Mensaje radial de Monseñor Juan de Dios Hernández Ruiz, SJ, obispo de Pinar del Río, el domingo 29 de diciembre de 2024, Fiesta de la Sagrada Familia

Queridos hijos e hijas, nuevamente, ¡Feliz Navidad para todos!

El tiempo de Navidad nos ofrece todos los años la oportunidad de celebrar a la Sagrada Familia. Una fiesta hermosa que celebra también a toda familia humana, «sueño de Dios para su amada creación» como nos expresaba el Papa Francisco.

Hoy, en medio de esta fiesta, la liturgia nos propone el relato del niño perdido y hallado en el Templo. Emocionante y costumbrista escena familiar, con su ternura, su intriga y el sorprendente desenlace.

En primer lugar notemos que el Evangelio nos dice que José y María «iban todos los años a Jerusalén» y ese año lo hicieron llevando consigo a Jesús que ya tenía doce años. María y José son personas que valoran y siguen las costumbres y tradiciones. Observan la Ley, están enraizados en la historia y la vida del pueblo al que pertenecen y por sobre todo son personas religiosas (en el sentido más rico y auténtico del término). La identidad, la historia, las costumbres son una riqueza que da solidez a la vida familiar antes que un lastre que nos ata al pasado. En ese marco, la vivencia de las tradiciones religiosas cobran una particular importancia, como lo hemos vivido por ejemplo en estos días de Navidad.

La tradicional peregrinación de las familias judías a Jerusalén es la ocasión que aprovecha el jovencito Jesús para dar claras muestras de su vocación. María y José se preocupan por él y lo buscan. La respuesta del joven está por encima de las relaciones familiares y va señalando ya quién es su Padre. El texto nos presenta la inevitable ruptura del exclusivo ámbito familiar para abrirnos a la misión universal de Jesús.

Entra aquí un segundo elemento que surge de la pregunta: ¿Cómo se les pudo perder Jesús a María y a José? Con la conciencia que tenían —quizá no plena pero sí suficiente— de quién era Jesús, ¿cómo “dejaron” que se pierda? Varios autores espirituales comentan que en este tipo de viajes era costumbre que los niños hicieran el camino en compañía de parientes cercanos a la familia. Por eso se explica que María y José pudieron hacer un día de viaje y recién entonces darse cuenta de que Jesús no estaba con ellos. Como padres de un niño que sabían era el hijo del Altísimo, seguramente le procuraron todos los cuidados posibles pero no cedieron a la tentación de tenerlo totalmente sobre protegido. Como madre, consciente de haber traído al mundo al esperado de los tiempos, María podría haber optado por nunca despegarse de su hijo, por no quitarle un ojo de encima ni un segundo. ¿Cómo arriesgar tan gran tesoro a ellos confiado? Y sin embargo, María arriesga. No para poner a Jesús en peligro sino para ofrecerle el espacio requerido para que crezca como persona. Y de José se puede decir algo semejante. ¡Qué responsabilidad la del padre adoptivo del Hijo de Dios! ¿No tenemos aquí una gran lección en relación a la educación de los hijos?

Hoy escuchamos de la angustia de María y José por perder al niño, hace unos días los encontrábamos huyendo a Egipto para salvarlo de la espada de Herodes y antes ni siquiera habían encontrado un sitio digno para su nacimiento. ¿Cuántas otras cosas habrán tenido que vivir y que no han sido recogidas en el Evangelio? La Familia de Nazaret, aquella escogida por Dios mismo para nazca su Hijo, no se libró de las dificultades, angustias, carencias y dolores que toda familia experimenta. José y María conocieron muy bien esas circunstancias y eso debe ser un aliento para comprender con ojos de fe las dificultades que nos tocan vivir, para confiar en Dios y para pedirles a ellos que nos ayuden. Todo padre en dificultades puede rezarle a José sabiendo que él también ha sufrido por ellas; toda madre puede dirigirse a María confiando en que Ella vivió sus propias penurias y sabrá entenderla y hacer todo lo posible por ayudarla.

El nacimiento, la venida del Hijo de Dios al mundo, en una familia humana es uno de los mayores regalos que recibimos cada Navidad. Bien sabemos que no es un hijo cualquiera y que no es una familia normal, pero a nosotros nos sirve para comprender cómo hace las cosas Dios y cómo quiere que las hagamos nosotros. En Jesús, todos somos hijos de Dios, miembros de su familia; como Jesús todos estamos llamados a realizar nuestra misión, nuestra vocación en el mundo, aunque a veces sea difícil para la familia.

Finalmente, la Sagrada Familia nos enseña en las palabras de un Niño de doce años la lección quizá más importante de todas: Dios debe ser el centro de toda la vida familiar. Y lo será cuando sea también el centro de la vida personal del padre, de la madre y de los hijos. Quizá esa sea una de las tareas más difíciles en las que los padres tienen que educar a sus hijos. Aprovechemos la celebración de esta fiesta de la familia para hacer lo que nos enseña María: meditar y conservar la Palabra de Dios de modo que el Niño Jesús vaya creciendo en estatura y gracia también en nuestro corazón y seamos así cada vez más semejantes a Él. Ello, sin duda, redundará en beneficio de nuestra vida familiar.

Gracias Padre, por el inmenso regalo de mi familia, de todas las familias, de la familia humana. Concédeles a los padres el amor y la generosidad para formar a sus hijos en tu amor y dar a los niños y jóvenes el regalo de la fe en ti.

Que María de la Caridad nos acompañe siempre.

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