Mensaje radial de Monseñor Wilfredo Pino Estévez, Arzobispo de Camagüey, el II domigno de Pascua, 27 de abril de 2025

Queridos oyentes: Acabamos de escuchar cómo Jesucristo, en el mismo día de su Resurrección, dio a sus discípulos el poder de perdonar, y de no perdonar, los pecados. Eso hace cada sacerdote cuando alguien se acerca en el Sacramento de la Confesión: perdonar en nombre de Dios. Solo no podrá perdonar si la persona que se confiesa no está arrepentida del pecado que cometió. ¡Cuánto nos quiere Dios que siempre nos da la posibilidad de comenzar de nuevo! ¡Qué gran regalo nos dio Jesucristo en este Sacramento de la Confesión!

La Confesión es uno de los siete sacramentos o elementos sagrados que Jesucristo instituyó y confió a su Iglesia. Se le llama también el Sacramento de la Reconciliación, o de la Misericordia, o de la Penitencia. Es la invitación para dejarte perdonar por quien más te ama: Jesucristo. La Confesión es el único tribunal del mundo donde el que se acusa, si se arrepiente y reconoce su culpa… ¡saldrá siempre absuelto! Aquellas palabras de Jesucristo hace 2,000 años: “yo te perdono, levántate y no peques más”, Él las sigue repitiendo cada día, una y otra vez, en cada confesionario y en todas las lenguas del mundo.

Pero pienso ahora en la persona que, a lo mejor, lo único que ha oído sobre la Confesión son críticas, burlas o cuestionamientos como éste: “¿Contarle yo mis pecados a otro hombre, pecador como yo, para que me los perdone en nombre de Dios?”. Y yo, que soy sacerdote (pero que no “inventé” el sacramento de la Confesión), no puedo responder esa pregunta. A quien habría que hacérsela es al propio Jesucristo que, como escuchamos, les dijo a los apóstoles, que eran hombres pecadores: “A quienes ustedes les perdonen los pecados les quedarán perdonados, y a quienes no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”. (Jn. 20, 23). Deben haberse asombrado los apóstoles Pedro, Juan, Andrés, Santiago, Felipe, Bartolomé, Tomás, Mateo, Santiago el de Alfeo, Tadeo y Simón. En realidad, yo también me asombro de que Dios nos haya confiado a los sacerdotes que su perdón pasara a través de nuestras manos pecadoras.

Queridos hijos e hijas: Muchos cristianos tienen la costumbre de recibir el Sacramento de la Confesión en Semana Santa. Si no lo has podido hacer, te brindo estas palabras del fallecido Papa Francisco:

“Es muy claro: Si no encuentras un sacerdote para confesarte, habla con Dios, que es tu Padre, y dile la verdad: ‘Señor, he hecho esto, esto, esto… Perdóname’, y pídele perdón con todo tu corazón y prométele: ‘Me confesaré más tarde, pero perdóname ahora’. Y de inmediato, volverás a la gracia de Dios. Tú mismo puedes acercarte, como nos enseña el Catecismo, al perdón de Dios sin tener a un sacerdote a mano. Piensa en ello: ¡es la hora! Y éste es el momento adecuado, el momento oportuno. Un acto de dolor bien hecho, y así nuestra alma se volverá blanca como la nieve”.

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