Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz, amigo y pastor de todos.
El domingo pasado iniciamos el discurso de las bienaventuranzas y durante toda la semana asistimos a pasajes donde se hacen vida. Hoy continuamos escuchando paradojas: “amar a los enemigos y bendecir a los que les maldicen”. Y es que no hay otra manera para que el reino de Dios se implante en nuestro mundo. “Sean compasivos, como también el Padre de ustedes es compasivo”. Solo la misericordia podrá cambiar el mundo.
Pero estas enseñanzas no salen de la nada. Provienen del mismo corazón de Dios reflejado desde el Antiguo Testamento, como escuchamos en las lecturas de la Misa de hoy: David reconoce que Saúl es el rey ungido del Señor, su representante, y por tanto lleva impresa la imagen de Dios. Así, a pesar de estar sufriendo una encarnizada persecución por parte de Saúl, le perdona la vida cuando se presenta la ocasión de matarle. En esto insiste Pablo cuando recuerda que la profunda y auténtica vocación humana es llegar a ser perfecta imagen de Dios, llevar en nosotros la imagen del hombre celestial y ser hijos suyos en Jesucristo, el hombre pleno y perfecto. Y la imagen de nuestro Dios es la del que “nos corona de amor y de ternura”, la del que “no guarda rencor eternamente”. Porque es un Dios todo perdón, bondad, clemencia, compasión, que pide amar a los enemigos y cuyo rostro estamos llamados a encarnar en nuestras vidas.
La sociedad en los tiempos de Jesús y sin duda en los nuestros también, está hecha de relaciones, de intereses y reciprocidades, que generan privilegios, poder y prestigio. El mensaje de Jesús es, en un contexto así, una verdadera revolución en el campo de las relaciones humanas. Una sociedad justa y fraterna en la que las relaciones estén marcadas por la gratuidad, teniendo como ejemplo el amor misericordioso de Dios Padre.
Perfección, compasión o misericordia son aquí sinónimos. Una sociedad que se basa en la división, enemistad, venganza o violencia no puede subsistir. La misión que se le confía al discípulo de Jesús es la de romper con los espirales de violencia que configuran el mundo; es necesario resistir en una cultura nueva, una cultura del encuentro pacífico y de diálogo creativo. Resistir es perdonar, amar y ser constantes en una actitud que desmonte la mentalidad de que la violencia o la guerra sea solución para los desafíos de la vida.
¡Cuántos esfuerzos humanos, dignos de alabanza, para resolver los conflictos en el diálogo, el respeto y la comprensión! Y, a la vez, cuántas imposiciones, opresiones y muertes por mantener situaciones opuestas, opiniones distintas o fronteras disputadas. Tú, Señor, nos das las claves del entendimiento, la fraternidad y la paz. Solo aceptando “perder” hay salvación.
Señor Dios, no nos trates como merecen nuestros pecados y haz que experimentemos tu amor misericordioso. Sólo así podremos ser testigos e instrumentos de tu misericordia. En un mundo tan necesitado con urgencia de ternura, cariño y acogida, suscita entre nosotros profetas de estos valores que construyen y fortalecen la convivencia humana.
Que María de la Caridad ponga a Jesús en nuestro corazón.
