Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz, Obispo de esta amada región.
Estamos recorriendo un itinerario cuaresmal hacia la Pascua. El domingo pasado el evangelio nos avisaba de la necesidad de la conversión y este domingo nos presenta dos casos concretos: el del hijo menor, que decide alejarse del padre para darse al libertinaje, y el del hijo mayor, duro de corazón y exigente con sus “derechos”. Presente a lo largo de toda la parábola está el padre, perdonando a ambos hijos y acogiéndolos con amor. Es el abrazo de Dios que precede, acompaña y está en la meta de toda conversión.
Esta narración es una de las páginas más bellas y consoladoras de toda la historia religiosa. Por muchas veces que la leamos, siempre nos sorprende y nos hace llorar.
El hijo menor es el paradigma de todos aquellos que quieren independizarse y se alejan de la casa del Padre. Este muchacho ha pedido la herencia que se recibe cuando muere el padre. Es el joven que quiere vivir su vida, que busca paraísos perdidos, que hambrea toda clase de experiencias placenteras. Huye del padre, que le condiciona, pero no sabe que está huyendo de sí mismo. Como busca cosas en vez de personas, sufre la insatisfacción, hasta quedar degradado y esclavizado.
Esta estampa la tenemos hoy muy presente. Jóvenes y mayores extrovertidos y consumistas hasta el embotamiento y la degradación, hasta el vacío y la drogadicción.
La conversión fue como un milagro: estaba muerto y ha revivido. Se dio cuenta de que buscaba lejos lo que tenía cerca, buscaba fuera lo que llevaba dentro.
Empezó a añorar la casa paterna. Le aguijoneaba el hambre, pero no solo de pan, sino también de cobijo, de amistad, de ternura. Estaba tan solo. Añoraba sobre todo al Padre, y atraído por el imán paterno se puso a desandar el camino. Es el milagro del amor.
Hoy no son tantos los que vuelven aunque se hayan ido. No resulta fácil reconocer la situación de vacío y dependencia, pero lo peor es que les falta la experiencia de Dios. No conocen la belleza del Padre.
Por otra parte está la figura del hijo mayor. Es el hijo que se queda, que cumple, que se cree bueno, pero que no tiene corazón. Es puritano, pero orgulloso. Reza, pero no es misericordioso. Por mucho que vaya al templo no está cerca de Dios. Se queda en la letra, le falta el espíritu. Donde más se manifiesta su miseria, sobre todo si lo miramos en el espejo del Padre, es que no se alegra para nada de la vuelta del hermano. Pone la Ley por encima del amor. Se indignó, echó bronca al Padre. Él desde luego, hubiera escogido un buen castigo, lo hubiera desheredado definitivamente.
Esta es una actitud muy frecuente y peligrosa. Nos creemos mejores que los demás, tendemos a juzgarlos y exigimos castigos. También hacemos cosas buenas pensando en la recompensa. Contabilizamos los méritos y las indulgencias. ¡Qué difícil la conversión del que se cree perfecto!
Entonces aparece la figura del padre. Es el espléndido mensaje de la parábola. En contraste con el hijo mayor, se estremece, se conmueve ante la vuelta del hijo que casi ya daba por perdido. Esa emoción- conmoción es el núcleo de la enseñanza, es el origen de todo su comportamiento.
Y la buena noticia es que Dios es así, como el Padre. ¡La existencia toda, la historia salvífica del hombre no es tanto fruto de un pensamiento, sino de una conmoción, de una pasión de amor.
Cada palabra o silencio, cada signo y cada gesto del padre son manifestaciones de su corazón apasionado.
Señor, que te conozcamos. Que llevemos en nuestro corazón un pedazo de tu misericordia, que nos alcance tu amor gratuito hacia todas tus criaturas. Que abandonemos la actitud enjuiciadora, la lógica del cumplimiento, del mérito y del propio beneficio. Solo así descubriremos tu rostro de Padre y podremos comprometernos en acciones concretas a favor de los hermanos.
Que María de la Caridad ponga a Jesús en nuestro corazón.
