Mensaje radial de Monseñor Juan de Dios Hernández Ruiz, SJ, Obispo de Pinar del Rio, el Domingo de Pascua de Resurrección, 20 de abril de 2025

Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz, ¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!

La mañana de Pascua, advertidos por las mujeres, Pedro y Juan corrieron al sepulcro y lo encontraron abierto y vacío. Entonces, se acercaron y se “inclinaron” para entrar en la tumba. Para entrar en el misterio hay que “inclinarse”, abajarse. Solo quien se abaja comprende la glorificación de Jesús y puede seguirlo en su camino.

Tanto María Magdalena como los dos discípulos se encaminan al sepulcro y ven algo. Poco a poco la mirada va penetrando más, alcanzando precisión y profundidad; desde la reacción a distancia de María Magdalena pensando en un robo, pasando por la contemplación del sudario como expresión de la muerte, hasta la fe plena del discípulo amado. La distancia, la puerta, el interior y, finalmente la fe: “Vio y creyó”.

¿Qué fue lo que vieron esa mañana? Seguramente la sábana santa en perfectas condiciones, no rota ni rasgada por ninguna parte. Intacta, como la habían dejado en el momento de la sepultura. Sólo que ahora está vacía, como desinflada; como si el cuerpo de Jesús se hubiera desaparecido sin dejar ni rastro. Entendieron entonces lo sucedido: ¡había resucitado! Pero Juan vio sólo unos indicios, y con su fe llegó mucho más allá de lo que veían sus sentidos. Con los ojos del cuerpo vio unas vendas, pero con los ojos del alma descubrió al Resucitado; con los ojos corporales vio una materia corruptible, pero con los ojos del espíritu vio al Dios vencedor de la muerte.

Lo que nos enseñan todas las narraciones evangélicas de la Pascua es que, para descubrir y reconocer a Cristo resucitado, ya no basta mirarlo con los mismos ojos de antes. Es preciso entrar en una óptica distinta, en una dimensión nueva: la de la fe. Todos los días que van desde la resurrección hasta la ascensión del Señor al cielo será otro período importantísimo para la vida de los apóstoles. Jesús los enseñará ahora a saber reconocerlo por medio de los signos, por los indicios. Ya no será la evidencia natural, como antes, sino su presencia espiritual la que los guiará. Y así será a partir de ahora su acción en la vida de la Iglesia.

Eso les pasó a los discípulos. Y eso nos ocurre también a nosotros. Al igual que a ellos, Cristo se nos «aparece» constantemente en nuestra vida de todos los días, pero muy difícilmente lo reconocemos. Porque nos falta la visión de la fe. Y hemos de aprender a descubrirlo y a experimentarlo en el fondo de nuestra alma por la fe y el amor.

Y esta experiencia en la fe ha de llevarnos paulatinamente a una transformación interior de nuestro ser a la luz de Cristo resucitado. «El mensaje redentor de Pascua -como nos dice un autor espiritual contemporáneo- no es otra cosa que la purificación total del hombre, la liberación de sus egoísmos, de su sensualidad, de sus complejos; purificación que, aunque implica una fase de limpieza y saneamiento interior -por medio de los sacramentos- sin embargo, se realiza de manera positiva, con dones de plenitud, como es la iluminación del Espíritu, la vitalización del ser por una vida nueva, que desborda gozo y paz, suma de todos los bienes mesiánicos; en una palabra, la presencia del Señor resucitado».

En efecto, san Pablo lo expresó con incontenible emoción en este texto, que recoge la segunda lectura de este domingo de Pascua: «Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de allá arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con Él, en gloria» (Col 3, 1-4).

El progresivo descubrimiento al que nos acerca el relato del evangelio se convierte en una provocación para cada uno de nosotros. Una llamada a situarnos ante el sepulcro y abrir el corazón a la fe para acoger la verdad desafiante que allí se esconde: Cristo vive, Cristo ha Resucitado. Dejemos, pues, que este relato nos interpele en lo más profundo de nuestra fe poniéndonos cara a cara ante el hecho de la muerte y la resurrección.

Señor Jesús Resucitado, en este domingo de Pascua te queremos agradecer por todas las persona que nos han transmitido la fe de generación en generación. Todas ellas han sido las Magdalenas de hoy día. Ayúdanos ahora para seguir divulgando esta buena noticia en el mundo que nos toca vivir. Que tu mensaje llegue a todos y nos llene a todos.

Que María de la Caridad ponga a Jesús en nuestro corazón.

Deja un comentario