Mensaje radial del P. Dariusz Jósef Chalupczynski, de la diócesis de Ciego de Ávila, en el  II domingo de Adviento, 8 de diciembre de 2024

Hermanos y hermanas, en el diccionario de nuestras expresiones cotidianas, expresiones del hombre que vive aquí y hoy, que se usan con mayor frecuencia, encontramos estas: no hay posibilidad; eso no tiene sentido; no vale la pena. Mirar la realidad de manera pesimista se ha convertido en algo normal para nosotros. Se ha convertido en nuestra vida cotidiana en algo natural.

Por eso, dentro de la comunidad humana, también dentro de la comunidad de la Iglesia instituida por Jesucristo, experimentamos con tanta frecuencia el desaliento y, por consiguiente, experimentamos el vacío interior, la renuncia espiritual, el aislamiento de la comunión de vida con los demás. Ese pensamiento no es el pensamiento de Dios. Por eso, en este II Domingo de Adviento, que nos acerca a la alegría del nacimiento de la única esperanza que es Jesucristo, escuchamos una vez más las palabras que Dios mismo nos dirige en las palabras del profeta Baruc.

“Jerusalén, despójate de tus vestidos de luto y aflicción”. Dios, con sus palabras, nos saca de nuestro marasmo humano, del marasmo espiritual, de la renuncia a correr riesgos espirituales, de la decisión de sumergirnos en las aguas del río Jordán, que hoy se convierte para nosotros en esperanza para el futuro, para nuestro mañana. San Juan Bautista nos anima a ello, invitándonos a una transformación espiritual de nuestros corazones, invitándonos a una acción concreta en el plano de nuestras relaciones con Dios y nuestro prójimo.

Dios endereza para nosotros los caminos de nuestra vida, que a menudo hemos cruzado nosotros mismos, y ahora ni siquiera sabemos cómo movernos por ellos. Nos enfrentamos a montañas de problemas e impotencia que nosotros mismos hemos levantado y que ahora parecen insuperables. Nos enfrentamos a fosas que hemos cavado para nosotros mismos o para otros, y ahora no podemos salir de ellas.

Esto es humanamente imposible, pero para Dios nada es imposible. A través del II Domingo de Adviento, Dios nos ayuda a acercarnos al tiempo de gracia que será la celebración de la Navidad, y sobre todo al tiempo de gracia del Año Jubilar. No nos perdamos este tiempo de gracia, y entonces Dios nacerá de nuevo en nosotros.

Es necesario que animados por las palabras del apóstol San Pablo, de la Carta a los Filipenses, oremos con alegría y con el corazón lleno de confianza. Podemos recurrir a Dios en nuestras tribulaciones. Él nunca se cansará de nosotros.

Repitamos, por tanto, las palabras del mismo Jesucristo pronunciadas en el Evangelio del domingo pasado: “Recobren el espíritu y levanten la cabeza, porque se acerca la hora de su liberación, porque se acerca nuestra liberación, que tiene su origen en la única esperanza que es Jesucristo”

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