Siempre me han llamado la atención aquellas personas que, según los relatos de la Biblia, jugaron papeles que yo llamaría “secundarios”. Importantes, pero secundarios. En el Evangelio se nos mencionan muchos de estos personajes. Por ejemplo, a mí me hubiera gustado conocer más sobre aquel joven que tenía “cinco panes y dos peces” y ayudó a que Jesucristo hiciera el milagro de la multiplicación… saber quién era el dueño del local que le prestaron a Jesús para celebrar la última cena con sus discípulos… o el dueño del burro sobre el que entró Jesús a Jerusalén… Saber más sobre la suegra de Pedro, o sobre el centurión o militar romano, o incluso sobre José, el esposo de María… Y, por supuesto hubiese querido saber mucho más de Juan el Bautista, una de las figuras principales que se destacan en este tiempo de Adviento. Alguien a quien Dios le pidió brillar y luego apagarse. Alguien que, hablando de Jesús, dijo: “Conviene que Él crezca y yo disminuya”.
De manera muy resumida, les comparto algo de lo que nos dice la Biblia sobre él: Juan el Bautista era pariente de Jesús y sólo unos meses mayor que él. Vivía en el desierto cuando Dios lo llamó a ser profeta. Las multitudes iban a escuchar su ardiente predicación. Éste era su mensaje: “Conviértanse de sus pecados y bautícense para que Dios los perdone”.
Juan el Bautista fue el profeta que hablaba claramente y que ponía ejemplos concretos: “el que tenga dos camisas que le dé una al que no tiene”, “el que tenga comida, que le dé al que no tiene”. A los que trabajaban cobrando los impuestos les decía: “no cobren más de lo debido”. A unos soldados que le preguntaron qué tenían que hacer ellos, les respondió: “No abusen de la gente, no hagan denuncias falsas y conténtense con su salario”. Y a los que no querían cambiar su mala conducta cuando los invitaba a que se convirtieran, entonces los llamaba con sinceridad: “Raza de víboras”. Juan el Bautista quería que todos alcanzaran la salvación y aceptaran en sus vidas a Jesucristo, a quien había venido a anunciar. En el corazón de Juan cabían todos, incluso el corrupto Herodes, a quien Juan quería salvar y le señalaba su público pecado y le pedía su conversión. Supo cumplir muy bien su misión de no cerrar sino abrir puertas para que la gente entrara al Reino de Dios. Juan el Bautista sabía, y así lo hacía saber a todos, que su papel era secundario, transitorio. Por eso, decía claramente: “Detrás de mí viene otro más importante que yo”, “yo bautizo con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo”, “yo no soy digno ni de desatarle las correas de sus sandalias”, “Él puede más que yo”.
La Iglesia nos propone a Juan el Bautista como una figura del Adviento. Él, con el estilo de hablar comparativo de los profetas, le decía a la gente, y nos dice a nosotros hoy: “Enderecen el camino, rellenen los desniveles, rebajen los montes para nivelar el terreno, suavicen los caminos ásperos”. Analicemos estos verbos usados por Juan, y meditemos:
Primera petición: “ENDERECEN”. El profeta nos llama a rectificar, a darnos cuenta de si algo se ha desviado de lo que debe ser, de si verdaderamente estamos buscando hacer lo que quiere Dios, de si nuestra preocupación es cumplir la voluntad de Dios en nuestras vidas, de si se nos han pegado malas palabras, modas feas y malos gestos, de si me he enfriado en mi deseo de santidad, de no reconocer que quizás antes yo era mejor que ahora. Juan el Bautista nos dice hoy a ti y a mí y a todos: “Endereza, endereza, porque te estás equivocando de camino”.
Segunda petición: “RELLENEN”. Nuestros defectos, nuestros “baches” tenemos que llenarlos de buenas obras. Catorce son las obras de misericordia. Ojalá que todos las aprendamos de memoria y, sobre todo, las practiquemos. Cada vaso de agua al sediento, cada visita a un enfermo, cada ropa que ofrezcamos, cada preso que visitemos, cada oración por los difuntos, cada mano que le tendamos a aquel que nadie consuela, a aquel de quien nadie se compadece o nadie tiene misericordia, será un metro cúbico de rocoso del bueno que echaremos en nuestros numerosos baches. Porque, como dijo Jesús, “habrá un juicio sin misericordia para quien no practicó la misericordia”. Juan el Bautista nos dice hoy a ti y a mí y a todos: “Rellena, rellena, porque los baches, si no se atienden a tiempo, se hacen más grandes”.
Tercera petición: “REBAJEN”. Hay que eliminar las lomas, quitar aquello que hace más difícil el camino. Juan nos invitaría hoy a rebajar nuestro lenguaje ofensivo actual, a rebajar nuestra tendencia a la violencia y al juicio severo, a mantener amarrado el “animalito” que llevamos dentro que nos hace lastimar, agredir a los demás. Juan nos llama a rebajar nuestros juicios implacables para con los otros. A veces no tenemos compasión con los demás, y preferimos acusar en vez de comprender y defender. Juan el Bautista nos dice hoy a ti y a mí y a todos: “Rebaja, rebaja”, porque ya se nos ha avisado que, al final, “se nos tratará según hayamos tratado nosotros a los demás”.
Última petición de Juan: “SUAVICEN”. Juan nos invita a imitar al Señor que es “compasivo y misericordioso”. Jesús nos advertiría: “¿Cómo es que ves la basurita en el ojo ajeno y no ves la viga que tienes en el tuyo?”. Todos estamos llamados a suavizar nuestros criterios para no ser absolutos y para comprender los criterios de los demás. Todos podemos aprender cada día a ser menos duros, más suaves, más comprensivos en nuestras opiniones sobre los otros. No nos debe quedar duda de que es mejor ser acusados de “suaves” que de “implacables”. Juan el Bautista nos dice hoy a ti y a mí y a todos: “Suaviza, suaviza tu forma de ser, tus palabras, tus juicios temerarios, porque Jesucristo enseñó que “con la medida que tú midas a los demás, se te va a medir a ti”.
