“Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero” Juan 21, 1-19
Hermanos,
Ya estamos en el tercer domingo de Pascua. Y como nosotros escuchamos en la lectura del Evangelio, se recalca bien, eso lo hace Juan muy bien, este es el tercer signo que hizo Jesús. Sabiendo que en el Evangelio se nos muestra, en el de Juan, que precisamente en el octavo día de la semana, es decir, al domingo siguiente, que Jesús se manifestaba.
Yo no sé si lo hizo en otras ocasiones, en otros días de la semana, pero por lo menos, siempre el Evangelio nos marca como significando que el domingo es el día del Señor, porque el domingo es el día de la nueva creación. Entonces ha surgido un mundo nuevo que es Cristo, somos nuevas criaturas en Cristo y es lo que hace el bautismo. Nosotros no solamente somos criaturas de Dios, sino que con el bautismo alcanzamos esa dimensión filial. Dios es nuestro Padre. Es un nuevo nacimiento.
Y la verdad es que las lecturas de hoy han caído muy bien, porque todos nosotros sabemos que en Roma están los cardenales electores, pues orando mucho conversando mucho, conociéndose, compartiendo, expresando sus criterios y todo eso en preparación, sobre todo mucha oración y mucha meditación personal y también comunitaria, para poder con más docilidad y fidelidad seguir lo que el Espíritu Santo les va comunicando a cada uno, para la elección del futuro Pontífice.
Y qué bonito que en el texto de hoy viene este pasaje de cuando Jesús le dice a Pedro tres veces, «Pedro, me amas, Pedro, me quieres, tú me amas, Pedro.» Y al final le dice, «Pedro, apacienta mis corderos.» Y termina lo que hemos escuchado ahora diciendo, «Sígueme». Es decir, es la misión de Pedro, seguir a Cristo y a nadie más. Esa es la misión del Papa, seguir a Cristo y a nadie más, conducir a la iglesia.
Los evangelios que son textos también que nos hablan de una verdad, de una realidad, pero también eso lo hace de una manera pedagógica y didáctica para nosotros aprender, sacarle mayor provecho.
En este pasaje, que se dijo delante de todos, es decir, delante de todos los discípulos, Jesús distinguió a Pedro. Y los discípulos, seguro tenían en su cabeza de que Pedro fue aquel que dijo, «Yo nunca te abandonaré», pero que al final lo negó tres veces. Entonces, era un pecador, pero a ese a ese pecador, arrepentido y lleno de fe, el Señor lo puso al frente. Lo puso al frente. Eso quiere decir, hermanos, que el Señor es misericordioso, nos perdona y confía en nosotros. Nos da responsabilidad, nosotros somos los que tenemos que corresponder como Pedro lo hizo.
Y este pasaje está precedido por lo que se llama esa pesca milagrosa. Nada, no es nada más ni nada menos que Pedro el que le dice al Señor Jesús cuando él le dice, «Echen las redes». Y Pedro le dice, «Señor, no hemos cogido nada”, como diciendo, esto será un fracaso. Pero fíjense en Pedro, “pero si tú lo dices, echaré las redes”. Y ellos que se habían pasado la noche pescando sin coger nada, sin pescar nada, de momento se sorprenden de que las redes están llenas de peces.
Además, que lo dice, y aquí quiero recalcar algo que he mencionado en otras ocasiones, 153 peces. Óigame, hay que tener memoria para guardar eso, contarlo y decir, «Son 153”, no 55, ni 184. Es decir, por eso que se dice que el evangelio de Juan es un evangelio, que además de que es el evangelio más meditado, más reflexionado por el autor, también es más fiel a los detalles porque se ve que una persona que estuvo presente. Que estuvo allí.
Y entonces ahí viene, es decir, esa es la confianza. El gesto de Pedro desnudo, y el respeto ante encontrarse con el Maestro, en seguida se puso la túnica. Ese ese respeto ante Dios. Eso dice mucho. Y ya que Él llama a Pedro y le dice, «A paciencia mis ovejas.
Yo creo que Pedro recordaría el pasaje anterior cuando él se dio cuenta de que, si él quería tener éxitos, entre comillas, éxitos, si él quería ser verdaderamente continuador de la obra del Señor Jesús, tenía que hacerle caso al Señor Jesús. De la misma manera que si nosotros queremos hacer el bien, ser testigos de Cristo, como único podemos serlo, es si nosotros hacemos la voluntad de Dios. Sí, Señor, tú lo dices, no me quiero apartar. Si tú lo dices, no lo entiendo, pero yo te haré caso.
Eso viene muy bien también con la primera lectura. La primera lectura es el pasaje ese en que, después que los discípulos han sido presos y los discípulos han sido soltados por el Señor, y después lo volvieron a coger y los volvieron a condenar y ellos le dicen la famosa frase, les advierten, no prediquen, no digan eso que ustedes están diciendo.
Y ellos dijeron, «Nosotros tenemos que obedecer a Dios y no a los hombres.» Hermanos, eso se dice fácil, ah sí, hay que obedecer a Dios y no a los hombres. Pero en los momentos duros de la vida, eso hay que hacerlo. Cada uno a su nivel, personalmente, tengo que obedecer primero a Dios y después hasta a mis caprichos. Primero a Dios que a mis caprichos. El padre y la madre, tengo que obedecer a la educación de mis hijos y no dejarme llevar por cosas. Un gobernante cristiano, tengo que obedecer a Dios y lo demás… Un obispo, tengo que predicar el evangelio, no importa que los demás crean que yo estoy hablando tonterías. El Papa, tengo que ser fiel porque si obedezco a Dios tiraré las redes y van a venir mucha gente. Si no lo hago…
Hermanos, eso es importante meditar eso, porque eso que nosotros ahora lo vemos con Pedro, que vemos con los apóstoles, el Señor resucitado que es el momento en que le da las instrucciones de qué es lo que tienen que hacer después. El Señor lo que quiere decir es eso, la fidelidad. En la medida en que nosotros seamos fieles a la palabra de Dios y no nos dejemos llevar por los criterios del mundo, que muchas veces lo que nos quieren es apartar de la palabra de Dios, unos por un motivo y otros por otros motivos. Así es como nosotros debemos de vivir nuestra fe, nuestra responsabilidad, nuestro ministerio, el obispo, el Papa, los sacerdotes, los diáconos, cada fiel, cada bautizado. Primero hay que obedecer a Dios y no a los hombres.
Ellos fueron presos por predicar que Jesús había muerto y resucitado y pasó haciendo el bien y enseñándolo la palabra de Dios. Y siguieron haciéndolo. Porque tenían que obedecer a Dios y no a los hombres. Con la prudencia que sea, que ellos tuvieron mucha, pero obedeciendo a Dios. Hermanos, eso son otros puntos fuertes que uno tiene que tener en la vida, cada uno según su responsabilidad.
¿Qué vamos a predicar? Pues la segunda lectura que es el libro del Apocalipsis. En la segunda lectura, ¿qué se nos habla? Pues del Cordero, de Cristo que se entrega, que se da, que al final toda la gloria será para Él. El libro del Apocalipsis, es el libro de la revelación de los últimos días. A pesar de que ahora parezca que estamos aplastados, que la gente no quiere al Señor Jesús, no le quiere oír. Sí, hermanos, la victoria es del Señor Jesús y lo que nosotros tenemos que hacer es permanecer fieles al Señor Jesús.
Como hemos dicho meditando, los apóstoles con la persecución, con Pedro y con la responsabilidad que adquirió. Entonces se nos narra ese momento hermoso, ¿eh? Que está dice, «El Padre, el Señor y el Cordero.» Ahí la víctima que se inmola por cada uno de nosotros, pero que había una multitud ingente de personas alabando al Señor y entre ellos los Ángeles. Eso es lo que nos dice el Señor. Y eso es lo que estamos celebrando en esta Pascua.
Cristo ha resucitado. El mundo no es solamente esto que vivimos, que tocamos, que nos enteramos. No, no, no, no. El mundo está marcado por Dios, por la misericordia de Dios y nosotros lo que tenemos que hacer es querer hacer su voluntad.
Pero vamos a pedirle para que los cardenales sean fieles a eso. Primero la palabra de Dios, primero el Señor Jesús que los demás poderes, que los demás intereses, que las demás corrientes que haya, que las demás… tantas cosas que nos quiere muchas veces desviar donde estamos. Vamos a pedir para que los cardenales, pues busquen, busquen eso. Ese hombre que quiso ser fiel al Señor Jesús como lo fue Pedro.
Que Dios nos ayude a todos a vivir así.
