Queridos todos: No sólo Jesús fue transfigurado. También los discípulos. La reacción de Pedro queriendo hacer “tres casas” para quedarse allí, indica que ellos ya tenían una luz “por dentro”. Y eso era importante, porque esa luz les haría falta cuando llegara la noche oscura y cuando el silencio de Dios pesara como un piano sobre sus cabezas. Los discípulos no dejaron de recordar este momento de la transfiguración cuando llegaron los tiempos de crisis para la fe y la esperanza.
Para nosotros, el transfigurarse es pasar de la noche del pecado a la luz de la gracia. Y eso, ciertamente, es un regalo de Dios. Pero no hay que olvidar que a Dios solo lo encuentra el que lo busca. Pedro, Santiago y Juan subieron la montaña. Y eso es a lo que estamos invitados en esta Cuaresma: a subir la montaña, algo que realmente necesitamos.
Estamos tan atrapados por nuestras preocupaciones, que no sabemos si somos capaces de salir de ellas…Estamos tan preocupados por nuestros problemas, que los agrandamos enormemente perdiendo la visión de conjunto…Estamos escuchando tantas palabras vacías, tanto ruido, tantas canciones sin sentido, tantos malos consejos, tanta palabrería… que necesitamos con urgencia un poco de silencio. Estamos tan metidos en las cosas de este mundo, que necesitamos un poco de aire fresco…que necesitamos, como Pedro, Santiago y Juan, despegarnos un poco de este suelo que pisamos… y subir la montaña. Subir una montaña significa esfuerzo, silencio, cansancio, vencer el deseo de no seguir, combatir el desaliento… Subir una montaña significa saber tomar distancia de las personas, de las cosas, de los problemas… Subir una montaña supone tener bien claro el objetivo: la cima, y no contentarse con menos…
La Cuaresma nos invita al esfuerzo de subir la montaña. ¿Por qué no lo hacemos? Porque ¡estamos tan amarrados al placer, a la moral del gusto, al no esfuerzo, que no queremos salir de nuestros caminos conocidos! ¿Por qué subir a la montaña, pensamos, si se está bien en el valle? ¿Para qué ir a buscar la manifestación de Dios en la montaña si me va bien con los pequeños dioses a los que me he acostumbrado y que tienen paralizado mi progreso espiritual?
Interrumpo para hacerles un cuento. Un campesino llevaba muchos años viviendo en el campo. Se iluminaba cada noche con un quinqué que cuidaba con esmero. Un día sintió el ruido de camiones que llegaban por el camino. Era la Empresa Eléctrica que venía a instalar la electricidad a las casas del vecindario, entre ellas a la de él. Cuando los de la Empresa Eléctrica llegaron a su casa, él les agradeció el gesto, pero entendió que no le hacía falta la electricidad porque ya él tenía su quinqué. Sin embargo, ante la insistencia que le hicieron hablándole de las posibilidades que tendría conectado a la electricidad, aceptó a regañadientes y, además, le pusieron un bombillo en la sala. Cuando, después del primer mes, llegó el cobrador de la luz y miró el reloj-contador, sólo había gastado dos pesos de corriente. Un pequeñísimo gasto que él justificó diciendo que cada noche lo que él hacía era encender un momento el bombillo para buscar los fósforos y encender su quinque.
Hasta aquí el cuento. Aprendamos de él a descubrir cuál es nuestro “quinqué”, esa persona o esa cosa material o ese criterio o ese pecado que se repite y que está impidiendo nuestro crecimiento espiritual. Como aquella mujer samaritana dejemos a un lado nuestro pozo, nuestro “quinqué”, y tomemos el agua viva que nos brinda Jesús. Sólo así seremos transfigurados con él.
San Agustín escribió que “encontrar consiste en buscar”. Por lo tanto, si queremos encontrar a Dios, tenemos no sólo que desearlo, sino buscarlo. Ponerse en camino como los Magos, que vieron la estrella después de haberse puesto en camino.
