Nos reunimos hoy, en este último domingo del año litúrgico, para celebrar la solemnidad de nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo. El año litúrgico es el símbolo del camino de nuestra vida. A lo largo del año recorremos el camino de nuestra salvación.
Así, en Navidad, celebramos el nacimiento de un niño pobre, un niño acostado, envuelto en pañales, acostado en un pesebre. Este es el niño a quien los magos se encontraron y reconocieron como Rey de Israel. Jesús nace de María Virgen y, después de anunciar la llegada del reino de Dios, fue condenado a muerte.
Muere clavado en una cruz, muere como Rey de los judíos. Esta es la primera venida del Señor. Después de su muerte, Jesús fue glorificado.
Resucitado entre los muertos, vendrá con gloria como Rey y Señor de la vida y de la historia. Esta será su segunda venida. Y esto es lo que hoy celebramos.
Queremos estar preparados para el encuentro con Jesús, Rey y Señor nuestro, que vendrá un día a juzgarnos a todos, a los vivos y a los muertos. Entre la primera venida de Jesús en Belén y la segunda, cuando venga con gloria como Rey del universo, Él se hace presente en nuestro caminar. Es la presencia de Jesús a lo largo de nuestra vida.
Jesús se hace presente en sus sacramentos, en su palabra y en el rostro de los pequeños, de los pobres. Reconocemos a Jesús en el rostro de nuestros hermanos y este es el tiempo en que se nos invita a utilizar los talentos que hemos recibido. A lo largo de este camino, la Iglesia nos reúne especialmente los domingos para celebrar esta presencia de Jesús.
La liturgia es para nosotros como una escuela de vida que nos ayuda a reconocer al Señor presente en nuestra vida cotidiana y así estar preparados para su venida final. Este domingo, el último del año litúrgico, la Iglesia nos invita a reconocer y a proclamar a Cristo como nuestro Rey y Señor. Pero, ¿en qué sentido decimos que Jesucristo es Rey? ¿Qué diferencia hay entre Jesucristo Rey y los que en la historia han sido conocidos como reyes por su poder y dominio? Si analizamos el Evangelio, vemos hoy que Jesús está sentado ante Pilato, el gobernador romano.
Los judíos lo acusan porque se ha declarado Rey. Pilato, intrigado por esta acusación con lo que han traído a Jesús, le pregunta ¿Eres tú el Rey de los judíos? Y la respuesta de Jesús es clara. Tú lo dices.
Soy Rey. Impacta la valentía, la libertad suprema de Jesús que ha sido arrestado y que ahora es interrogado por quien puede condenar la muerte. Jesús no esconde su identidad.
No. Con la valentía de la verdad responde a Pilato. Soy Rey. Asume la responsabilidad de su vida. Para esto he nacido, he venido al mundo para dar testimonio de la verdad. Este es Jesús. Así es Él. Proclama que es Rey, pero reconoce que su reino es diferente de los reinos del mundo. Jesús no es el rey al estilo de Pilato puede imaginar.
Jesús no reina para imponer su poder y aplastar a los demás. No reina con ejércitos, con la fuerza. Jesús no se apoya en la fuerza de las armas. No pretende ocupar el trono de Israel, ni disputar su poder al emperador de Roma. Mi reino, dice, no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para defenderme.
Pocas horas después de este diálogo con Pilato, Jesús fue clavado en una cruz con una inscripción. Este es el rey de los judíos. En su cabeza, una corona de espinas.
Sí, una corona de espinas. Esta es la corona de nuestro rey. Su trono como rey es la cruz.
Este es nuestro rey. Un rey que ha venido a dar su vida por nosotros. Nos amó y se entregó por nosotros.
Al rezar hoy la oración que Jesús nos enseñó, le suplicaremos con toda confianza. Venga a nosotros tu reino, Señor. Supliquemos a Jesús especialmente en este día.
Reina, Señor. Reina en nuestras familias. Reina en nuestras comunidades.
Reina en nuestro país. Reina en Cuba. Tu reino es el reino de la verdad y de la justicia.
Es el reino del amor. Haznos, Señor, constructores de este reino. Que donde reine el odio, nosotros pongamos amor.
Ayúdanos a construir tu reino en el amor, la justicia y la libertad. Este es el único camino que en el futuro dará vida y plenitud a nuestro país. Este es el único camino que vale la pena seguir.
Reina, Señor, en nuestro pueblo. Venga a nosotros tu reino, Señor.
