Queridos todos: Está claro que Jesucristo, por no tener pecados, no necesitaba recibir el bautismo de perdón de los pecados que Juan predicaba. Por eso Juan, ante la petición que Jesús le hace para que lo bautice, se niega y le pide a Jesús que lo bautice a él. Juan reconoce en Jesús al que bautizaría con el Espíritu Santo, como había advertido en sus predicaciones a todos los que iban a escucharlo: “Yo los bautizo con agua, pero viene otro detrás de mí, que los bautizará con el Espíritu Santo”.
¿Qué quiso enseñarnos Jesucristo poniéndose en la larga cola de los pecadores que esperaban su turno para que Juan los bautizara? Sencillamente, Jesucristo quiso hacerse solidario con los pecadores a quienes había venido a salvar. Se coloca en la fila de los pecadores como si fuera un pecador más. El que venía “a quitar el pecado del mundo” no teme meterse en el fango donde están los pecadores para ayudarlos a salir de sus esclavitudes. Dice el profeta Isaías: “Cargó sobre él todas nuestras culpas” (53).
¿Se imaginan ustedes a un cirujano que, operando a un paciente de un tumor, evite mancharse sus manos de sangre o de pus? Jesucristo, que no cometió pecado, no tuvo a menos meterse dentro del falso mundo de los pecadores para enseñarles cómo salir de él.
Finalmente, Juan bautiza a Jesús. Y sucede a continuación lo que nos cuenta san Mateo: el Espíritu Santo se presentó en forma de paloma y se escuchó la voz del Padre desde el cielo diciendo: “Este es mi Hijo muy querido, en quien me complazco”. Dios acababa de manifestarse en su Trinidad Santa: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
A todos los que ya fuimos bautizados, se nos derramó agua sobre nuestras cabezas, a la vez que quien nos bautizó, diciendo nuestro nombre, añadió: “Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. Y en ese momento fuimos marcados para siempre. Nadie podrá borrar el compromiso que hizo Dios con nosotros y nosotros con él, por medio de nuestros padres y padrinos o por nosotros mismos si fuimos bautizados de mayores. Ojalá que también nosotros estemos cumpliendo lo prometido por nuestra parte.
Les comparto una anécdota en la vida de San Luis, rey de Francia. Él decía a todos que “admiraba más la pequeña capilla del Palacio Real donde vivía que la bella e inmensa iglesia Catedral de París”. Y explicaba la razón: “Porque en esta Catedral, a mí me coronaron como Rey de Francia, pero en la capilla de mi Palacio yo fui bautizado y me dieron el título de “hijo de Dios” que es más que “rey de Francia”.
Conviene que todos los bautizados hagamos nuestro el testimonio que Cipriano de Cartago, en el siglo III, escribió a su amigo Donato: «El mundo en el que vivimos es malo, Donato. Pero en medio de este mundo he descubierto a un grupo de personas santas y serenas. Son personas que han encontrado una felicidad que es mil veces más alegre que todos los placeres de nuestras vidas de pecadores. Estas personas son despreciadas y perseguidas, pero eso no les importa. Son cristianos, Donato, y yo soy uno de ellos».
Al recordar el bautismo de Jesús en el Jordán, hagamos eco a las palabras de Cipriano: «Yo soy también uno de ellos”.
Hoy es una buena ocasión para que cada uno de nosotros reflexione sobre los compromisos adquiridos el día de nuestro bautismo, que es cuando comenzó nuestra biografía de cristianos y cristianas. Somos un pueblo de bautizados y bautizadas.
¡Qué bueno sería que, si no lo sabemos, averiguáramos en qué iglesia fuimos bautizados para que allí nos digan el día en que empezamos a ser, con más razón aún, hijos de Dios! Y que pudimos llamar a Dios como Padre.
¡Qué bueno sería celebrar cada año el día que fuimos bautizados! ¡Qué buen día hoy para agradecer a nuestros padres el que nos hayan bautizado desde pequeños!
Pienso que todos tenemos quizás varios títulos: mecanógrafo, taquígrafo, ingeniero, médico, trabajador social… y esos títulos los ponemos en los mejores cuadros y los colocamos en la sala de la casa. Sin embargo, el título más grande que todos tenemos es el de CRISTIANO, que ganamos el día de nuestro bautizo.
