Queridos todos: Hemos escuchado el episodio de una pesca sorprendente e inesperada en el lago de Galilea, narrado por el evangelista San Lucas. El relato comienza con una escena no común. No es sábado. No están congregados en la cercana sinagoga o capilla de Cafarnaúm para oír las lecturas que se leen al pueblo a lo largo del año. No han subido a Jerusalén a escuchar a los sacerdotes del Templo. Lo que les atrae tanto es el Evangelio, la buena noticia del Profeta Jesús quien, días antes, ha sido rechazado por los vecinos del poblado de Nazaret.
La escena ocurre en medio de la naturaleza. Jesús está de pie a orillas del lago, y la gente se va agolpando a su alrededor para oír la Palabra de Dios. No vienen movidos por la curiosidad. No se acercan para verlo realizar milagros. Solo quieren escuchar la Palabra de Dios. Piensan que lo que él les dice proviene de Dios. Jesús no repite lo que ha oído a otras personas. No cita a ningún maestro de la Ley. Esa alegría y esa paz que sienten en su corazón sólo puede despertarlas Dios. Jesús, por medio de su Palabra, los ha puesto en comunicación con él.
Jesús habla, subido a una barca, desde la superficie serena del lago. No está sentado en una cátedra sino en una barca. Es en este escenario humilde y sencillo desde donde Jesús enseñaba a la gente.
También la escena narrada de la pesca es poco común. Cuando de noche, que es el momento más favorable para pescar, Pedro y sus compañeros trabajan por su cuenta, no obtuvieron resultado alguno. Cuando, ya de día, echan las redes confiando solo en la Palabra de Jesús que orienta su trabajo, se produce una pesca abundante en contra de todas sus expectativas.
Luego, ante la grandeza sobrenatural de Jesús, Pedro siente su pequeñez de “hombre pecador”. Pedro ha visto en Jesús a un hombre de Dios, con poderes divinos. Horas antes, había sido testigo de cómo Jesús había curado a su suegra, aunque ahora, en la pesca abundante, ha visto más su poder divino.
Jesús va a aprovechar este milagro para explicarle a Pedro simbólicamente el sentido de su vocación. Jesús le dirá: De ahora en lo adelante serás “pescador de hombres”. La misión futura de Pedro y los apóstoles será llamar a todos a la conversión. Para ello tendrán que contar con la virtud y el poder de su Maestro.
No ha perdido actualidad el llamado de Jesús a no tener miedo. “No teman”, les dirá a la hora de tirar las redes para pescar. “No teman”, sigue siendo su mensaje a todos los que están sintiendo su llamada a ser sacerdotes o religiosas.
Aprovechemos hoy la oportunidad de haber escuchado este Evangelio para pedir, una vez más, al Señor por el aumento de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada en nuestra patria. Recemos con insistencia ante esta gran necesidad que tiene nuestra Iglesia. Recemos, una y otra vez: “Danos, Señor, sacerdotes santos”.
Comparto con ustedes la oración por las vocaciones escrita por los seminaristas de Camagüey que estudian en el Seminario San Carlos y San Ambrosio, de La Habana.
Buen Pastor de las almas,
que renuevas la llamada a tus discípulos
eligiendo a jóvenes
de nuestras familias y comunidades,
hazles hombres valientes que,
queriendo servir en nuestra nación cubana,
sean portadores de la esperanza
que tú has venido a traernos.
Y cuando el desaliento
asome en sus vidas,
recuérdales que tú permaneces fiel.
Señor de la mies, danos sacerdotes santos
según tu corazón. Amén.
