“No solo de pan vive el hombre” Lucas 4, 1-13
Hermanos,
Es una recomendación dada mi experiencia personal, pero también la experiencia como pastor, como sacerdote, como obispo de que si hay algún tiempo cuyas lecturas van bien hilvanadas y relacionadas unas con otras, y que tienen que ver tanto con la con el tiempo que estamos celebrando, son precisamente las lecturas de Cuaresma.
Por eso es bueno que todos en nuestras casas, también los días entre semana, tratemos de leer por lo menos el Evangelio que toca cada día de la semana. Aquí en Cuba en nuestras comunidades se ha repartido un pequeño libro que se ha importado, con los evangelios de cada día del año.
Por lo tanto, es bueno, es conveniente, que las personas que los tengan, pues precisamente aprovechen este tiempo, ya que se nos pide en este un tiempo, se nos dijo el Miércoles de Ceniza, de oración, de ayuno y de caridad, de hacer caridad calidad, de hacer el bien a los demás, pero que nosotros este tiempo de oración lo hagamos con la palabra de Dios, porque vamos a ir cada día subiendo como un escalón y a ese escalón a ¿dónde nos lleva? Ese escalón nos va a llevar a encontrarnos con Cristo en la cruz, es como si estuviéramos siguiendo el calvario, pero ese escalón también nos va a llevar a la resurrección del Señor. Y ese escalón lo que va a significar es que cada día vamos a crecer un poquito más en el encuentro con Dios, para tener esa fe que nos dice la segunda lectura de la carta de San Pablo a los Romanos.
El Señor nos salva, nos salva por la fe. La fe se muestra también en las obras que nosotros hacemos. Pero acuérdense bien que nosotros no nos salvamos por nuestras obras. Nosotros nos salvamos por la obra suprema de Cristo, que es que murió en la cruz para salvarnos a nosotros. Nosotros recibimos la salvación como gracia y esa gracia la adquirimos en la fe.
Pues bien. La primera lectura es del Deuteronomio. Y en esa lectura es como un repaso de lo que el pueblo de Israel había vivido, un recordatorio. Y entonces en este libro del Deuteronomio, Deuteronomio significa segunda ley. No es que hayan sido dos leyes, es que se dio la ley de Moisés y el Deuteronomio es como un gran comentario ampliado de esa ley que recogen los primeros libros de la Biblia. Entonces, hermanos, en esta lectura se nos recuerda todo el bien que Dios hizo por el pueblo de Israel. Y pone ahí por delante a Abraham, que es el padre en la fe.
Dios le pide a Abraham, “Abandona tu familia, abandona tu pueblo, abandona tu región y vete a la tierra que yo te voy a dar”. Y aquí dice que él se fue con unas pocas personas para Egipto, creció como pueblo, fue maltratado y esclavizado por Egipto y que después él llegó a la tierra prometida. ¿Qué le estaba diciendo eso a los hebreos que escuchaban esta lectura? La palabra de Dios es eficaz y es veraz. Dios no dice mentiras. Dios no se desmiente. Si Dios lo promete, lo cumple. Y ahí con esta lectura le está diciendo al pueblo de Israel, hermanos, tengan fe. La fe es manifestación de nuestro compromiso con Dios y la fe salva. La fe nos hace adquirir, precisamente nos hace adquirir esa gracia de Dios que a cada uno de nosotros nos conduce a hasta el encuentro con el Señor.
Muy bien, ya tenemos que la fe es fundamental, está ahí, tenemos que crecer, tenemos que pedir la fe, recordemos aquella fase, «Señor, tengo fe, pero aumenta mi fe”. ¿Quién de nosotros tiene que decir ya yo tengo una fe suficiente? Qué va. La fe suficiente, que ya no va a haber ni fe ya, porque vamos a tener a Jesús ahí en la gloria y verdad que todos estemos juntos, igual que ahora aquí, que todos nosotros estemos juntos con Él. No, hermano, fortalezcamos nuestra fe con esas recomendaciones que nos da el evangelio.
El evangelio, que se repite en los tres ciclos de lecturas. Cada año, en 3 años se vuelve a repetir la lectura, es el de las tentaciones. Y nosotros vamos a ir un poquito viendo, desgranando. ¿En qué situación ocurre este pasaje que todo el mundo se lo conoce? Porque son las tentaciones de Jesús. En primer lugar, ¿cuándo ocurre esto?
Dice al principio, «Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió de las orillas del Jordán y se dejó guiar por el Espíritu a través del desierto.» ¿Qué nos dice aquí? Es como un relato que el evangelista pone después del bautismo de Jesús en el Jordán. Acuérdense bien que se oyó aquella frase que decía, «Este es mi Hijo amado, escúchenlo, en él tengo puesta mis complacencias.» Ya Jesús dice que vino lleno del Espíritu Santo. Claro, el Espíritu Santo fue el que se manifiesta. Dice, «Lleno del Espíritu Santo.» Él se dejó guiar al desierto.
Pero en esos momentos viene el maligno, ¿cómo le llama aquí? Y fue tentado por el diablo. Es decir, Jesús siendo el Hijo de Dios, estando lleno del Espíritu Santo, Él también sufrió la tentación. Primera enseñanza, si nosotros somos tentados por el mal de cualquier tipo; puede ser una tentación de egoísmo, puede ser una tentación contra el cuarto mandamiento, no querer atender a los padres, puede ser una tentación de abandonar la práctica en ir los domingos a la misa, sabiendo que debo cumplir la misa; puede ser una tentación de la carne, es decir, como se dice, es decir, de vivir una vida disoluta, puede ser una tentación de la envidia. Y en todo eso todos podemos ser tentados.
Jesús fue tentado. Esa es la primera. No nos asustemos si somos tentados. Y hay veces que el diablo tienta a aquel que quiere ser más fiel, como en este caso. ¿A quién quiso tentar? A Jesús. Bien. Esa es la primera. No se asusten, al contrario. Lo que tenemos que encontrar es la fuerza que Dios tiene. Entonces vino la primera tentación, porque fíjese bien, las tentaciones no nos vienen a la cabeza porque sean cosas repugnantes, no. Las tentaciones vienen por nuestra parte, de nuestras necesidades, de nuestros deseos, de nuestras pasiones. ¿Qué es lo que había aquí? Hambre. Cuarenta días, me parece una exageración, cuarenta días sin comer. Tenía hambre el Señor Jesús.
¿Qué mayor tentación para alguien que tenga hambre? Un plato de comida. Y entonces en esos momentos uno tiene que saber contenerse y decir que no. ¿Cuál es la respuesta del Señor Jesús? No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sabe de la boca de Dios. El cuerpo, su persona tenía hambre, necesidad, quería saciarla. Ahí viene la tentación. Mira, haz esto, haz esto otro, haz el milagro. En el caso de Él, no decían que era el Hijo de Dios, este es mi Hijo amado, haz el milagro. No. ¿Quién tú eres? No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.
Cuando nosotros seguimos la palabra que sale de la boca de Dios, vamos a vivir el mayor milagro que es nuestra vida futura en nuestra resurrección. No solo de pan vive el hombre, no me tiente con el pan. No me tiente con el pan, ni con la necesidad de materiales, ni porque me falte un techo, ni porque me falte la guagua, ni porque no sé qué, porque no sé cuánto. No me tientes. Dios está por encima de eso. Y Dios me ayuda a sortear esas dificultades, dándome fuerza para recibir resistir la tentación.
Y es la segunda tentación, fíjese bien, no es una tentación muy material, ¿eh? Hambre, pero ahora viene una tentación que va subiendo el nivel, y dice le muestra los reinos del mundo. Yo te daré el poder sobre estos países y te entregaré sus riquezas porque me han sido entregadas y las doy a quien quiero. Fíjese bien que es el poder de la soberbia, el poder de la tentación Los animales sienten hambre y por eso hacen cualquier cosa. ¿Los animales tienen soberbia? No. Los animales tienen otro tipo de cosa. No, se fajan entre ellos en el grupo, en la manada, con tal de tener, como decir así, como privilegio, por eso lo dan los instintos, pero el hombre es capaz de concebirlo, la soberbia, la envidia, el orgullo, la prepotencia, el acumular poder.
Y entonces nosotros vemos ahí también como ya no es la necesidad de la carne, de la vida material, sino es la necesidad de nuestra psicología, de nuestro espíritu que nos mueve y quiere ser el más poderoso, el que siempre tiene razón, el que la gente tiene que obedecer, es que la gente tiene que hacer lo que yo pienso y lo que yo mando. Hermano, una tentación fuertísima. Una tentación.
Esta tentación hay que vencerla. Y eso se da en todos los lugares, se da en la política, se da en la iglesia, se puede dar. Es una tentación cuando un padre de familia se convierte en alguien tirano en la casa. Es la tentación, tiene que hacerme caso. Cuando un maestro de escuela en vez de ser un maestro que eduque, es un tirano que reduce a los alumnos, esa es la tentación. ¿Cómo se vence esa tentación? Con estas palabras, adorarás al Señor tu Dios y a Él solo servirás. Tú me propones poder y yo te propongo servicio. Tú me dices, «Vas a ser el todopoderoso.» Y yo te digo, «El único poderoso es Dios y a Él tienes que servirlo.» Y si no lo sirves, vas errado en la vida. La segunda tentación.
Como les digo, fíjense bien que son tres tentaciones muy normales. Una es material, la carne y la otra es del espíritu de querer ser mejor y estar por encima de los otros. Viene la tercera, ya el demonio no sabía qué hacer, ya este hombre había dicho que al Señor tu Dios es vas a servir. Entonces viene la otra. Si tú eres el Hijo de Dios, a ver, ya que tú dices tanto, si tú eres el Hijo de Dios, tírate aquí para abajo porque dice la escritura, Dios ordenará sus ángeles que te protejan, y ellos te llevarán en sus manos y no te va a pasar nada. ¿Contra quién es esa tentación? Cuando nosotros queremos utilizar a Dios.
Si decimos que, a Dios, a Él solo hay que rendirle culto. Esta tentación que puede ser del cristiano, del católico y de cualquier creyente que crea, alguien que cree en Dios de cualquier religión, es yo quiero hacerme un Dios a mi manera. Dios se adecua a lo que yo hago. Esa tentación es tremenda porque es querer manipular a Dios. ¿Quieres manipularlo? ¿No es Dios, no es todopoderoso?, ¿cómo lo vas a manipular?
No lo logra, pero es la tentación que hace que su corazón, con su conciencia se vaya por camino que son caminos tremendos, que, en vez de llevarnos a Dios, nos llevan a apartarnos de Él, a servir al demonio. Fíjense bien que es una disyuntiva, si tú eres, una condicional, si tú eres tal cosa, no, no me digas nada. No solo de pan vive el hombre, adorarás al Señor tu Dios, no tientes al Señor tu Dios.
Entonces hermanos, muchas veces en medio de la lucha de la vida, de las circunstancias, hay veces que nosotros queremos domesticar a Dios a nuestro criterio. No, hermanos, no. Dios se manifiesta en la cruz, Dios se manifiesta en la resurrección y Dios se manifiesta en su palabra.
Y eso es lo que nosotros tenemos que vivir, como el pueblo de Israel, como Abraham que dijo, «Me mandas allá, yo voy allá.» El Señor con su palabra me da fuerza para luchar. ¿Cómo termina todo este episodio, este relato? El demonio se da cuenta de que no puede. ¿Y cómo termina? Es curioso cómo termina. Dice así, «Habiendo agotado toda la forma de tentación, el diablo se alejó de él” y aquí viene la parte interesante, “para volver en el momento oportuno”. Señores, el mal no se detiene. El mal, el maligno, el diablo no coge descanso. El diablo no se siente vencido porque esa es su naturaleza, tratar de apartar a los hombres de Dios y conducir a los hombres por el camino equivocado.
Es decir, que, si hoy tenemos una tentación y la vencemos con la gracia del Espíritu Santo, como hizo Jesús. No nos sintamos ya satisfechos, ya yo vencí, no. La tentación es hasta el final. ¿Cuándo es que el diablo volvió de nuevo para tentar a Jesús? En el huerto de los Olivos, cuando Jesús creía, sabía que las cosas habían llegado su fin. Y le entró aquello, Padre, aparta de mí este cáliz, pero enseguida vino, pero si es necesario que yo lo pase, aquí estoy. El diablo trató de meterle el agujero aquello de decir, ¿para qué? ¿Para qué? ¿Para qué? Si eso le pasó a Jesús, a cualquiera de nosotros nos pasa. A todos, no, a cualquiera, a todos nos pasa.
Entonces, nosotros lo sepamos también. Estar dispuesto a que el Señor nos dé la gracia porque nuestra fuerza no puede. Si nosotros queremos vencer al mal solo con nuestra fuerza no podemos, la Palabra de Dios, los sacramentos están ahí. Entonces ahí nosotros volvemos de nuevo y volvemos a vencer. Y esa es la seguridad. ¿Dónde está nuestra victoria? En Cristo. ¿Dónde está muerte tu victoria? No, la perdiste. La perdiste con Cristo porque ha resucitado. Y ha vencido al mal, al pecado y a la muerte. Y la victoria de Cristo es nuestra victoria.
Que el Señor nos ayude, hermanos, a tener esa confianza grande, esa fe firme, saber que nosotros podemos derrotar al mal. ¿Con la ayuda de quién? Del Espíritu Santo, que se nos brinda en la Palabra, se nos brinda en la aceptación de su presencia, se nos brinda los sacramentos, se nos brinda la comunidad, aquellas tantas personas que hacen el bien.
Que Dios nos ayude, hermanos, a vivir así para también nosotros vencer las tentaciones y para que esta lectura del evangelio que es el primero de la semana, nos guíe a través de estos cuarenta días hasta la Semana Santa por lo menos y que también permanezca durante todo el año.
Que el Señor nos ayude, hermanos. Seamos humildes, confiados y busquemos siempre mucha fe. Amén.
