Queridos hijos e hijas, que bueno poder dirigirme a ustedes como cada domingo.
Para los que han podido hoy escuchar todas las lecturas de la Misa, se darán cuenta que: si la primera lectura comienza invitando al regocijo, el salmo anima al gozo y la segunda lectura proclama la alegría, en las últimas palabras del evangelio encontramos el motivo que lo justifica todo: Juan anunciaba al pueblo la buena noticia. La noticia siempre esperada, el sueño hecho realidad que no podía menos que movilizar, inquietar o quizás hasta transformar a sus seguidores.
Seguramente ya sabes que la palabra «Evangelio» viene directamente del griego y que significa, al pie de la letra, «Buena Nueva». Y es «Buena noticia» porque nos trae la alegría, nos anuncia la salvación; más aún, la llegada de nuestro Redentor en persona, de Jesús, nuestro Salvador. El mismo nombre de Jesús, significa «Yahvé salva».
Y es esto lo que nos dice Lucas de Juan Bautista: que anunciaba al pueblo la Buena Nueva de la salvación. Y los exhortaba a prepararse para la venida del Mesías con obras de caridad y de conversión interior.
En las respuestas del Bautista, con varios ejemplos muy concretos, descubrimos que el Señor que llega, espera de nosotros frutos de conversión. Aclarando las diferencias entre su persona y el que tiene que llegar. El mensaje de Juan en este tercer domingo de adviento se nos presenta a nosotros hoy como un anuncio jubiloso.
Todo en este día está dominado por el tema de la alegría, por eso se llama «el domingo de la alegría». Y si escuchamos las lecturas de la Misa con atención, nos daremos cuenta del porqué de este nombre. «Estad siempre alegres en el Señor» -exhorta san Pablo a los filipenses-; “os lo repito: estad alegres. El Señor está cerca.”
El anuncio de la llegada del reino podía ser interpretado como el fin de todo esfuerzo y sacrificio, pero las palabras del Bautista, por el contrario, son una puerta abierta a entrar en el camino del Adviento. Lo que Juan pedía a sus seguidores es la respuesta que cada uno de nosotros debe dar a su prójimo: cercanía, solidaridad, justicia. Quizás podemos intuir el adelanto de las bianventuranzas. Estamos en el domingo de la alegría.
La alegría es esencial en toda fiesta, y con Jesús estamos de fiesta. Además, es una característica de todo buen cristiano. Porque Dios nos ama infinitamente y nos protege siempre con su providencia de Padre. Porque ya hemos sido redimidos de nuestros pecados y gozamos de la compañía de nuestro Salvador. Porque albergamos en nuestro corazón las más seguras y ciertas esperanzas de una vida feliz y eternamente bienaventurada que nos aguarda en la otra vida, pero de la que ya gozamos, de alguna manera, aquí abajo. ¡Esperamos a nuestro Redentor! Y con Dios tenemos mil motivos para estar alegres y para ser optimistas. «Si Dios está con nosotros -exclamaba san Pablo-, ¿quién contra nosotros?».
«Que nada os preocupe ni os turbe». A pesar de cualquier dificultad o problema que nos pueda sobrevenir, hemos de conservar la alegría en lo más profundo de nuestro corazón. Si estamos esperando con gran anhelo el nacimiento de nuestro Redentor -¡y está ya a las puertas!-, no podemos estar tristes.
Gracias, Padre, porque tan lejos de Juan en el tiempo y en el espacio sigues poniendo a nuestro lado a personas que, como el Bautista, nos indican el camino.
Que María de la Caridad nos acompañe siempre.
