Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz, y como siempre es un placer volver a encontrarnos.
Hoy es un día especial para todos los cristianos. Nos encontramos a las puertas de la Semana Santa y lo hacemos precisamente recordando la entrada de Cristo en Jerusalén.
Jesús había hablado a sus discípulos del reino de Dios, del amor entregado de Dios Padre a los sencillos y marginados, del banquete que nos espera… Ahora llega a Jerusalén y mucha gente lo aclama como Mesías, pero rápidamente lo dejan solo en la cruz.
El pueblo aclamaba a Cristo reconociéndolo descendiente de la Casa de David. La palabra Hosanna, proveniente del hebreo, era también empleada en el idioma arameo, la lengua popular hablada en tiempos de Jesús, y significa originariamente Sálvanos ahora. Unida a la frase Bendito el que viene en nombre del Señor, está tomada del Salmo 118 (117), un himno de acción de gracias a Dios que se cantaba junto al Templo de Jerusalén en la llamada “Fiesta de las Tiendas”, y que en sus versículos 25 al 27 expresa así el reconocimiento a la acción salvadora de Dios.
Al llegar a Jerusalén, Jesús, a quien la gente aclama como el Mesías esperado, descendiente del rey David, no entra arrogante en un carro de guerra tirado por caballos, sino manso y humilde, cabalgando sobre un asno. El Reino que ha anunciado desde el inicio de su predicación es distinto de los de este mundo, y eso es precisamente lo que va a manifestarse en el proceso de su pasión y muerte, que culminará con el acontecimiento pascual de la resurrección, no como un hecho espectacular sino como una experiencia espiritual que sólo viven quienes se abren con fe a la revelación del amor de Dios.
El relato de la pasión según san Mateo, en la cena pascual que Jesús celebra con sus discípulos y que se conmemora solemnemente en la Misa vespertina del Jueves Santo, comienza con la institución de la sagrada Eucaristía, memorial del sacrificio redentor de Cristo que nos entrega su cuerpo y su sangre para darnos vida eterna. No es un simple recuerdo, sino la actualización de su misterio pascual -pasión, muerte y resurrección-, salvadora para nosotros cada vez que participamos debidamente en la Eucaristía, alimentándonos con su propia vida.
En este sentido, la Eucaristía es el sacramento de nuestra fe, en el que anunciamos su muerte, proclamamos su resurrección y expresamos nuestra esperanza en su venida gloriosa, y en el que a su vez se renueva su mandamiento nuevo del amor: a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo no sólo como a nosotros mismos, sino como Dios nos ha mostrado en Jesús que nos ama: hasta la entrega de la propia vida “para el perdón de los pecados”, es decir, un amor misericordioso sin reservas.
“Verdaderamente, éste era Hijo de Dios” (Mt 27, 54) Esta frase del centurión romano al pie de la cruz ante la muerte de Jesús, que conmemoraremos de manera especial en la tarde del próximo Viernes Santo, contrasta con la invocación del Salmo 22, que Jesús acababa de hacer suya antes de morir, manifestando su anonadamiento total: “¡Dios mío! ¿por qué me has abandonado?” También nosotros proclamamos nuestro reconocimiento de Jesús como el Hijo de Dios cuando nos santiguamos con el signo de la cruz que nos identifica como seguidores de Cristo y nos compromete para la realización de lo que este seguimiento significa.
Quienes creemos en Jesucristo como Hijo de Dios y Señor del universo, reconocemos que en Él se cumplen las profecías de los cuatro cantos o poemas del Siervo de Yahvé escritos unos cinco siglos antes de Cristo y que encontramos en el libro de Isaías. En el segundo, al que corresponde la primera lectura, el Servidor de Yahvé dice: “El Señor me ha instruido para que yo consuele a los cansados con palabras de aliento” (Isaías 50, 4).
Celebremos la Semana Santa con una fe que nos impulse a identificarnos con Jesús, solidario con todos los que están cansados de sufrir la injusticia y la violencia. Aclamémoslo no sólo como “el que viene en el nombre del Señor”, sino también como el que tiene este mismo título -el de Señor– por haber entregado su vida para salvarnos a todos y hacer de nosotros hijos e hijas de Dios. Y, en consecuencia, renovemos nuestro compromiso de vivir de acuerdo con su mandamiento del amor, significado en la santa cruz, cuyo cumplimiento es el único camino para lograr la reconciliación y la paz en esta vida, y la felicidad eterna en la venidera.
Que María de la Caridad ponga a Jesús en nuestro corazón.
