Queridos hijos e hijas, como cada domingo les habla su obispo, Mons. Juan de Dios, pastor de todos.
El evangelio que acabamos de escuchar tiene una actualidad maravillosa en estos tiempos. Cuántas veces no nos vemos como la viuda, y somos capaces de imitarla dando todo lo que tenemos. Lo que compartimos actualmente, cualquier cosa que sea, siempre será como la ofrenda de la viuda: no lo que nos sobra, sino lo que también necesitamos.
«Dar» es la acción del generoso. Dar una limosna, por ejemplo, en el campo material. Pero también dar de mi tiempo, compartir mis conocimientos con los demás o contagiar mi alegría con una sonrisa son manifestaciones de esta virtud.
Hay muchas maneras de «dar», y muchas motivaciones para nuestra donación. ¿Se puede hablar de generosidad cuando lo hacemos por interés, esperando recibir algo a cambio? Tampoco es generoso quien da, pero sólo un poco de lo mucho que podría, como nos muestra el Evangelio. ¿Y qué decir de quien «es generoso» para que los demás digan: «qué bueno es…»?
Madre Teresa dijo (y vivió, por supuesto) que hay que «amar hasta que nos duela». ¡Ya tenemos un buen termómetro para saber si somos realmente generosos! Si mi donación es costosa, voy por buen camino. Si no me exige sacrificio alguno, es seguro que puedo dar mucho más. Y este «dar» se identifica con la generosidad cuando se hace pensando en el bien del otro, cuando se da por amor.
La fe no necesita aparentar, sino ser. No necesita ser alimentada por cortesías, especialmente si son hipócritas, sino por un corazón capaz de amar de forma genuina. Jesús condena este tipo de seguridad centrada en el cumplimiento de la ley.
Jesús condena esta espiritualidad de cosmética, aparentar lo bueno, lo bello, ¡pero la verdad por dentro es otra cosa! Jesús condena a las personas de buenas maneras pero de malas costumbres, esas costumbres que no se ven pero se hacen a escondidas. Pero la apariencia es justa: esta gente a la que le gustaba pasearse en las plazas, hacerse ver rezando, ‘maquillarse’ con un poco de debilidad cuando ayunaban… ¿Por qué el Señor es así? Vean que son dos los adjetivos que usa aquí, pero unidos: avaricia y maldad. […]
Jesús nos aconseja esto: no tocar la trompeta para anunciar nuestras obras. El segundo consejo que nos da es no entregar solamente lo que nos sobra. Y nos habla de esa viejecita que ha dado todo lo que tenía para vivir. Y alaba a esa mujer por haber hecho esto. Y lo hace de una forma un poco escondida, quizá porque se avergonzaba de no poder dar más.(Cf Homilía de S.S. Francisco, 14 de octubre de 2014, en Santa Marta).
Jesús advierte a sus discípulos de los peligros de aquellos que se autodenominan maestros de la ley. No solamente les advierte, sino que también hace de observador fijándose en lo que hace el rico y la viuda. Alaba a la viuda porque da lo que tenía y no lo que le sobraba.
¿Por qué hace Jesús está advertencia? Porque ve que sus hechos no reflejan lo que deberían de ser. Esta incoherencia es la que Jesús ataca. De hecho, pone como ejemplo a la viuda que entrega todo lo que tiene. Es un ejemplo de coherencia en la vida. Y nosotros, cuando hacemos caridad, ¿actuamos como los ricos o como la viuda?
Señor Jesús, alabaste a la viuda por su entrega total y coherencia en su vida. Que su ejemplo sea nuestro camino para alejarnos de los peligros de los maestros de la ley.
Que María de la Caridad nos acompañe siempre.
