“Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto” Juan 20, 2
Hermanos,
Este es el día de Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo. Sí. Todos los días son días del Señor. Todos los domingos están dedicados de manera especial al Señor, por los fieles cristianos, por la comunidad cristiana. Pero este día de Pascua es el día del Señor por excelencia, porque nosotros estamos recordando su victoria. Es su victoria, pero en definitiva es nuestra victoria. Nuestra victoria porque Él nos ha alcanzado precisamente el vencer al mal, al pecado y a la muerte. ¿Qué más que eso?
Todas las otras cosas que nosotros queremos alcanzar en la vida o que necesitamos, como tantas cosas que necesitamos hoy en día son pasajeras. Las podemos alcanzar hoy, y las podemos perder mañana. Este mundo revuelto es así, porque definitiva la vida es así. Es de evolución, de cambio, nos hace ver siempre esta realidad, las inseguridades, las confusiones, eh los desalientos, los aciertos. Así es la vida.
Pero el Señor nos ha alcanzado la Victoria. Que es la Victoria con mayúscula, como muchas veces se dice y se pone, es decir, por excelencia, sobre el pecado que es el mal, sobre el sufrimiento, el dolor y sobre la muerte; que es para el que no tiene fe en Jesús, en Cristo, la muerte es el mal total, definitivo, desaparecemos, ya no hay más.
Nosotros los cristianos sabemos que la vida, esta vida hermosa, estas montañas que rodean este Santuario, esta belleza, no es así algo pasajero, ha sido creada por Dios para que tengan vida. Y esa vida nos ha sido dada nosotros para que la trabajemos y lo hagamos un lugar agradable para todos los hombres aquí en la tierra, hasta alcanzar la salvación. Para eso, para que sea agradable, para que haya felicidad, hay que vencer al pecado, hay que vencer al mal. Hermanos, y eso lo logramos en Cristo Jesús.
Y precisamente estamos hoy celebrando esta alegría. Cristo ha Resucitado, aleluya, aleluya. En la fiesta de anoche nosotros encendimos, prendimos el Cirio Pascual en medio de la oscuridad, lo cual significa que Él es la luz del mundo, que este mundo está desorientado, y muchas personas viven en la oscuridad interior, pero exterior también. No la falta de corriente que es habitual aquí entre nosotros. Eso no. Se puede seguir viviendo así. Eso es necesario, hay que procurarla. Pero no, lo que hace falta es la luz interior, que cada uno de nosotros pueda saber guiarse en la vida hacia un fin con una nación específica. No ese fin, como le dije al principio, que acaba con la muerte, no, ese fin que al contrario va ascendiendo hasta encontrarnos con Dios.
Después también nosotros la vigilia de la noche recibimos el agua, que es signo de purificación, signo de vida. ¿Por qué? Porque hemos recibido la vida en Cristo. La hemos recibido, y nosotros ayer también renovamos nuestras promesas bautismales. En las lecturas de anoche, nosotros fuimos recorriendo la historia de la Salvación desde la creación del mundo hasta el final, hasta el encuentro con Dios, hasta la promesa de Jesucristo cumplidas en su persona. Hoy es ese primer día.
Y las lecturas de hoy nos narran, vamos al Evangelio, nos narran de una manera que yo podría decir así, ingenua, pero no ingenua porque es pueril, cosa de niños así. No. Ingenua en la manera de decirlo. No se omite nada, se narran los hechos insignificantes, aparentemente insignificantes, para describir el momento en que los discípulos descubren, por la fe que Cristo ha resucitado. Hermanos, aquí no hay elucubración. Aquí no hay un tratado de filosofía, ni de teología, no, no, no. Aquí son los hechos.
Y los discípulos, el autor sagrado, los describe de manera así sencilla. Cuando mucha gente, turistas, vienen por el Caribe les gusta comprar los cuadros que se llaman primitivistas o naif. ¿Qué significa eso? Son cuadros que describen la realidad, no con la pericia de un pintor clásico, de una escuela, es decir, lo pinta ingenuamente. ¿Por qué? Porque pinta la realidad como él la ve y con las posibilidades que tiene para describirla. Y muchos turistas compran. Eso pasa con este Evangelio. Este Evangelio es sencillísimo.
Esta mujer, María Magdalena, cercana a Jesús, el Señor le había hecho el milagro de que ella se convirtiera, cambiara de vida, le siguiera y esa mujer llena de amor va al sepulcro. Va al sepulcro. ¿Qué descubre? Que Jesús, no está. Lo dice así, de una manera sencilla, no está. ¿Quiere dar explicaciones físicas, científicas? No. No está. Tenía que estar y no está. Y ve los lienzos, se queda perpleja. No sabe qué hacer. ¿A quién va? A Pedro y a Juan. Y les dice, ellos también perplejos “¿cómo que no está? Se lo han robado. Vamos allá.»
Y ahí sucede entonces, Dios que se manifiesta. Entran, entra Juan, el mismo Juan describe que entró, vio y salió. Él mismo se describe como que está así en la duda, y hasta con miedo ante un sepulcro vacío. Entra Pedro, conocemos el carácter de Pedro, decidido. Y Pedro vio y creyó. Y el discípulo vio y creyó. Y ellos creyeron, porque le hicieron caso a Magdalena. Los otros relatos de la presencia, de la manifestación de Jesús, de las apariciones de Jesús, como le decimos resucitado, van en esta misma línea. Uno con menos personas, otro con más personas, otros dicen que varias mujeres fueron después, otros dicen de que dos personas se le acercaron y le dijeron, «No busquen al que está vivo.» Esas son las experiencias particulares de cada uno de ellos, pero en esta es la experiencia de la Magdalena, de Pedro y de Juan, la primera.
Hermanos, ellos son testigos. Ellos son aquellos que en la fe creyeron, y en la fe de ellos, ahí se basa nuestra fe. Nosotros creemos, ustedes y yo, donde quiera que estemos a través del tiempo, de los casi dos mil años, nosotros creemos que Cristo ha resucitado. ¿Por qué? Porque esos testigos, fueron la levadura que predicaron en el mundo entero que Cristo había resucitado.
Hermanos, cada vez que rezamos el Credo y decimos, «Creo en Dios Padre… que resucitó entre los muertos», por eso al Credo le llamamos la fe de los Apóstoles y en esa fe es que nosotros creemos. Cada vez que decimos, «Yo creo, creo» y rezo el credo, estoy rezando el Credo de los apóstoles dos mil años. Dos mil años que precisamente en esa fe que les llenó de confianza, ha hecho posible que estemos nosotros aquí en este Santuario del Cobre. Ha hecho posible que ustedes, donde quiera que estén, con todas las técnicas modernas que tenemos que tanto bien hacen si se utilizan para el bien, y hay que utilizarlas para el bien, tantas personas crean en el mundo entero.
Eso ha hecho posible que lugares, donde el cristianismo llegó ya más tardíamente, en estos momentos sean los pilares de la fe cristiana, que siguen repitiendo y siguen alabando a Dios y reafirmando, «Creo en Dios Padre Todopoderoso, en su Hijo Jesucristo y en el Espíritu Santo.» Hermanos, en esa fe de estos hombres y mujeres, hoy descansa nuestra fe, nuestra esperanza.
En la segunda lectura nos dice que tenemos que ser levadura. ¿Qué significa la levadura? La levadura es la que hace crecer el pan. La levadura es la que fermenta la masa. La levadura que le da sabor y sentido a las cosas, al alimento fermentado. Eso es lo que el Señor quiere de nosotros. Nosotros estamos para fermentar la masa.
¿Qué masa? ¿La masa inerte de hombres y mujeres que así despectivamente se llama la masa o la muchedumbre, o lo que sea? No, el Señor quiere que cada uno de nosotros seamos testigos, levadura, donde quiera que estemos, en nuestra casa, en nuestra familia, con nuestros amigos, nuestro trabajo, nuestro estudio, que nosotros seamos levadura de decirle a la gente: «Oye, la vida no es solamente los pocos, los muchos años que vivimos, no, la vida tiene sentido porque es un regalo de Dios, y porque el Señor nos la ha dado para tener vida eterna junto a Él.
Eso es lo que nos dice la segunda lectura. Tenemos que ser levadura. Y la pregunta que yo que yo me hago, yo personalmente Dionisio, arzobispo de Santiago de Cuba, ¿yo soy levadura en este aquí en esta Arquidiócesis, en este pueblo, en esta provincia? ¿Cada uno de nosotros es levadura de Cristo en donde está, somos testigos de Él, reafirmamos que el Señor Jesús ha resucitado, que por lo tanto la vida plena solamente está en Él y que perdura para siempre?
El Señor nos dice hoy, «Tengamos la misma fe que tuvieron María Magdalena y las otras mujeres, y Pedro, y Juan y los discípulos; y Tomás que dijo, «No creo lo que me lo que me están diciendo, tengo que verlo y tocarlo.» Hermanos, esa es la fe y esa es nuestra fe. En la medida en que nosotros vivamos esta fe con determinación, con esperanza, con alegría de saber que Cristo es victorioso; en esa misma medida seremos levadura y Cristo se hará presente en el mundo.
Precisamente por la paciencia de muchos cristianos en el tiempo, y en muchos lugares, y aquí en Cuba, con la paciencia de muchos cristianos, que en las horas difíciles quisieron humildemente mantenerse fieles al Señor, por eso es que nosotros estamos también aquí, porque hemos tratado de ser testigos, levadura, y eso es lo que debemos de hacer.
El ejemplo del día, ¿cuál es? Pedro. Aquel Pedro que negó a Jesús. Aquel Pedro fuerte, duro, seguro de sí mismo, arrogante, pero que se dio cuenta de que él fallaba y negó a Jesús, habiéndoselo advertido. Pero ese Pedro supo levantarse. Nosotros también tenemos que sabernos levantar cuando algún día nos caigamos, y seguro que vamos a caer, porque somos hombres y mujeres. Por eso no debemos deprimirnos, al contrario, si algún día caemos, que ojalá que no lo hagamos o que tratemos de no hacerlo, sepamos que siempre podemos levantarnos.
¿Quién es Pedro? Pedro es aquel hombre pescador. Que era eso lo que era, un pescador, pero es capaz entonces de pararse, y ante una gran muchedumbre de gente, es capaz de proclamar que Ése que fue muerto, Ése ha resucitado. Que pasó haciendo el bien. En este momento siempre me gusta decir que ojalá que el día de nuestra muerte, ante nuestra sepultura, si alguien va a decir unas palabras, bendito sea Dios de quien se diga, «Pasó por el mundo haciendo el bien.»
Fíjense que no dijo, «pasó por el mundo haciendo milagros”. No. Pasó haciendo el bien. El milagro es un bien porque siempre es a favor de la persona. Hermanos, nosotros tenemos que ser testigos como Pedro. ¿Para qué? Para que las futuras generaciones también sigan proclamando y dando la esperanza a este mundo desorientado. Sigan diciéndole, Jesucristo es el Señor, la vida tiene sentido y el sentido de la vida termina junto a Dios. Y lo demás son explicaciones falaces o explicaciones oportunistas para explicar un poco ese misterio que es el de la vida, ¿por qué hemos venido al mundo? Que dé muchas respuestas el que quiera. La respuesta nuestra es que Cristo ha resucitado, que la vida tiene sentido y que nuestra vida culmina junto a Él.
Animémonos, hermanos, con alegría, como estos Apóstoles, como estas mujeres, como estos discípulos, como este pueblo, que se lanzó a ser testigo de Cristo en el mundo y esto dando esperanza, que es lo que esta tierra necesita, esperanza.
Que Dios nos ayude, hermanos, a vivir así. Amén.
