Queridos todos: Lo que nos cuenta el Evangelio de hoy sucedió hace más de 2,000 años. Pero no hace mucho los periódicos hablaban de dos muchachas africanas, concretamente de Nigeria, a quienes el Tribunal Supremo de su país condenó a morir apedreadas por un pecado de adulterio. Gracias a una amplia campaña internacional se lograron recoger miles de firmas y se salvó la vida de una de ellas. En cambio, para la otra sólo se consiguió que se retrasase su ejecución para que la joven madre pudiera atender a su bebé. Transcurrido este plazo, será enterrada hasta el cuello y apedreada.
Desafortunadamente, ya tenemos antecedentes de estos hechos en la Biblia. Y el Evangelio de hoy es una muestra. Un grupo de judíos, capitaneados por algunos letrados y fariseos, presentan a Jesús a una mujer sorprendida en adulterio, con la intención de apedrearla.
Estos hombres que se creen inmaculados acusan a una mujer y se amparan en la Ley de Moisés para poder condenarla a muerte y saciar en ella su sed de odio y de sangre, bajo la apariencia de “justicia ante la ley”. Usan el nombre de Dios y de su santa Ley para matar, asesinar y quebrantar el mandamiento más importante, que es el de la caridad. Esto se llama fariseísmo y fanatismo. ¡Matar en nombre de Dios! Eso es una contradicción. Pero lo más lamentable y penoso de estos fariseos es que, además de acusar a esta pobre mujer, querían aprovechar esta ocasión para poder culpar y condenar a muerte al mismo Jesús. ¡Dos objetivos igualmente malvados y asesinos!
Sin embargo, el comportamiento de nuestro Señor es totalmente diferente: abre su corazón misericordioso para perdonar todas las heridas morales de esta mujer. La misericordia y la miseria se han encontrado. Jesús misericordioso va a perdonar a una mujer llena de miserias. Pero no sólo la perdona, sino que la comprende y la acoge. Yo creo que, más que el mismo perdón –que ya es un gesto inmenso— lo maravilloso de todo es la manera como lo ofrece: con un respeto infinito, una dulzura increíble, una comprensión inimaginable. Jesús no se escandaliza ni pone el grito en el cielo porque “esta mujer ha sido sorprendida en flagrante delito de adulterio”. Palabras textuales de los fariseos. ¡Hipócritas fanáticos y asesinos! Jesús no. Él calla. Se mantiene sereno. Finge no oír las acusaciones. Se inclina y escribe en la tierra como para hacerse el desentendido. Se hace de la vista gorda y parece no ver ningún mal.
Pero como los fariseos insistían en sus acusaciones, nuestro Señor se incorpora y responde con un golpe magistral, como Él sabe hacerlo: “El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra”. Y después de estas palabras, otra vez se inclina y continúa escribiendo en la tierra. Permanece en su postura humilde, discreta, como para no humillar ni poner a nadie en evidencia, a pesar de que los acusadores sí que lo hacen. Jesús deja que sean ellos mismos quienes se desenmascaren delante de Dios y de su propia conciencia.
Entonces –nos dice el Evangelio— “al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno”. Juan añade, con un cierto tono de ironía: “empezando por los más viejos”. Todos hemos pecado. Y si todos somos pecadores, ¿por qué nos empeñamos en ser tan crueles y duros con los que caen? Ya nuestro Señor nos lo había dicho en el Sermón de la Montaña: “¿Cómo puedes ver la paja del ojo de tu hermano, y no ves la viga que hay en el tuyo? ¡hipócrita! primero saca la viga del tuyo y luego podrás sacar la paja del ojo de tu hermano” (Mt 7, 3-5). Y, hablándonos del perdón, nos enseñó a perdonar sin condiciones a nuestro prójimo, “Porque, si no perdonan a quien los ofende, tampoco su padre celestial les perdonará a ustedes sus pecados” (Mt 5, 14-15; 18,35).
Ya cuando se han marchado todos los acusadores, entonces Jesús se incorpora y espera a que la mujer, toda temblorosa, se acerque hasta Él: Y Jesús le pregunta: “mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Ninguno te ha condenado?”. “Ninguno, Señor” –respondió ella con grandísimo respeto, humildad y confusión. “Pues tampoco yo te condeno. Vete y en adelante no peques más”. ¡Qué maravillosas palabras, brotadas directamente del corazón de Dios! Jesús era el único que, en justicia, hubiese podido apedrearla, porque Él no tenía pecado. Y, sin embargo, su actitud es de inmensa piedad y compasión, de ternura y misericordia hacia esa pobre mujer: “Vete y no peques más”. ¿Cuánto agradecimiento y amor habrá nacido en el corazón de esa mujer? ¡Se sintió respetada, aceptada como ella era, también con sus miserias y pecados! Pero, sobre todo, se supo comprendida, perdonada, acogida y elevada a una dignidad mayor.
¡Éste es el poder y el secreto de la misericordia de nuestro Señor! Al igual que al hijo pródigo, la ternura del corazón de Dios destruye lo pasado, regenera, da nueva vida. Es lo que hace Jesús al perdonar a la mujer y al perdonarnos a cada uno de nosotros. Nunca nos humilla. Nos respeta, nos eleva, nos dignifica. Y, sobre todo, nos lleva al Corazón del Padre, a la experiencia del amor infinito de Dios. Si así es la misericordia del Padre, ¿cómo no acercarnos a pedirle perdón y a reconciliarnos con Él? ¿Qué estamos esperando para convertirnos en esta Cuaresma? ¿Por qué no volver a Dios con todo el corazón y con toda el alma, a través de la confesión y de los sacramentos? ¡No lo dejes para mañana! Hoy es el día de la salvación.
