Queridos hermanos:
En la segunda lectura tomada de la primera carta a los corintios Pablo se refiere a nuestro ser corruptible. Él está constatando la realidad de todo ser humano. Todos somos pecadores, con la única excepción de nuestra madre la virgen. Al mirar nuestras vidas y mirar a nuestro alrededor reafirmamos en nuestro interior la convicción de que estamos tocados por la realidad del pecado, y no hay una vacuna contra el pecado.
No obstante hay una diferencia que insinúa la primera lectura y que plantea Jesús al referirse al árbol bueno y al árbol malo. El que da buen fruto y el que da el malo. Es que aunque todos somos pecadores ¿podemos hacer y de hecho hacemos elecciones del rumbo o camino de nuestra vida? ¿qué camino elegimos: el del bien o el del mal? Para elegir tenemos una propuesta seria, dura que es la de Jesús. Él nos invita a ser firmes y constantes en la obra de la fe, a que trabajemos con fervor y entrega en la proclamación del evangelio donde Jesús nos invita a abrirnos a la esperanza y el amor.
Esta invitación se nos plantea hoy y aquí. Al pensar en esto me digo que nunca es fácil vivir la fe, en ninguna época lo ha sido pero, donde vivimos, en esta nuestra amada cuba estamos viviendo una experiencia que sentimos como que nos quiere aplastar. No voy a extenderme en lo que todos vivimos de carencias y dificultades que durante muchos años hemos experimentado pero que ahora las sentimos más agresivas. Más bien quiero referirme a lo que expresó hace años un obispo nuestro cuando dijo que lo peor de la experiencia de nuestras vidas en cuba en estas décadas era la del daño antropológico. Se refiere esto a la degradación del cubano como persona, como pueblo que ha ido perdiendo las virtudes y valores que lo caracterizaban. Y el cubano que ha perdido valores ya no solo lo encontramos aquí, en la cuadra, en el barrio. También parte de los que han emigrado han llevado en su equipaje maldad, violencia, egoísmo, a veces veo en las redes sociales de hecho violentos, fraudes, asaltos y hasta hechos de sangre que han protagonizado algunos de nuestros compatriotas. Recuerdo hace años que una joven cubanoamericana me pregunto al terminar yo de celebrar, la misa ¿padre, que cubanos nos están llegando, porque este no es el cubano que yo conocí de niña? Ella que se había graduado de derecho y lo ejercía, por lo tanto estaba muy en contacto con esa realidad. Y concluyó diciéndome que a veces evitaba decir que era cubana porque le daba vergüenza.
Esta es nuestra triste realidad, sí, es verdad. Pero la pregunta es esta: ¿soy un árbol bueno, un árbol que da buen fruto o qué soy seré algún ciego que no ve el camino bueno? Me parece que debemos sentir en nuestro ser profundo la invitación de Jesús de ser testigos del reino que el anunció, el reino que hizo presente y por el que murió en la cru. Es una invitación muy fuerte pero sabemos que él nos acompaña como a los discípulos de Emaús porque como ellos a veces no vemos claro cómo vivir ahora nuestra vocación cristiana, que nos compromete a ser testigos de la fe y la esperanza.
