Hoy celebramos el bautismo del Señor. Todos soñamos con que las cosas sean mejor en nuestra vida, en casa, en el trabajo, en el mundo, y tenemos la esperanza que alguien nos eche la mano para que eso se haga realidad. También la gente del tiempo de Jesús sentía ese anhelo, por eso, al ver lo que Juan el Bautista decía y hacía pensaron que él era el esperado, pero Juan, que sabía dejarse guiar por Dios, no negó lo que era pero no se creyó lo que no era; sino que ubicándose aclaró: “Es cierto que yo bautizo con agua pero ya viene otro más poderoso que yo, Él los bautizará con el Espíritu Santo y con fuego”. Así el Bautista nos enseña dos cosas muy importantes: a ubicarnos y a poner nuestra Esperanza en el único que puede salvarnos, Dios.
Ubicarse es ser realista, es reconocer lo que se es. Es tener claro que no somos ni lo único ni lo mejor. Que somos parte de un todo, de la familia, de la Iglesia, de la sociedad y del universo. Que por eso caminamos juntos y que nos toca hacer nuestra parte para el bien de todos, conscientes de que solo Dios puede hacernos ver qué es eso que nos toca hacer y ayudarnos a llevarlo a cabo.
Ese Dios que está aquí hecho uno de nosotros en Jesús para ayudarnos, como demuestra al caminar junto a la gente para bautizarse. Él camina a nuestro lado para llevarnos al Padre, lo hace con el poder del amor, amando hasta dar la vida. Así nos ha compartido su espíritu que nos renueva, liberándonos del pecado y haciéndonos hijos de Dios, familia de Dios, partícipes de su vida por siempre felices.
Eso es lo que Jesús manifiesta al bautizarse en el Jordán. Ahí, como explica san Ambrosio, hizo que las aguas tuvieran virtud para bautizar. Por eso el día que fuimos bautizados, Dios, creador de todo, nos mejoró, nos libró del pecado original y de los pecados que habíamos cometido, nos compartió su Espíritu y nos unió de tal manera al cuerpo de Jesús: la Iglesia, que adoptándonos nos declaró hijos predilectos.
¿Qué nos toca hacer? Vivir como hijos suyos, amar, y por amor mejorar día tras día y ayudar a que todo mejore en casa y en el mundo. Para eso hay que imitar a Jesús, que mientras se bautizaba, oraba. Unámonos a Dios a través de su Palabra, de la liturgia, de la Eucaristía, de la oración y de las personas; así distinguiremos, como dice el Papa, lo mucho que vale toda persona siempre y en cualquier circunstancia. Entonces seremos capaces de superar cualquier distancia física, emocional, intelectual, económica, social o espiritual, para caminar juntos como familia, como Iglesia, y como sociedad; dedicando tiempo a encontrarnos y escucharnos para ayudarnos unos a otros; a distinguir lo que Dios nos pide hacer para salir adelante hasta llegar a la meta: la vida por siempre feliz.
Con el poder del amor Jesús lo ha renovado todo. Colaboremos con Él para que las cosas mejoren, empezando por nosotros mismos, así con el poder del amor, siendo comprensivos, pacientes, justos, solidarios y serviciales, perdonando y pidiendo perdón, ayudaremos a que todo sea mejor en casa y en el mundo; y el Padre podrá decirnos como a Jesús: “en ti me complazco”.
