“La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo” Juan 20, 21
Hermanos,
Como dije al principio de la misa, estamos en el domingo siguiente al domingo de Resurrección. Si nos damos cuenta las experiencias que los discípulos tuvieron de Cristo resucitado, si no todas, por lo menos las que se relatan, la mayoría fue en domingo. Eso quería significar que el domingo era un día muy especial.
Los judíos, el día del Señor para ellos era el último día de la semana, es decir el sábado, y así lo siguen celebrando. Para los cristianos, como Cristo resucitó el domingo, el primer día de la semana, para los cristianos el día del Señor ya no es el último, al contrario, es el primero, el que inicia un nuevo tiempo, que es el tiempo del Señor Jesús Resucitado que nos lleva al Padre, o que nos quiere llevar al Padre.
Entonces, este acontecimiento que se narra ocurre en el domingo siguiente al domingo de resurrección. Fíjense como Jesús se presenta en medio de ellos, les saluda. Ellos vivían encerrados, hacía muy poco tiempo de que Jesús había muerto, y aunque se decía que había resucitado y así lo creían ellos, pero ellos no estaban seguros con el pueblo. Por lo tanto, vivían temerosos.
No cabe la menor duda que la presencia de Jesús resucitado era para darles ánimo, para que ellos se dieran cuenta de que Él había vencido al mal. Por lo tanto, ellos tenían que vencer al pecado, al miedo, a la muerte, al temor y que tenían que proclamar su palabra. Tenían que proclamarla.
En este tiempo, en estos cincuenta días en que Jesús se manifiesta a ellos de muchas y de diversas maneras, Jesús les va diciendo mensajes, les va dando mandatos. Y el mandato de hoy, que corresponde a hoy, es precisamente el que la iglesia a través de sus pastores, la iglesia tiene el poder de perdonar, porque la iglesia es la continuadora de la obra de Cristo en el mundo. Si Cristo fue misericordioso, la iglesia tiene que ser misericordiosa. Si Cristo fue misericordioso, cada cristiano tenemos que tratar de ser misericordioso con los demás.
Y misericordioso significa tener a la gente en el corazón, ¿eh? Tener a la gente y querer a la gente, y desear lo mejor para la gente, y hacer lo mejor para la gente. Y aquí el Señor, como prueba más de su misericordia, les deja ese poder de perdonar a la iglesia.
Entonces, hermanos, la iglesia lo debe ofrecer a todos los miembros, a todo el pueblo de Dios, a todos los hombres, la iglesia repartiendo, siendo precisamente aquella que el Señor le tiene el depósito ese de perdonar, la iglesia tiene que siempre ser así, alguien y que la gente tiene que verlo así, alguien que perdona, alguien que está cercano, alguien que comprende. Y eso nosotros tenemos que tenerlo bien en cuenta
No en balde el sacramento de la confesión no es algo que está ahí por estar. Todos los sacramentos, la iglesia, los siete, los tiene como depósito de fe y como mandato del Señor, porque tienen origen en el mismo Señor Jesús. La iglesia no le pide a los sacerdotes que confiesen, a los fieles que se confiesen, por capricho. No, es porque es un mandato del Señor Jesús. Quedan perdonados los pecados, aquellos que ustedes se lo perdonen, quedan retenidos o atados, como dice el texto, la traducción, aquellos que ustedes se lo retengan porque no hay arrepentimiento. Porque una cosa viene con la otra. Es decir, le pedimos a Dios su misericordia, pero también nosotros nos acercamos a Él pidiendo la misericordia, pidiéndola, misericordia, Señor. Y la misericordia siempre lleva consigo el deseo de no volver a ofender a Dios y a los hermanos. Entonces, hermanos, esta es la primera parte de este texto tan hermoso. No cabe la menor duda de que los discípulos se reafirmaron mucho más en la fe.
La segunda parte de este texto tiene que ver con Tomás. Tomás no estaba y ahí lo dice bien claro, ocho días después, es decir, al otro domingo el Señor vuelve. Y esta vez fue de manera, es decir, las puertas cerradas, es decir, yo diría una manera sorprendente hasta aparatosa. Las puertas cerradas y Él entra. Y Tomás ahí se queda, me imagino que se quedaría pasmado. Pero el Señor con la cercanía del cariño le dice, «Tomás, ven. Mete tu mete tus dedos. Toca con tu mano mi costado.» Y la frase de Tomás, como la de Pedro, cuando pidió perdón al Señor por haberlo negado. “Señor mío, Dios mío”, como diciendo, «Perdóname, Señor, por haber desconfiado, por no haber creído.»
Y después viene aquella frase del Señor Jesús, que esa va dirigida a todos nosotros. Porque Tomás y los que estaban allí lo vieron. Pero nosotros, ninguno hemos visto al Señor Jesús. Cada año me gusta repetir esto. ¿Por qué? Porque, hermanos, que el Señor nos diga dichosos a nosotros, pero dichosos aquellos que crean sin ver. Es decir, que crean por la fe. Por eso que nosotros decimos que la fe salva. La fe es la que nos salva. Esa fe que es gracia de Dios, que el Señor nos la da a nosotros.
Hermanos, gocémonos de esto y démosle gracias a Dios porque nosotros sin haber visto al Señor, creemos que Él ha resucitado. Entonces, nosotros tendremos parte en su Reino. Entonces, nosotros, como veremos más adelante, cuando el Señor les diga a los discípulos, «Vayan por el mundo, bauticen el que crea», eso nos los manda a todos nosotros. A ustedes les toca les toca ahora, es como si nos dijera el Señor, proclamar todo lo que yo les he enseñado. En definitiva, eso es lo que va a ocurrir desde ahora hasta la Ascensión y después en Pentecostés.
Va a ser esa preparación, que el Señor resucitado le va haciendo a los discípulos, para que ellos también vayan proclamando, lo que dijo María Magdalena, lo que dijeron las otras mujeres, Cristo ha resucitado, Él ha resucitado. Alabado sea el Señor. Hermanos, eso es lo nuestro.
Por eso todos estos días va a ser eso, es decir, estos domingos que vienen, una preparación para nosotros que somos discípulos porque hemos escuchado y tenemos la fe en el Señor resucitado, nosotros también llevemos a otra persona esta verdad que le da sentido a la vida del hombre y por lo tanto la felicidad. Hemos sido creados por Dios, el Señor es misericordioso con nosotros por nuestras culpas, el Señor se ha ofrecido en la cruz para salvarnos. Hermanos, vivamos así.
En la primera lectura nosotros vemos como los discípulos cuando se llenaron del Espíritu Santo, de esa seguridad, esa fe de que el Señor había resucitado, salen a predicar. Y nosotros los vemos entonces entrando en el templo, predicando, los vemos ayudando al que hay que ayudar, es decir, participando de la vida de la gente, pero anunciando que el Señor Jesús es nuestro Señor y había resucitado.
Tanto el Evangelio, que es de San Juan, como la segunda lectura que es el libro del Apocalipsis, que también se le atribuye a San Juan, nosotros vemos como él es un hombre de fe y de amor al Señor en todo. Ya hemos escuchado el evangelio, lo hemos comentado. El Apocalipsis, el libro del Apocalipsis. Ustedes saben que el Apocalipsis es un libro que muchas veces dice de profecías, y la gente entiende la profecía como que te va a decir el futuro. ¿Qué me va a pasar el día de mañana? Dímelo, como esa gente que erróneamente van con la güija, o con alguien que le lea las manos, o con alguien que le tire los caracoles, los que siguen las religiones afroamericanas, es decir, esas cosas que desvirtúan precisamente al único Dios y Señor Dios Creador, el Dios de Jesucristo que vino a predicarlo.
Entonces, este libro del Apocalipsis que Juan ya escribe tardíamente cuando él está en la isla de Patmos, cuando él está desterrado, como él dice ahí, por ser fiel a la palabra de Dios, ya mayor. Este libro nos va narrando, va expresando de manera poética, con muchas figuras, el fin de los tiempos, pero no de pasado mañana, no de si la guerra de Ucrania va a parar, ojalá sea así. No que si en Gaza va a haber paz o no va a haber paz. No si esta dificultad que vivimos en Cuba tan tremenda se va a calmar la semana que viene. No. Eso forma parte de la historia de los hombres.
Aquí lo que nos está diciendo el Señor, es que el Señor Jesús, creador de todas las cosas, nuestro Padre y Creador ha entregado a su Hijo Jesús y que Él reinará y será el vencedor sobre el pecado, sobre el sufrimiento, sobre el mal y la muerte. Y que todo esto, que a nosotros nos parece tan confuso, tan lleno de tragedia, todo esto pasará, pero hay que ser fieles al Señor porque su palabra se cumple. Eso es lo que nos dice el libro del Apocalipsis.
Fíjense bien, Juan fue el discípulo que se llama el amado del Señor. Yo creo que Jesús quería a todos. A lo mejor Juan era el más joven, entonces tenía ciertas atenciones para educarlo mejor, lo que sea, pero parece que había una relación entre Pedro, Santiago y Juan con Jesús, una relación muy particular, muy especial, muy cercana, fueron los primeros. Y aquí nosotros vemos como este libro que Juan escribe ya al final de sus días, es el libro, según los autores, los estudiosos, que narra con mayor fidelidad los acontecimientos. Porque que se ve que es un hombre que lo vivió. Decía las horas, decía detalles que parecen sin importancia. El discípulo del Señor entró primero, pero después salió, se quedó afuera. Cuando él llegó vio el manto doblado, Pedro entonces se entró. Es decir, la descripción de Juan de Jesús es muy detallista.
Fíjense bien, por ese lado, el Evangelio de Juan tiene, vaya, hay que verlo con una sintonía especial. Es fruto de alguien de un testigo directo de los hechos. Pero también el Evangelio de Juan, como fue escrito al final de su vida, es el que ya el cristianismo llevaba varias décadas de vida. Ya había muchos otros pensadores cristianos. La iglesia estaba ahí animada por el Espíritu Santo. El Evangelio de Juan es el más reflexivo. En el que uno se da cuenta que es más producto de una reflexión de los hechos. Es muy catequético, es muy cercano, se hace comprensible. ¿Por qué? Porque ahí se juega la visión de aquel que vio, y la reflexión en la fe de aquel que la recibió y la asintió.
Por eso, hermanos, si pueden léanse el Evangelio de Juan, sobre todo en la parte final de la resurrección y después lean el libro de los Hechos de los Apóstoles, la pasión y resurrección. Si pueden. Pero, hermanos, también nosotros sintámonos dichosos, hermanos, sintámonos dichosos porque el Señor Jesús ha muerto por nosotros y el Señor Jesús nos llama dichosos y bienaventurados porque creemos sin haber visto. Qué gracia esa, qué don ese. Mantengámonos firmes en la fe para ser dichosos como el Señor Jesús nos prometió.
