Mensaje dominical de Monseñor Juan de Dios Hernández Ruiz, SJ, Obispo de Pinar del Río, el 16 de febrero 2025, VI Domingo del Tiempo Ordinario

Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz, feliz como siempre de poder encontrarnos.

En este domingo VI del tiempo ordinario, nos encontramos con uno de los evangelios, que según mi parecer es de los más bellos para los fieles laicos. Al inicio del Evangelio vemos cómo nuestro Señor baja, con los doce apóstoles y se para en un llano con un gran número de discípulos y de gente. Sus doce apóstoles están con Él, pero también, y en su mayoría los «discípulos», aquellos hombres y mujeres que le siguen por el camino, y quieren aprender de la doctrina nueva que enseña nuestro Señor.

Cuatro bienaventuranzas y cuatro amenazas es lo que presenta el evangelista Lucas en este texto. Jesús habla a la multitud. El anuncio es para todos y es buena noticia cuando se acoge y vive desde el convencimiento del querer de Dios. Él nos ha creado para ser felices.

En tiempos de Jesús se pensaba que el pobre, el hambriento o el que lloraba se lo merecía. Algo habría hecho para que Dios lo castigara. Jesús rompe esos esquemas y presenta un rostro de Dios misericordioso que está al lado de los que sufren. Y esa es la felicidad: sentirse queridos y acogidos por Dios precisamente en esas circunstancias de dolor y necesidad. Los ayes (¡Ay de los que…!) avisan a los causantes de las tragedias humanas: es la hora de arrepentirse y cambiar.

Pero volvamos a la escena. Después de un rato Jesús «… levantó los ojos hacia sus discípulos…» (Lc 6, 20), o sea, que les ve y les habla al corazón, a cada uno de los «laicos» diciéndoles: «Dichosos los… porque de ellos es…».

El Señor mismo mirándote a los ojos de tu corazón te dice estas palabras; te da esperanza de vida, de vivir y sufrir por Él, con Él y en Él; de saber que estás en el mundo como laico coherente, que no debes tener miedo de ser pobre de espíritu, de tener hambre de justicia, de llorar por la falta de Amor en el mundo; no debes de temer cuando te insulten, te excluyan y te odien por causa de Cristo y de su Evangelio, pues al Señor no se le escapa nada y tendrá en cuenta cada acto de valor que haces por Él y por el prójimo.

«Los laicos están en primera línea de la vida de la Iglesia. Necesitamos su testimonio sobre la verdad del Evangelio y su ejemplo al expresar su fe con la práctica de la solidaridad. Demos gracias por los laicos que arriesgan, que no tienen miedo y que ofrecen razones de esperanza a los más pobres, a los excluidos, los marginados… que los fieles laicos cumplan su misión específica, la misión que han recibido en el bautismo, poniendo su creatividad al servicio de los desafíos del mundo actual». (Homilía de S.S. Francisco, mayo de 2018).

Por otro lado, el mensaje cristiano es desconcertante. ¿Cómo dice Jesús que son más felices los pobres, los hambrientos, los que lloran y los que son odiados? ¿Acaso no es mejor ser rico, comer bien, reír y tener buena fama?

Las Bienaventuranzas nos dicen que es preferible ser pobre que apegarse a los bienes materiales. Porque sólo un corazón desprendido puede llenarse de Dios. El que tiene su corazón lleno de cosas, ¿dónde puede albergar a Dios? ¿Le quedará algún hueco para El?

Podemos inspirarnos en las Bienaventuranzas para hacernos un programa de vida para este curso que comienza. El primer objetivo será despegarse cada día, poco a poco, de algo superfluo. Para eso hay que ponerse metas: cada semana, cada mes, etc. El segundo objetivo es el del “hambre espiritual”, el hambre de Dios. Vamos a cultivar nuestro espíritu con unos minutos de oración al día, con lecturas provechosas, con la cercanía a los sacramentos, procurando que en nuestra casa desaparezca el ruido y haya más silencio. El tercer propósito se refiere a los sacrificios. Hay que aprender a sobrellevarlos con elegancia, ofreciéndolos a Jesús como Él ofreció su cruz por nosotros. Y por último, tomando la cuarta Bienaventuranza, hay que lograr vivir cristianamente, con coherencia, dando testimonio aunque otros nos miren mal.

Que María de la Caridad nos acompañe siempre.

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