Queridos todos: Nos decía el evangelio que José, al darse cuenta de que María estaba embaraza, “decidió rechazarla en secreto”. Esto lo decide así porque, según la ley judía, si José la denunciaba diciendo simplemente, que él no había tenido nada que ver con el embarazo de María, entonces ella hubiese sido condenada a morir a pedradas. Continúa el evangelio diciéndonos que, en cuanto José tomó esa resolución, se le apareció el Ángel mensajero para decirle que el embarazo de María era un deseo de Dios. Y ya las cosas quedaron claras para José. Él quedaba encargado de la custodia de María y de ponerle al niño el nombre de Jesús.
En la Biblia se dicen sobre San José dos cosas: que era el “esposo de María” y “un hombre bueno”.
Decir “esposo de María” no es un dato para el carnet de identidad; es la razón de su santidad. Si en la vida de todos los santos la devoción a la Virgen María ha jugado un papel importante, ¡ninguno como José veneró, defendió y cuidó a María!
Decir que era “un hombre bueno” es muy buena definición. ¡Ojalá que, después de nuestra muerte, se nos recordara no por nuestra sabiduría, o porque ganamos concursos, o porque competimos en una olimpiada y ganamos muchas medallas, o porque viajamos a muchos países! ¡Ojalá que de nosotros se dijera lo mismo que se dice de San José: que fuimos una persona buena! ¡Que la gente nos recuerde por nuestra bondad, por habernos dedicado a hacer muchas obras buenas a favor de la mayor cantidad de personas!
Ciertamente, de San José el Evangelio habla poco. No sabemos dónde nació y nada sabemos de su edad. No conocemos ni cuándo murió, ni si tenía más hermanos. Fue un hombre vinculado al mundo del trabajo y la familia, y demostró con su ejemplo que es posible ser santo y, a la vez, carpintero y casado.
Nadie escribió para la historia una sola palabra pronunciada por San José. Los Evangelios recogen palabras, entre otros, de Judas, Nicodemo, Pilatos, el Centurión romano, los pastores de Belén… pero no hay ninguna palabra dicha por San José. Él es como un testigo mudo, un colaborador activo pero silencioso. Fue aquel hombre fiel que ¡hasta sueña con Dios! y a quien Dios habla. El que supo leer la voluntad de Dios sobre él y su familia en cualquier acontecimiento.
Me agrada pensar en él como el hombre que cumplía fielmente las órdenes de Dios, como cuando le dice: “levántate”… “recibe a María”… “ponle el nombre de Jesús”… “huye a Egipto que Herodes quiere matar al niño”… “quédate allí hasta que yo te avise”… “regresa, que ya murieron los que querían matar al niño”… José estará enseguida dispuesto a obedecer. Él, como María, pudo decir también: “Yo soy el esclavo del Señor”.
Para este mundo nuestro que parece olvidarse de Dios, el ejemplo de San José nos recuerda que Dios debe ser lo primero en nuestras vidas. Para un mundo que se burla de la fidelidad de los esposos y la consideran imposible, José es ejemplo de esposo fiel. Para un mundo que busca subir y subir, José es modelo de amor a lo sencillo, a lo que no cuenta. Para un mundo que idealiza el sexo, José nos enseña que hay valores superiores. Para un mundo donde la gente busca la vida cómoda, José nos enseña el amor al trabajo. Para un mundo donde se busca desenfrenadamente el dinero, José nos enseña a ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente. Para un mundo donde todos quieren hablar, José es modelo de saber escuchar primero a los demás.
