El Evangelio de este domingo VII del tiempo ordinario, es una continuación del que hemos proclamado el Domingo pasado, en el cual se nos hablaba de la incomprensión y persecución de los cristianos cuando viven a fondo su fe.
Sin embargo, una pregunta que se plantea en el evangelio de este domingo de un modo inevitable es: ¿Cómo debemos obrar con quienes nos persiguen, nos hieren, no nos comprenden y hasta incluso nos odian? ¿Qué debe hacer un cristiano?
La respuesta de Jesús es clara. Sus afirmaciones en el Evangelio de hoy apenas necesitan comentarios. Sin duda que, de ser practicadas, transformarían el mundo en un verdadero Paraíso.
Ahora bien: lo que Jesús nos pide: ¿es realmente practicable, hoy, ahora, en este mundo, en este tiempo?, más aún, en nuestra realidad cubana tan adversa que vivimos hoy. ¿No será acaso que Jesús pide mucho, para que hagamos por lo menos algo?
No…. Dios no sería nuestro Padre si nos mandase cosas que no están a nuestro alcance. Que padre, en este mundo le pondría sobrecargas irrealizables a sus hijos? Pues, claro que no…
Entonces, la pregunta no es si es posible, o no posible, sino, cómo es posible.
La respuesta es fundamental, porque en ella se verá si hemos comprendido o no lo leído en este evangelio.
Lo que el Evangelio nos plantea hoy, más que mandamientos, son una descripción de cómo debería ser nuestro proceder cuando hemos sido interiormente renovados por la gracia de Dios; cuando hemos sido transformados por Cristo, al abrirle nuestro corazón, o sea, cuando hemos sido transformados en una nueva criatura, en verdaderos discípulos de Jesús.
Pero para que no pensemos que esta es una perspectiva romancista e ilusoria, el Evangelio expone la caridad del cristiano a la acción de un factor límite: el odio de los enemigos.
No se nos dice que no tengamos enemigos. Se nos invita a tratarlos con esa grandeza de ánimo y generosidad, que es ya un modo de amar y que es propio de la templanza del verdadero cristiano, que es propio del amor de Dios, y que nos salva de algo, que podría despertar lo peor de nosotros mismos (odio, venganza, rencor, resentimiento), Jesucristo nos invita a dejarnos animar por su gracia y sus criterios, para no devolver el mal por mal, que es el espiral del odio, la guerra y la muerte, para que actuemos con heroísmo, como Él hoy nos enseña, ¡y como han obrado a través de los tiempos los santos de nuestra iglesia.
Muchas veces, cuando somos agredidos en nuestra persona, nuestra dignidad o nuestros bienes, reaccionamos clamando por una justicia en términos tales que en nada se diferencia de la venganza
El Evangelio, sin quitar nada a la justicia, nos señala hoy el camino más excelente: dejar que, sin lesionar en nada la justicia, resplandezca más fuerte en nosotros el amor del Padre, que es misericordioso aún con los ingratos y los perversos.
Dios nos amó, nos perdonó, y nos devolvió la participación en su vida divina mediante la encarnación, muerte y resurrección de Cristo.
Por tanto, cuando Jesús nos dice: “amad a vuestros enemigos”, nos está diciendo con otras palabras: haced lo que Dios Padre ha hecho con vosotros. No es ninguna exageración, ni ninguna locura cristiana… es lo justo. El mismo Jesús nos lo dice: “sed compasivos como vuestro Padre es compasivo”. ¿Es que no voy a hacer yo con los demás lo que Dios ha hecho conmigo?
La toma de conciencia de nuestra dignidad como hijos de Dios nos hace ver la misma dignidad en los otros seres humanos, estén o no en la verdad, imagen de Dios del cual somos todos, que es, y repito: compasivo y misericordioso.
por lenta que pueda ser o parecer la obra de la gracia en nosotros, confiemos en el Señor, y no nos cansemos de pedir su gracia, y más aún, de lo que nos parece imposible: ser compasivos y misericordiosos, y más aún en los momentos tristes y desesperanzados que vive y sufre nuestro pueblo cubano, porque para Dios nada es imposible.
Y Jesús para terminar nos dice: “no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados”. Es lo mismo que nos enseña en el Padrenuestro: “perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.
Que María Reina y madre de misericordia nos haga, también en esto, sus hijos fieles.
Amén.
