Homilía del P. Camilo de la Paz Salmón Beatón, arquidiócesis de Santiago de Cuba, en la Basílica Santuario de Nuestra Señora de la Caridad, el 15 de diciembre de 2024 el Tercer Domingo de Adviento

“Alégrense siempre en el Señor; se lo repito, alégrense… El Señor está cerca” Filipenses 4, 4-5

Hermanos,

La Iglesia considera que este tercer domingo de Adviento, al igual que el tercer domingo de Cuaresma, es un día especial, porque considera el gozo y la alegría de la resurrección de Cristo, que es la victoria del Señor triunfante, y que nos permite por la gracia, tener la esperanza y la capacidad de esperarlo. Ésa es la dinámica de la liturgia de hoy, por lo cual nosotros estamos alegres y gozosos, porque tenemos la convicción de que Él vendrá. Pero hay un detalle, nos pide algo más.

En el discurso del Evangelio de hoy, Juan da respuestas en la dinámica de la vida, y un elemento importante para que el alma tenga gozo y alegría es precisamente practicar y cooperar con la justicia. Hay que ser justo, hay que vivir la caridad. Hay que compartir eso en vez de disminuirnos como persona nos enaltece, hay que saber considerar que las otras personas tienen los mismos derechos, que hay que respetar la identidad ajena, hay que tener la capacidad de obrar el bien amando a los demás.

Lo que no es de uno no se toca, lo ajeno no se toca. Tanto el hombre como la mujer, en este discurso de la esperanza, manifiestan su esperanza dándose a respetar como personas, la mujer tiene un valor inigualable en la sociedad al igual que el hombre. Por eso la mujer está llamada a darse a respetar con los hombres, la mujer tiene que tener la capacidad de trabajar, de crear con sus manos, de darse a respetar con su intelecto, con la capacidad que tiene de mujer. Así los niños, así los ancianos, los vulnerables, los presos.

Y ese es el discurso de justicia que en este tiempo de Adviento Juan nos invita a vivir, sabiendo que el Señor viene y purificará con el fuego de su palabra todas nuestras almas porque Él es el único Señor.

Quiero concluir con lo siguiente. Como les decía al inicio, en esta semana hemos tenido la celebración de Nuestra Señora de Guadalupe, y es curioso ver cómo, el proceso de conquista y colonización en nuestro en nuestro continente, tuvo la peculiaridad de la presencia de María en clave de evangelización. Se dice que en el calendario azteca se esperaba al Quetzalcoalt en el momento exacto en que en las naves Hernán Cortés llegaban a Tenochtitlán. Yo creo que la mejor forma de interpretar este hecho, es que a quien esperaba el hombre precolombino sin tener el concepto, sin tener la idea precisa porque no habían sido evangelizados, era a Cristo.

Es al que siempre el hombre espera, por eso nuestra Señora de Guadalupe, su devoción, fue un momento importante para inculturar la fe cristiana. Efectivamente, antes de su aparición en el año 1531, por todo el derramamiento de sangre que llevó el proceso de conquista y colonización, al indio dice Bernal Díaz de Castillo, que le resultaba muy difícil, difícil abrirse a la Buena Noticia del evangelio; pero cuando se da el acontecimiento con San Juan Diego y él pone la tilma delante del obispo Zumárraga, todo aquello invitó al indio, al hombre latinoamericano, a sentir el deseo de Dios.

Yo creo que las palabras precisas cuando uno lee el Nican mopohua, descubre que en definitiva la Virgen como Madre de Dios, porque Dios ha querido tener una madre excelsa, bella como es la Virgen de Guadalupe, ella nos invita a tener fe en Dios, a esperarlo siempre. Las palabras son de aliento, no temas soy yo, no estoy yo aquí que soy tu madre. Cuando él se escondía por una parte, ella le salió por otra, y yo creo que el gran Nican mopohua de América Latina, lo tenemos cada uno de nosotros cada vez que esperamos a Jesucristo, a la Palabra eterna que se encarnó en ella a través de las manos de María Santísima. Que así sea

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