Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz, Obispo de esta diócesis que abarca los territorios de las provincias civiles de Pinar del Río y parte de Artemisa. Soy pastor de todos.
El milagro de las Bodas de Caná es el primero de los siete “signos” que Jesús realiza y Juan menciona en su evangelio. Jesús revela su gloria y los discípulos creen en él.
El marco elegido por el evangelista para la puesta en escena de la misión de Jesús es el de una boda, algo que tiene un gran valor simbólico, pues los profetas hablaron de la Alianza entre Dios y el pueblo desde la imagen de los desposorios. Dios es el Esposo y el pueblo la esposa. Para el tiempo de la salvación, Dios anuncia una Nueva Alianza donde desposará a su pueblo para siempre (Os 2, 16-25; Is. 54, 1-11; 62, 1-5). Desde este contexto profético, la acción de Jesús en Caná adquiere toda su fuerza: él inaugura el tiempo nuevo de la salvación, él es el “novio” (Jn 3, 29) que viene a traer, con su palabra y su vida, los desposorios definitivos entre Dios y la humanidad.
En las bodas de Caná Jesús pone de manifiesto la novedad radical de su persona, que reemplaza el judaísmo y las viejas instituciones. La observancia ritual del judaísmo da paso al buen vino, signo del banquete mesiánico.
El agua de la ley de Moisés da paso al vino nuevo y desbordante del Evangelio. Ya sabemos lo nuevo que está aconteciendo: la hora definitiva de la nueva Creación. El vino nuevo está servido y ha sido probado. Espera nuevos catadores. Todos hemos sido invitados a este banquete nupcial de la nueva Alianza. Entrar y participar de él depende de cada uno.
Pero el milagro acontecido en Caná tiene lugar por iniciativa de María, que expone a Jesús la necesidad en la que se encuentran los nuevos esposos e indica cómo proceder señalando la escucha y obediencia a Jesús, el Señor que establece la nueva alianza.
Quizás también nosotros nos hemos quedado sin vino. Nuestra vida, que ha optado por Jesús, se ha convertido en una boda triste, le falta el vino de la entrega, del amor y de la alegría. Tal vez, como pasó a los invitados de Caná, ni siquiera nos hemos dado cuenta de esta falta. ¿Queremos llenar nuestra vida de Dios, de alegría y amor compartido? Pues, como dice la madre de Jesús: “Hagan lo que él les diga”.
Con estas palabras María invita a los sirvientes a ponerse a la escucha de Jesús en la certeza de que les va a decir algo. ¡Y así fue! Y aconteció la sobreabundancia de vino, anticipo de la alegría por el encuentro de Dios y del hombre.
María, Madre nuestra, así como en Caná fuiste sensible al problema que había en la boda y buscaste una solución, intercede hoy por nosotros. A veces se nos acaba el vino de la alegría, de la esperanza, de la ilusión por servir a los demás. Como hiciste entonces, llévanos a tu Hijo para que él vuelva a colmarnos del vino bueno que lleva a la vida.
Que María de la Caridad, interceda por nosotros y nos ayude a hacer siempre lo que Dios nos pide.
