Queridos todos: El mensaje de Jesús es claro y rotundo: “Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian”. ¿Qué podemos hacer con estas palabras?, ¿suprimirlas del Evangelio?, ¿tacharlas como algo incoherente e imposible?, ¿dar rienda suelta a nuestra irritación? Tal vez, hemos de empezar por conocer mejor el proceso del perdón.
Es importante, en primer lugar, entender y aceptar los sentimientos de cólera, rebelión o agresividad que nacen en nosotros. Es normal. Estamos heridos. Para no hacernos todavía más daño, necesitamos recuperar en lo posible la paz y la fuerza interior que nos ayuden a reaccionar de manera sana.
La primera decisión del que pretende perdonar es no vengarse. Y eso, como dice la expresión cubana actual: “no es fácil”. La venganza es la respuesta casi instintiva que nos nace de dentro cuando nos han herido o humillado. Buscamos compensar nuestro sufrimiento haciendo sufrir al que nos ha hecho daño. Para perdonar es importante no gastar energías en imaginar nuestra revancha. Es decisivo, sobre todo, no alimentar nuestro resentimiento. No permitir que la hostilidad y el odio se instalen para siempre en nuestro corazón. Tenemos derecho a que se nos haga justicia: el que perdona no renuncia a sus derechos, ni tampoco está impedido de reclamar por ellos, exige solamente que lo hagamos sin odio. Lo importante es irnos curando del daño que nos han hecho.
Perdonar a quien nos haya ofendido no significa aprobar el mal que nos hizo o estar de acuerdo en todo lo que nos dijo. Puede que no se nos quite de la mente la ofensa que nos hicieron, pero si perdonamos sinceramente, recordaremos lo sucedido sin amarguras, sin dolor, sin resentimientos, sin rencores, sin la herida abierta.
Perdonar es quitar de nosotros ese sentimiento malo que nos lleva a afirmar “yo no le deseo mal a nadie, pero…” frase con la que, en realidad, nos estamos alegrando del sufrimiento de alguien que nos ofendió.
Para perdonar será necesario haber eliminado de nuestro corazón y del lenguaje diario frases tan nuestras como “lo mastico, pero no lo trago”; “perdono, pero no olvido”; “él me las va a pagar”; “yo no quiero verlo ni en pintura”; “él murió para mí”; “nosotros no nos hablamos”; “la venganza es dulce”; “el que la hace que la pague”;
Perdonar es haber sacado de nuestra alma el rencor que quedó en nosotros luego de la ofensa recibida, es apagar esa invisible “batidora” que, de manera muy lenta, pero siempre encendida, da vueltas a nuestros malos pensamientos y resentimientos contra alguien todo el día y toda la noche.
Perdonar, como han dicho bellamente escritores y poetas, es imitar al árbol del sándalo cuya madera es de un excelente olor y “perfuma el hacha que lo hiere”, o ser como la pequeña flor de la violeta “que derrama su fragancia cuando se levanta el zapato que la aplastó”.
Perdonar es cumplir sinceramente con lo que decimos cada vez que rezamos el Padrenuestro: “perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden” (Mt. 6, 12).
Perdonar es luchar con la fuerza del amor que construye y no con la fuerza del odio que destruye.
Y no olvidemos nunca que, si ser cristiano es difícil, ser buen cristiano es más difícil todavía. Porque las enseñanzas de Jesús cuesta mucho cumplirlas.
