Mensaje radial de Monseñor Wilfredo Pino Estévez, Arzobispo de Camagüey, el I domingo de Cuaresma, 9 de marzo de 2025

Amables oyentes: Permítanme primero aclararles, por si no lo saben, que la tentación no es pecado.

Les comparto que, cuando yo era un niño, la puerta de mi casa tenía, como casi todas, el conocido “ganchito” una especie de “adelante, pero toque”. Las puertas cubanas de entonces no tenían rejas como muchas de hoy día, más bien invitaban a entrar. Si usted era alguien de confianza, bastaba con quitar el “ganchito” y llamar. Y mi mamá, desde el fondo del patio, al reconocer la voz, autorizaba la entrada diciendo: “Pasa, que estoy lavando”. Por supuesto que un extraño no quitaba el “ganchito”. Debía tocar hasta que le abrieran.

La tentación no es otra cosa que el diablo tocando a nuestra puerta, invitándonos al pecado, tratando de “quitar el ganchito”, acomodándose a nuestro tamaño, disfrazándose de amigo, buscando nuestro “talón de Aquiles”. Si no le hemos dado confianza, tocará una y otra vez con la ilusión de que le abriremos. Nuestra libertad será, en ese momento, sometida a prueba. Si no le abrimos, habremos vencido. Si, por el contrario, le dijimos: “Adelante”, caímos en la tentación: hemos pecado.

Toda tentación, toda invitación a un pecado, puede ser superada. En el Evangelio que escuchamos, Jesucristo fue un ejemplo de cómo superar las tentaciones. Las tentaciones constituyen una realidad que nos acompañará toda la vida.  Dice la lectura escuchada que el diablo, vencido en estas tres ocasiones por Jesucristo, se retiró “hasta otra ocasión”.

Jesucristo, a pesar de ser Dios, no quiso verse libre de las tentaciones porque experimentó en su ser todas las debilidades de nuestra naturaleza humana para poder, así, redimirnos: “Se hizo semejante a nosotros en todo, excepto en el pecado”, nos dice la Carta bíblica a los Hebreos (Hb 4, 15). Además, padeciendo la tentación, quiso darnos ejemplo de cómo afrontarlas y vencerlas. Nos consiguió la gracia que necesitábamos y nos marcó las huellas que nosotros debemos seguir para derrotar al diablo, como Él, cuando se presente en nuestra vida. 

El diablo es un hábil oportunista que sabe sacar el mejor partido de las ocasiones peligrosas y de nuestras debilidades. Después de que Jesucristo había ayunado cuarenta días y cuarenta noches –en la Biblia el número cuarenta es simbólico, y quiere decir “bastante tiempo”, un tiempo de plenitud y perfección— el diablo lo tienta por el que él entiende que será el lado más débil. Será una pelea “a tres asaltos”:

1. Primer asalto: “Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan”, le dice a Jesús. El diablo siempre juega con premeditación, alevosía y ventaja. Y, además, quiere que Jesús use sus poderes divinos para satisfacer sus propias necesidades personales; o sea, quiere que cambie e invierta el plan de Dios para poner a Dios a su servicio y comodidad.  Pero nuestro Señor no se deja vencer. Él no dialoga ni un instante con el tentador ni se pone a considerar si esa propuesta es buena o interesante… No. Jesús rompe enseguida, y usa como único argumento la Palabra de Dios que dice: “Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. 

2. Segundo asalto: será provocarlo con la ambición del poder, de invitarlo a que se aleje de su Padre Dios y renuncie a la total dependencia de Dios. El diablo lo lleva ahora a una montaña altísima y le muestra todos los reinos del mundo y su esplendor, y le dice: “Todo esto te daré si te arrodillas y me adoras”. ¡Esta tentación era mucho más terrible, insolente y descarada que la anterior! Así es siempre el diablo. Primero se insinúa y provoca con una hábil y sutil estratagema; luego es un poco más atrevido; y después, cuando ve que Jesús resiste, se vuelve tremendamente avasallador y descarado. Jesús vuelve a ser tajante con el tentador y de nuevo usa como arma la Palabra de Dios: “Está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y sólo a él le darás culto”.

3. Tercer asalto: Él ahora quiere que Jesús use su poder para impresionar a toda la gente. Si se tira de la parte más alta del templo y los ángeles de Dios lo recogen en sus manos, todo el mundo sabrá que de verdad Él es el Hijo de Dios y quedará conquistado en un instante. Pero Jesús vuelve a ser tajante con el tentador y de nuevo responde con la Palabra de Dios: “También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios”. Nuestro Señor pone por tercera vez el argumento de la Palabra de Dios y no busca argumentos o fáciles razonamientos para engañar su conciencia. Dios no se equivoca. 

No desfallezcamos a la hora de la tentación. Dios confió en nosotros al permitir que seamos tentados. Y apuesta por nosotros porque espera que el diablo será vencido. Jesucristo nos enseñó a pedir cada día en el Padrenuestro “no caer en la tentación” (Mt. 6, 13). Y su clara advertencia en el Huerto de los Olivos fue: “Velen y oren para no caer en la tentación” (Mt. 26, 41). En la Primera Carta de Pedro (5, 8) se nos enseña que: “El diablo, como león rugiente ronda buscando a quién devorar. Resístanle firmes en la fe”. San Pablo, por su parte, advierte: ·El que crea estar seguro, mire no caiga” (1 Cor. 10, 12). Y a la vez nos consuela diciéndonos: “Dios no permitirá que seamos tentados por encima de nuestras propias fuerzas” (1 Cor. 10, 13)

Fijémonos en un detalle más: el demonio siempre usa la mentira y el engaño para tratar de seducirnos, y desafía nuestro orgullo y amor propio para que nos rebelemos. Comienza las tentaciones con esta provocación: “Si eres Hijo de Dios…” y promete unos reinos que no son suyos ni le pertenecen.  Ésta es siempre la táctica del diablo. Fue lo que hizo con nuestros primeros padres Adán y Eva en el paraíso: convencerlos de que podían llegar a ser iguales a Dios. Y ésta es la “psicología” de la tentación y de la caída. Aprendamos muy bien la lección y no permitamos jamás que el diablo nos aparte de Dios. Vigilemos y oremos para no caer en la tentación. No juguemos con el tentador. Seamos tajantes. Y con el arma segura de la Palabra de Dios no nos engañaremos y venceremos al enemigo.

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