Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios, obispo y pastor de todos.
En el evangelio de hoy Jesús describe la llegada del Hijo del hombre y la reunión de los elegidos. Este vendrá acompañado de signos naturales, y tiene capacidad de convocar a las personas venidas de diferentes lugares y la hora de su llegada solo Dios la sabe.
El Hijo del hombre viene, por un lado, a juzgar a los enemigos y pecadores. A estos les pedirá cuentas conforma a sus obras. Por otro, a sus elegidos los reunirá y salvará de su juicio. Nuestro discipulado se juega en el momento presente: ¿somos fieles y perseverantes a Jesús y a su palabra, o nos dejamos llevar por las seducciones del mundo?
El pueblo de Dios ha sufrido tanto, han sido perseguidos, asesinados, pero ha tenido la alegría de saludar de lejos las promesas de Dios. Esta es la paciencia, que debemos tener en las pruebas: la paciencia de una persona adulta, la paciencia de Dios que nos lleva sobre sus hombros.
¡Qué paciente es nuestro pueblo! ¡Incluso ahora! Cuando vamos a las parroquias y nos encontramos con esas personas que sufren, que tienen problemas, que tienen un hijo con discapacidad o que tienen una enfermedad, pero llevan la vida con paciencia. No piden signos, saben leer los signos de los tiempos: saben que cuando germina la higuera, viene la primavera; saben distinguir eso. Sin embargo, estos impacientes del Evangelio de hoy, que querían una señal, no sabían leer los signos de los tiempos, y es por eso que no han reconocido a Jesús.
La gente de nuestro pueblo, gente que sufre, que sufre de muchas, muchas cosas, no pierde la sonrisa de la fe, que tiene la alegría de la fe. Y esta gente, de nuestro pueblo, en nuestras parroquias, en nuestras instituciones – mucha gente – es la que lleva adelante a la Iglesia, con su santidad, de todos los días, de cada día.
«Hermanos míos, tengan por sumo gozo cuando se hallen en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de su fe produce paciencia. Más tenga la paciencia su obra completa, para que sean perfectos y cabales, sin que les falte cosa alguna». Que el Señor nos dé a todos la paciencia, la paciencia alegre, la paciencia del trabajo, de la paz, nos dé la paciencia de Dios, la que Él tiene, y nos dé la paciencia de nuestro pueblo fiel, que es tan ejemplar. (Cf Homilía de S.S. Francisco, 17 de febrero de 2014, en Santa Marta).
Nos encontramos ya en el Trigésimo tercer domingo del tiempo ordinario. Y comenzamos a escuchar hablar de las realidades escatológicas y de las señales apocalípticas que acompañarán el fin de los tiempos, cuando llegue el momento de la «segunda venida» del Mesías.
Cuando Cristo habla del fin del mundo, no sólo se refiere al fin de los tiempos en absoluto, sino también al fin de «SU» mundo, al término de una época o a la vida de los oyentes. Por eso, nosotros, más que inquietarnos por «el» fin del mundo, tendríamos que preocuparnos de «nuestro» propio fin. Y las palabras que vienen a continuación: «Les aseguro que no pasará esta generación antes que todo esto suceda» se cumplieron perfectamente.
Señor Jesús, tu palabra nos inquieta. Queremos optar por ti y tu Palabra. Ayúdanos a ser fieles y constantes en este seguimiento.
Que María de la Caridad nos acompañe siempre.
