Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz, Amigo y pastor de todos.
También los discípulos vivieron una Cuaresma propia. Se les pidió acompañar al Señor en su camino hacia la Pascua, atravesando el túnel oscuro de la pasión y de la muerte. Cuando, en medio de este túnel, peligraba el seguimiento, el Señor les reveló lo que ocurriría al final: se les mostró resucitado.
Tras la experiencia, el evangelista indica que los discípulos guardaron silencio. Llegará el momento en que Jesús afronte definitivamente la entrega de su vida para hacer nuevas todas las cosas con su muerte y resurrección. Será entonces cuando se comprenda lo que han vivido en la montaña santa.
Estando en la cima del monte, Dios se hace presente y todo se ilumina y todos gozan. El Espíritu les cubre como una Nube sagrada. El Padre presenta al Hijo. Y Jesús queda transfigurado en luz poderosa.
En el marco del monte iluminado y del cuerpo de Cristo resplandeciente, Dios mismo se deja sentir, se deja escuchar. Pero Dios no se manifiesta para nada, ni para dar una alegría pasajera, sino para revelar un misterio, que siempre será de amor. Su epifanía desborda la palabra y los signos, es acción plenificante de salvación.
Lo que en el Tabor se manifiesta está orientado hacia el misterio de Cristo, y muy en concreto hacia el misterio pascual: Todo el amor de Dios reverberando en Jesucristo y todo el amor de Jesucristo culminando en su entrega hasta la muerte.
Moisés y Elías, acostumbrados a extraordinarias teofanías, no se quisieron perder ésta, para conocer, dialogar y avalar a Jesús. Ellos son los dos grandes representantes del Antiguo Testamento, de la ley y los profetas, dos pilares de la espiritualidad judía. Ellos hablan con Jesús de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén. El mensaje del momento se dirige a Jesús, porque los discípulos no están preparados. Confirman e iluminan el hecho de la muerte. El Mesías tenía que padecer. Es la lección más difícil de entender.
Enseguida el Espíritu Santo se hace presente, pero de manera humilde, casi imperceptible a los ojos, como realidad envolvente, como Nube gozosa y protectora. El Espíritu ilumina el misterio pascual desde dentro, a la vez que consuela y conforta. La luz y el gozo son signos de su presencia, pero Él no habla.
Y al fin el Padre, que habla desde la Nube: Este es mi hijo. Se dirige a Jesús, pero también a los apóstoles. Es mi Hijo, aunque lo vean como un hombre cualquiera. Es mi Hijo, aunque lo vean sufrir. Es mi Hijo, aunque lo vean derrotado y muerto. Pero no morirá, porque es mi Hijo.
Señor Jesús, ayúdanos a tener siempre los oídos limpios y abiertos para escuchar tu voz y salir al encuentro y servicio de todos, compartiendo todo lo que somos y tenemos, como tus discípulos. Danos tu Espíritu, tu gracia, para que podamos escucharte y amarte en los necesitados y enfermos, en los que buscan y necesitan una mano amiga para levantarse y seguir caminando, en “los buscadores de Dios”.
Que María de la Caridad ponga a Jesús en nuestro corazón.
