ganar, ya sea ir al cielo, alcanzar metas personales. En cambio, deberíamos preguntarnos si estamos aprendiendo a amar, apreciar y reconocer que todos los que encontramos son nuestros hermanos y hermanas. Todos estamos en un viaje compartido a través de la vida y así la vida eterna.

La verdadera pregunta es: ¿Puedes amar? ¿Tienes miedo de amar? ¿Estás huyendo del amor? O… ¿seguirás el ejemplo de amor de Jesús, que finalmente lleva la cruz? El sacrificio de Jesús en la cruz nos enseña que el amor es la única fuerza que nos leva través de la vida y hacia la eternidad.

El Señor esté con ustedes. La bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo, Espíritu Santo, descienda sobre ustedes y permanezca para siempre. Amén.

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