Mensaje radial de Monseñor Wilfredo Pino Estévez, arzobispo de Camagüey, el domingo 19 de enero de 2025, II del Tiempo Ordinario

“Se celebraba una boda en Caná de Galilea”. Así comienza este relato en el que se nos dice algo inesperado y sorprendente. La primera intervención pública de Jesús, su primer milagro, no sucede en un lugar sagrado como podría ser el Templo de Jerusalén o una sinagoga. Jesús inaugura su actividad profética “salvando” una fiesta de bodas que podría haber terminado muy mal, porque en aquellas aldeas pobres de Galilea, la fiesta de una boda era la más apreciada por todos, y durante varios días, familiares y amigos acompañaban a los novios comiendo, bebiendo, bailando y cantando canciones de amor.

La Virgen María, atenta a los detalles de la fiesta, se da cuenta de que “el vino no alcanzaba” y se lo indica a su hijo. Jesús que, por un momento, parece que no quiere actuar “porque no ha llegado su hora”, terminará escuchando la petición de su madre e intervendrá para salvar la fiesta proporcionando vino abundante y de excelente calidad. Además de la mediación de la Virgen María ante Jesús para socorrer una urgente necesidad, los católicos vemos en este acto una prueba del poder de Jesús que, al igual que convirtió el agua en vino en esta boda, convertirá también el vino en su sangre, como hizo en la última cena con sus apóstoles y como hace en cada Misa que se celebre. Jesús, por ser Dios, tiene poder para transformar algo en una especie distinta.

¡Qué bueno sería imitar a los novios de Caná de Galilea e invitar a Jesús y a su madre a ser parte de nuestra vida diaria y de los momentos especiales! Que cuando tengamos una preocupación, se nos acabe la alegría y se agote nuestra motivación a la comprensión, al servicio y la solidaridad, acudamos a María. Ella nos ayudará a identificar el “vino” que se nos esté terminando y le pedirá a su Hijo Jesucristo: “Mira que se les está acabando el vino”, y a nosotros nos dirá lo que ella dijo a los sirvientes: “Hagan lo que él les diga”. Si lo hacemos así, Jesús transformará nuestras vidas y nos dará nuevos ánimos.

En el evangelio de Juan capítulo 19, versículos 25 al 29, el mismo Jesucristo, (…), nos dejó a la Virgen María como Madre. Las palabras que le dijo al discípulo Juan nos las dice también hoy a nosotros: “Ahí tienes a tu Madre” (Jn. 19, 27). Y ella, a su vez, nos repite a los cubanos de hoy la frase que ella dijo a los sirvientes de la boda en Caná de Galilea: “Hagan lo que Jesucristo les diga” (Jn. 2, 5). Ése es nuestro deber. Cumplir las enseñanzas de Jesucristo-Dios tal como lo supo hacer la Virgen María. Y por eso le podemos llamar “dichosa”: ¡Dichosa tú, Virgen María, que dijiste siempre sí a todo lo que Dios te proponía y recibiste con alegría a Jesús el fruto bendito de tu vientre! Nos da tranquilidad saber que Jesucristo te pidió que nos recibieras como hijos.

Todos sabemos que la Virgen María no es Dios. Si ella fuera Dios, no le hubiese pedido a su Hijo Jesucristo que hiciera el milagro de convertir el agua en vino porque ¡ella misma lo hubiese hecho! Pero no tiene ese poder porque no es Dios.  La Virgen María actualmente pasa su cielo haciendo el bien en la tierra, y nosotros somos testigos de ello. Ella está tan cerca de Dios, que conviene que acudamos a ella en nuestras necesidades. Como escuchamos, en Caná de Galilea ella, sin que nadie se lo pidiera, tomó la iniciativa e intercedió ante Jesucristo: “Hijo, no tienen vino”. Y Jesucristo hizo el milagro de convertir el agua en vino y salvó la fiesta. Ella también hoy sigue intercediendo por nosotros y nuestras necesidades: “mira, Señor, que su matrimonio está en peligro”, “mira que no tienen salud” o “mira que les falta la alegría de vivir”, o  “mira que les hacen falta más sacerdotes y religiosas”… Y así muchas necesidades más.

Hace unos años, un joven universitario católico me contó la conversación que había tenido con un gran amigo y compañero de estudios que practicaba otra religión. Este último un día le preguntó: “¿Por qué tú le rezas y le pides a la Virgen si puedes rezarle y pedirle directamente a Dios?”. Y esta fue la respuesta de su amigo católico: “Por la misma razón por la que tú me pediste hace unos días que rezara por ti porque tenías un examen muy difícil. ¿Por qué no le rezaste directamente a Dios? ¿No sería porque tú querías hacer más fuerte tu oración rezando juntos, tú y yo, por lo mismo? ¿Por qué, entonces, no vamos a poder hacer lo mismo con la Virgen para que ella rece a Dios junto con nosotros?”.

La oración que le rezamos especialmente a la Virgen se llama el Avemaría. Y dice así: “Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén”. Es una oración que está compuesta a tres manos. Las primeras palabras son las que le dijo el Ángel Gabriel a María; “Dios te salve, María, llena eres de gracia.  El Señor es contigo”. Luego vienen las que le dirigió Isabel a María cuando ésta la visitó: “Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre”. Finalmente, la Iglesia añadió la oración donde le pedimos a la Virgen que ruegue por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte.

A la Virgen muchos la invocamos con la oración del rosario, donde cincuenta veces rezamos el Avemaría. ¡Qué maravilloso sería rezar cada día el rosario y así pedirle a la Virgen que esté presente a nuestro lado no sólo cuando nos llegue ese momento inesperado de nuestra muerte, sino también ahora, en este mismo momento, cuando quizás estemos pasando por una situación difícil, o nos han dado una noticia desagradable, o vamos de viaje por la carretera! Imitemos al eminente sabio cubano Carlos Juan Finlay quien afirmó que un día, “mientras rezaba el rosario”, tuvo la inspiración de que un tipo de mosquito (el muy mencionado Aedes aegipty) podía ser el causante de la transmisión de la fiebre amarilla.

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