Queridos todos: Meditemos ahora con la historia, que es maestra de la vida. Desde hace muchos siglos (pero también hoy… a cada rato…) los hombres hemos pretendido llegar a la felicidad del cielo por un camino distinto al enseñado por Dios. Y la historia bíblica nos habla de hombres construyendo escaleras o torres hechas del mismo barro que ellos (Gén 11, 1-9) con la ilusión de bajar a Dios de “su cielo” y ocupar ellos el lugar de Dios. Lo cierto es que, cuando pensaban que ya estaban muy alto, venía el derrumbe. Y, una vez más, los hombres volvían al comienzo, al polvo del que fueron creados. Y el pecado empezó a dividirlos.
Dios había creado la tierra entera para todos (Gén 1, 29), pero los hombres empezaron a dividir la tierra en países, en norte y sur, en desarrollados y subdesarrollados, e inventaron las fronteras, las aduanas, los pasaportes, las visas, los muros, las rejas y los alambres de púas…
Debemos reconocer que, a lo largo de su historia, ha habido hombres desorientados como Pilatos, que se preguntan a cada rato dónde está la verdad (Jn. 18, 38). También ha habido mujeres como la Samaritana (Jn. 4, 1-42) que tomaban agua de un pozo que saciaba momentáneamente pero luego se volvía a tener sed. También ha habido otros, como la mujer de Lot (Gén 19, 26), que le han tenido miedo al futuro y, como nos cuenta la Biblia, se han convertido en estatuas de sal por estar mirando únicamente al pasado… Y otros, menos egoístas, han sacrificado el presente en aras de un prometedor futuro que nunca acaba de llegar… Y los campeones del egoísmo han tenido como guía este refrán: “comamos y bebamos que mañana moriremos” (1 Cor. 15, 32).
Ciertamente, los hombres y mujeres de todos los tiempos han caído en la tentación de adorar falsos dioses. Y se han hecho ídolos que los han entusiasmado un tiempo, pero no más. Y el resultado ha sido fatal. Porque cuando los hombres no reconocemos a Dios como el Padre común, entonces nos resulta muy difícil ver en los demás hombres a nuestros hermanos. Y por eso, como cuenta la Biblia, Caín, por envidia, mató a su hermano Abel (Gén 4, 1-16). Y los hombres y mujeres de hoy siguen matando a sus hermanos. ¡Y algunos llegan a justificar el crimen usando el nombre de Dios! Lo cierto es que, de momento, la bella creación de Dios quedaba afeada, como en tinieblas. El pesimismo hacía pensar que no había remedio. Que el pecado podía más que la gracia. Y las familias, si es que se les podían llamar así, empezaron a vivir una noche prolongada.
Incluso las letras de sus canciones se volvieron negativas. Aumentaron los adulterios y divorcios. El número de abortos y asesinatos fue en aumento. Muchos se refugiaron en el alcohol y las drogas. Ya las familias no podían dejar abiertas las puertas de sus casas ni los balances en los portales. Comenzaron a añadirles rejas a las puertas de sus casas e inventaron sistemas de alarmas. Los más jóvenes les indicaban a sus padres y abuelos que, si tocaban a la puerta, no abrieran.
Otros hombres, no pocos, empezaron a tener doble cara y a esconder sus verdaderos sentimientos. Muchos llegaron a negar a Dios y terminaron adorando a hombres y cosas como si fueran Dios.
Se volvió difícil conocer lo que realmente pensaba y creía cada uno. Aprendimos a simular. Decíamos que “sí” cuando nuestra conciencia quería que dijéramos “no”. Y dijimos “no” cuando queríamos decir “sí”.
Era el momento de la oscuridad. Las tinieblas del mundo también llegaban al alma del hombre. Y muchos hombres y mujeres teníamos ojos y no veíamos, teníamos oídos y no escuchábamos.
En medio de esas tinieblas un día apareció una Luz. Pero no era una luz cualquiera. Era una luz con letra mayúscula. Era una luz que cautivaba, que todo lo llenaba de alegría. Era una luz viva, que se concentraba en una persona. Era Jesucristo, sol de la mañana, luz que venía a iluminar a todos los hombres y mujeres de este mundo (Jn. 8, 12). Esta luz de Jesucristo se fue extendiendo lentamente por todos los pueblos y ciudades que estaban bajo apagón. Esta luz divina fue prendiendo en muchos corazones que se convertían en antorchas vivas. Y la luz de Jesucristo fue ganando la batalla al poder de las tinieblas. La luz de la gracia destruía el pecado, por muy grande que fuera, y salvaba al pecador. Y fue así que las cosas empezaron a cambiar. La gente empezó a vencer el mal con el bien.
Aumentó el número de trabajadores y disminuyó el de aquellos que lo único que hacían era hablar y criticar, pero no movían un dedo. Por su parte, los campeones en el arte de desanimar, de desalentar, fueron derrotados ampliamente por las personas optimistas. Y a muchos les empezó a dar pena decir frases como “aquí no se puede hacer nada” o “eso es imposible”. La gente empezó a hablar de las cosas buenas de los demás. Ya no se gritaba al conversar. Ya nadie se ponía triste por el bien ajeno. La enfermedad de la envidia fue erradicada del corazón humano. Y los hombres, acostumbrados a eliminarnos, empezamos a iluminarnos unos a otros, a curarnos de nuestra ceguera y nos fuimos convirtiendo en portadores de luz.
Los que éramos huérfanos sin saberlo, empezamos a llamar a Dios: “Padre nuestro” (Mt. 6, 9); y los que éramos desobedientes, comenzamos a llamar a Dios, diciéndole: “Señor mío y Dios mío” (Jn. 20, 28); y los que no veíamos a Dios, ahora le decíamos: “Tú eres el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn. 14, 6). Y los que adorábamos falsos dioses, ahora pedíamos perdón por nuestro error e invocábamos a Dios diciéndole: “Tú eres el único que tiene palabras de vida eterna” (J. 6, 68). Y los que éramos una y mil veces pecadores, ahora aclamábamos al Señor diciéndole: “Tú eres el tres veces Santo” (Is. 6, 3).
Y las frases que muchas veces escuchamos decir a nuestros abuelos, empezamos a decirlas sin miedo. Y hasta empezaron a oírse frases que, para no pocos, eran novedosas. La gente, en su conversación diaria decía: “Gracias a Dios”, “Que Dios te bendiga”, “Si Dios quiere”, “Dios mediante”, “Bendito sea Dios”, “Dios sabe lo que hace”, “Solo Dios basta”, etc.
Canto: Antífona del canto Jesús está entre nosotros
Queridos hijos e hijas: Ciertamente no todo ha quedado resuelto porque el mal no se da por vencido. Y la oscuridad del pecado sigue luchando por imponerse a la luz. La cizaña ha quedado sembrada entre el trigo por los siglos y se confunde con él. Y todos nosotros seguimos experimentando lo mismo que confesó San Pablo: “El bien que quiero hacer no lo hago, y el mal que no quiero hacer, eso es lo que hago” (Rom. 7, 19).
Y es aquí donde debe empezar a actuar nuestra fe en Jesucristo Resucitado que no se cansa de tocar a la puerta de nuestro corazón. Hay una anécdota sobre un cuadro de un pintor famoso donde aparece Jesús tocando a una puerta con el que el artista quiso expresar el misterio de Jesús queriendo entrar en el corazón de cada persona. El día de la exhibición del cuadro mencionado, un crítico le señaló al artista que no le había pintado un llavín a la puerta. A lo que el artista respondió que “la puerta representa al corazón humano que solo se puede abrir desde adentro”. ¡Eso es lo que tenemos que hacer todos! ¡Abrirle nuestros corazones al Resucitado para que él entre muy adentro de nosotros! ¡Y que pase, incluso, a nuestro “cuartico de desahogo”, ése que no enseñamos a nadie porque sabemos que está lleno de churre, manchas, cosas feas! ¡Y que nos ayude a limpiarlo!
Los invito a que hoy, Domingo de la Resurrección, saquemos fuera de nosotros, todos nuestros pecados, nuestras hipocresías y nuestra doble cara. ¡Vamos a pedirle al Resucitado que nos haga resucitar con él, que nos ayude a vencer el mal que siempre va a estar queriendo imponerse nuevamente en nosotros! ¡Vamos a regalarles a Dios y a nuestro prójimo nuestra sinceridad! ¡Prometamos no seguirle jugando cabeza a Dios y asegurándole que nuestro amor a los demás va a ser sin falsedades y sin esperar nada a cambio!
No es un secreto que corren tiempos difíciles. En cada esquina aparecen profetas de desgracias. A cada rato tropezamos con personas, como aquellos discípulos de Emaús en la tarde del primer domingo de Resurrección, que caminan desanimados, desconsolados, derrotados y tristes. Y lo peor es que tratan de desanimar a los demás, de inyectarles su pesimismo. Son personas que han perdido la virtud de la esperanza y quieren que los demás también la pierdan. Y eso no lo podemos permitir. ¡Vamos a pedirle a Dios el ser personas con esperanza! Ni todo tiempo pasado fue mejor ni todo tiempo futuro tendrá que ser peor. ¡La virtud de la esperanza nos protegerá del desaliento, nos sostendrá cuando sintamos desfallecer, nos dilatará el corazón! ¡Tenemos que tener puesta nuestra esperanza en Dios para poder mirar al cielo azul más allá de las nubes que, a veces, ocultan el sol! ¡Gracias a la esperanza cada uno de nosotros encontrará respuesta ante la vida y la muerte, la salud y la enfermedad, el amor y la violencia!
Los invito a repetir tres veces lo que respondemos en cada Misa cuando el sacerdote nos exhorta:
¡Levantemos el corazón! ¡Lo tenemos levantado hacia el Señor!
¡Levantemos el corazón! ¡Lo tenemos levantado hacia el Señor!
¡Levantemos el corazón! ¡Lo tenemos levantado hacia el Señor!
¡Confiemos, una vez más, en las palabras de Jesucristo Resucitado: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin de los tiempos”! Y que, a la hora de cualquier adversidad, no se nos olvide la sabiduría popular escondida en esa frase que escuchamos muchas veces a nuestros abuelos: “Siempre que llueve, escampa”.
