Mensaje radial de Monseñor Wilfredo Pino Etévez, arzobispo de Camagüey, el domingo 15 de diciembre de 2024, referido a la próxima fiesta de San Lázaro

Lectura de Jn 11, 1-44 y reflexión:

Amables oyentes: Hay un misterio no sólo en esa casa, sino en esos tres hermanos. Lázaro nunca dice nada. En el Evangelio no se recoge ninguna palabra de Lázaro. No es algo exclusivo. Tampoco se recoge ninguna palabra de José, el esposo de María. No hay ninguna acción de Lázaro en el Evangelio. Nunca se dice: fue e hizo. El tema es que Lázaro enferma, muere, y el Señor le devuelve a la vida.

Lázaro es un nombre frecuente entre los judíos. Etimológicamente significa “Dios ayuda”. Los tres hermanos viven en la aldea de Betania, localidad situada a dos kilómetros y medio de Jerusalén, la capital.

Cuando le avisan a Jesús de la enfermedad de Lázaro, no va enseguida. Y no es porque no quisiera a Lázaro, sino que quiere que todo se desarrolle naturalmente y se prepare el milagro que será para bien de todos, para provecho de todos. Debido a la cercanía de Jerusalén con Betania, muchos habían venido a darles el pésame a Marta y María por la muerte de su hermano. Y ellos serán testigos presenciales de la resurrección de Lázaro.

Es muy interesante y enriquecedor el diálogo de Jesús con Marta. Jesús va a probar la fe de Marta e incluso le preguntará: ¿Crees esto? A lo que ella responderá, como escuchamos: ‘Siempre he creído que tú eres el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo’. Jesús se le revelará a ella, diciendo: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque muera, vivirá, y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre”. Reflexionemos en el detalle de un Jesús que se conmueve ante las lágrimas de los presentes ante la tumba donde está enterrado Lázaro. Esas lágrimas provocarán las lágrimas de Jesús, que también llorará. Después hará el milagro. Noten cómo él no pide la resurrección. Él sabe que tiene poder para resucitar un muerto porque para eso es Dios. Solo da las gracias a su Padre Dios para que todos los presentes vieran su unión con el Padre. Lázaro seguramente que moriría años después, como todo mortal.

Guardemos de esta narración, la familiaridad que Jesús tenía con la familia de estos tres hermanos, cuya fiesta celebra la Iglesia cada 29 de julio, y guardemos también la fe de Marta y las lágrimas de Jesús.

Lectura de Lc 16, 19-31 y comentario:

Queridos hijos e hijas: En la lectura escuchada, Jesús cuenta una historia que no sabemos si es real o forma parte de una anécdota con fines educativos. Y se nos habla de otro Lázaro, un hombre pobre, hambriento, enfermo de lepra y con unos perros como amigos. Junto a él hay un rico que vestía y banqueteaba con abundancia. El rico es un hombre de mundo, que ha hecho el centro de su vida el pasarlo bien. Vestir y comer bien son símbolos de una vida materializada y despreocupada por cualquier otro ideal. El contraste entre la situación del rico y del pobre está muy acentuado por Jesús.

Llama la atención que se dice el nombre del pobre, pero no del rico. También la manera en que se expresa la muerte de ambos. Lázaro murió y fue llevado al lugar de los justos, al “seno de Abraham” o sea, al cielo. El rico también murió y sólo se menciona que “fue enterrado”. La felicidad del rico tuvo su fin.

Esta narración de Jesús tiene la siguiente enseñanza: Cada uno, al morir, tendrá la suerte que él se ha preparado con su vida. El rico reconocerá que su suerte de ahora es un castigo y por eso pedirá a Dios que Lázaro fuera a advertirles a sus familiares para que no vinieran ellos a este lugar de tormentos. A lo que la narración señala que escuchen las enseñanzas de Moisés y los profetas.

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