Amables oyentes: Hoy es el último domingo del calendario anual de nuestras celebraciones religiosas. Y, por ello, la Iglesia nos invita a celebrar la fiesta de Cristo Rey. Quiere ella cerrar con broche de oro, y a modo de resumen, todo lo que hemos aprendido y meditado cada domingo durante todo el año litúrgico. Ojalá que, en este día de Cristo Rey, también nosotros queramos aceptar la soberanía de Jesucristo y le proclamemos Señor de nuestras vidas volviéndonos a Él de todo corazón, y haciendo que muchos otros hombres y mujeres, comenzando por los que viven a nuestro lado, se acerquen al amor misericordioso de nuestro Redentor. Es la petición que hacemos cada vez que rezamos el Padrenuestro cuando decimos: ¡Venga a nosotros tu Reino, Señor!
En la lectura del evangelio recién escuchado, Jesús se proclama Rey, pero le aclara a aquel cruel e impopular gobernador romano llamado Poncio Pilato, que Él es un rey muy distinto a los reyes de este mundo. Es un rey sin sirvientes, sin palacio, sin trono, sin honores, sin ejército y sin soldados. Un rey que ejerce su poder únicamente con la fuerza del amor, del perdón y de la humildad. Un rey que no atropella ni violenta a nadie, y que no impone su yugo o su ley por capricho. Quien lo acepte como rey, deberá acogerlo libremente y abrazar su misma lógica, que es la del amor y del perdón. Lo cierto es que la vida de Jesús concluyó en un colosal fracaso porque lo mataron como si de un criminal se tratara. Mientras él moría en la cruz, el pueblo callaba y las autoridades se burlaban de él. También hoy muchos se ríen de las creencias religiosas y de los creyentes; consideran la religión como algo propio de tiempos pasados y la presentan como no progresista y anticientífica. La respuesta de Jesús, en aquel tiempo, fue sufrir y callar.
Jesús no usó armas para defenderse. Las armas las han tenido siempre sus enemigos. Además, al leer la Biblia, advertimos que no era dueño de nada. Todo en él era “prestado”: un pesebre como cuna al nacer, un burro para entrar en Jerusalén, un lugar donde celebrar la cena con sus discípulos, una barca desde donde hablar al pueblo, cinco panes y dos peces para que pudiera hacer un milagro… Lo único suyo propio fue, nada menos, que la cruz. Su trono desde donde reina es una cruz; su cetro, la caña con la que los soldados le golpearon la cabeza; su corona, un aro de espinas sobre su cabeza. Y enseñó que los principales miembros de su Reino son los pobres y humildes de corazón, los mansos, los pacíficos, los misericordiosos y los perseguidos por ser fieles a la verdad y a la justicia. Su programa de vida se resumió en cumplir la voluntad de su Padre y en llamar a los pecadores al cambio en sus vidas, como sucedió con uno que también fue crucificado junto con Jesús en aquel primer Viernes Santo de la historia. Escuchemos con atención lo que nos dice, al respecto, el evangelio que el diácono Miguel Ángel nos leerá a continuación:
LECTURA DEL EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS, capítulo 23, versículos del 39 al 43: Uno de los ladrones crucificados junto con Jesús, lo insultaba diciendo: “¿No eres tú el Mesías? Pues sálvate a ti mismo y a nosotros”. Pero el otro ladrón intervino para reprenderlo, diciendo: “¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Lo nuestro es justo, pues estamos recibiendo lo que merecen nuestros actos, pero éste no ha hecho nada malo”. Y añadió: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino”. Jesús le dijo: “Te lo aseguro, hoy estarás conmigo en mi Reino”. PALABRA DEL SEÑOR. GLORIA A TI, SEÑOR JESÚS
Queridos oyentes: Otra vez vemos a Cristo rodeándose de amigos “poco recomendables”. Pero Cristo vino a salvarnos a todos, comenzando por los pecadores. Y sólo si nos reconocemos necesitados de su gracia, como el buen ladrón, seremos dignos de participar en su Reino.
Solamente un ladrón descubre el misterio profundo de Jesús. Es curioso que sea un bandolero el único que entienda algo de lo que está sucediendo. El ladrón reconoce a Jesús como Rey no en el momento del triunfo, de los milagros, de las masas que lo aplauden, sino en el momento de la derrota. El cuerpo de Jesús, casi desnudo, está marcado por los azotes, la sangre, el polvo, reducido a nada y hasta con una corona de espinas en la cabeza… Y es en esa oscuridad del fracaso, que este ladrón es capaz de ver a Jesús como Rey, de proclamarlo Rey. Y en el reproche a su compañero, también otro ladrón y crucificado como él, reconoce la inocencia de Cristo para finalmente suplicar con humildad: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino”. Y el Señor, que no había abierto sus labios para responder a los que se burlaban de él y lo calumniaban, los abre para decirle a este ladrón: “Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en mi Reino”.
¡Qué afortunado éste, a quien la historia ha bautizado como el “buen ladrón”! En el último instante de su vida supo “robarle” a Cristo también el cielo. Pero más que “robo”, se trata de un regalo maravilloso e inmerecido de la misericordia de Dios. Así es Jesús. Su corazón es infinito porque es el corazón de un Dios que muestra su fuerza perdonando y teniendo misericordia.
Ese “hoy” que le dijo Jesús al buen ladrón es el hoy perenne de la salvación. La muerte de Jesús empieza a dar su fruto: las puertas del cielo quedan abiertas desde ahora de par en par para todos los que lo reconozcan como Rey, sea cual fuere su pasado. Cualquier día, cualquier momento, cualquier instante, puede ser el HOY de tu salvación. Hoy podrías comenzar tú a dejar a un lado tu mala vida. Hoy está Jesús dispuesto a darte su perdón. Hoy podrías abrir tus ojos y ver las cosas de un modo distinto. Hoy podrías reconocer a Jesús como Rey y Señor de tu vida, de tu cuerpo, de tus pensamientos, de tus actos y actitudes, de tu pasado, presente y futuro.
Cuando leemos algunas páginas de la Biblia notamos cómo Jesús huyó de la gente cuando quisieron proclamarlo Rey. Así sucedió después que Él multiplicó los panes y los peces para saciar el hambre a una multitud de personas. Huyó porque no es un reinado triunfalista el de Jesús. Para Él reinar es servir. Jesús quiere reinar desde la cruz y no desde un poder político. Y quiere realizar su reino en una sociedad de hermanos iguales entre sí e hijos todos de Dios. Y este es el camino que hemos de seguir sus discípulos.
Les recomiendo que piensen ahora en los falsos dioses de este mundo, que podrían ser el dinero, la ambición del poder, el placer, los bienes materiales, la imagen personal, el nivel de vida, etc. Y, a continuación, cada uno se pregunte: ¿A cuál de estos dioses estoy rindiendo culto? ¿Alrededor de qué centro está girando mi vida? ¿Quién es el señor de mi vida? Tú y yo debemos hacer la oración del buen ladrón: “Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino”. Y ojalá que también podamos escuchar de labios de Jesús las palabras que llenan de esperanza nuestra vida: “Hoy estarás conmigo en mi Reino”.
