Queridos hijos e hijas, como cada domingo les habla su obispo, Mons. Juan de Dios.
En estas últimas semanas, Cuba se ha visto azotada por la fuerza de huracanes y terremotos que han dejado un rastro de sufrimiento en la población. A veces es la naturaleza y a veces son los acontecimientos históricos los que nos ponen en alerta y nos preparan ante situaciones que exigen decisiones claras y valientes.
El texto apocalíptico que acabamos de escuchar quiere ayudarnos a centrar nuestras expectativas en lo fundamental de la vida, en reconocer y seguir al Hijo de Dios, al Jesucristo que vino y viene para liberarnos de los males externos y hasta de nosotros mismos.
La invitación de Jesús es a estar siempre preparados, vigilantes, sabiendo que la vida en este mundo se nos ha dado para prepararnos a la otra vida, con el Padre celestial. Y para esto hay siempre una vía segura: prepararse bien a la muerte, estando cerca de Jesús a través de la oración, en los sacramentos y también en la práctica de la caridad. Recordemos que Él está presente en los más débiles y necesitados. (S.S. Francisco, catequesis, 27 de noviembre de 2013).
El Evangelio de hace dos semanas nos hablaba del fin de mundo. Y hoy Lucas parece que nos vuelve a presentar la misma temática… Pero no. Cristo no viene a hablarnos de otro fin del mundo. Más bien nos abre las puertas a la esperanza.
Hoy iniciamos el tiempo del adviento y, con él comenzamos también otro año litúrgico. Todo inicio trae siempre a nuestro corazón una nueva esperanza. Adviento es también el tiempo de la «espera» por antonomasia: la espera del Mesías, del nacimiento de Cristo en la navidad. Éste es uno de los mensajes más fuertes de este período: la esperanza de tiempos mejores. Es éste uno de los anhelos más profundos del espíritu humano.
La esperanza es una necesidad vital en el ser humano. Es como el oxígeno o el pan de cada día. Es más, me atrevería a decir que el hombre, en su realidad existencial más profunda, no es sino capacidad de esperar, de proyectarse hacia el futuro, de «trascenderse». ¡Vivir es esperar!
Y es que la esperanza tiene un sabor a novedad. Y a todos nos atrae lo novedoso o lo que tiene aspecto de nuevo. Somos como niños.
Y todos en la vida tenemos horas oscuras, tristes y amargas, en las que vemos todo negro. La esperanza no es un fácil idealismo o el sueño utópico de personas románticas que ven todo de color de rosa. Para esperar se necesita mucha fortaleza, mucho valor y un gran temple porque el que espera es dueño de sí mismo, a pesar de todas las dificultades; y, sobre todo, pone en manos de Dios el timón de la propia existencia. Y eso no es como jugar a las escondidas.
Así pues, si esperar es vivir, tratemos de decir también nosotros, sobre todo en esos momentos duros y difíciles de la vida, en las horas de tempestad, de soledad y de aparente fracaso: «¡Quiero esperar! ¡Quiero aprender a esperar! ¡Señor, enséñame a esperar!», y entonces recuperaremos el aliento y la fuerza para seguir adelante. El Adviento, el tiempo de la espera mesiánica, nos da esta enseñanza, alimenta en nuestra alma la esperanza cristiana.
Que María de la Caridad nos acompañe siempre.
