Queridos oyentes: Antes de comentar este evangelio ( Jn 20, 24-29) les comparto que, en la historia de las distintas religiones, siempre aparece el año en que fueron fundadas. Cito una sola: un primero de mayo de 1954, o sea hace solamente 71 años, un hombre de Corea del Sur de apellido Moon, fundó lo que él llamó la “Iglesia de la Unificación” o Secta Moon, con muchos seguidores hoy día, por ejemplo, en Uruguay. Cuento esto porque el evangelio recién escuchado nos trae la historia de la creación de lo que, a mi parecer, ha sido otra nueva religión, que está extendida por todo el mundo y por supuesto también muy presente en Cuba. Su fundador, quizás sin quererlo, fue nada menos que Tomás, uno de los doce apóstoles. Es la religión de los que dicen: “Yo no creo sino lo que veo”.
Esta nueva religión tuvo su origen, junto con el cristianismo, el mismo domingo de la Resurrección del Señor, o sea, que tiene casi ya más de 2,000 años de existencia. Quizás nosotros, cuando le hemos estado pidiendo pruebas a Dios de su existencia o de su amor por nosotros, hemos sido miembros de esa religión sin saberlo. La historia del surgimiento de esta religión, tan vieja y tan actual, nos la acaba de narrar el evangelio. Repasemos…
El Señor resucitado se aparece en la tarde del domingo de la Resurrección a sus discípulos. No estaba Tomás. Digamos, ocurrentemente, que Tomás “no fue a Misa” ese domingo… Los otros diez apóstoles luego encuentran a Tomás y le dicen la buena noticia: “Hemos visto al Señor”. Pero él se niega a creer y exige: “Si no veo la señal de los clavos en sus manos, y no meto mi dedo en esas heridas, y mi mano en su costado, no lo creo”. A Tomás no le ha convencido la tumba vacía, ni el testimonio de las mujeres, ni el de Pedro y Juan, ni le han impresionado lo que contaban Cleofás y el otro discípulo, vecinos de la aldea de Emaús. No se rinde ante el testimonio unánime de todos los demás discípulos que le dicen: “¡Hemos visto al Señor!”. En el fondo a Tomás le duele el no haber estado presente y tener que creer entonces en lo que otros le están contando. Se encierra en su incredulidad. No sólo quiere ver, sino tocar con sus propias manos…
Jesús, con admirable paciencia y misericordia, va a complacer a todas las exigencias de su discípulo. Pero dejará pasar una semana. Tomás, a pesar de su incredulidad, no abandonará a sus hermanos, no se separará de ellos. En esto hay una lección que debemos aprender. Nunca debemos dejar la Iglesia ni aunque estemos pasando por momentos oscuros y no entendamos. La salvación de Tomás fue esa: siguió con los suyos a pesar de no entender.
Jesús, al domingo siguiente, va nuevamente al encuentro con los suyos, y especialmente con Tomás. No va a esperar a que Tomás se convenza, se convierta y venga. Jesús viene para todos, pero en especial para Tomás, y para todos los que, en este mundo, tengan dificultad de creer. Llega Jesús y, en esta ocasión, Tomás sí ha venido “a la Misa del domingo”.
Jesús hace su saludo de costumbre: “La paz esté con ustedes”. Y sus siguientes palabras son para Tomás, que recibe un reproche cariñoso y una exhortación: “No seas incrédulo, sino creyente”. El resucitado le pide abandonar esa religión que ha creado y que crea en él. Entonces Tomás se rinde ante la evidencia.
Quisiera invitarlos a que hoy le demos gracias al apóstol Tomás:
-Darle gracias por su extraordinaria profesión de fe resumida en cinco palabras: “Señor mío y Dios mío”, frase que ojalá siempre pronunciáramos en silencio cada día en el interior de nuestro corazón y cada vez que se nos muestre en la misa el pan y el vino consagrados, el Cuerpo y la Sangre del Señor.
-Y agradecerle porque, gracias a su duda, el Resucitado regaló a este mundo, a nosotros, a ti y a mí, una bienaventuranza más. Si antes Jesucristo había dicho ocho bienaventuranzas al llamar “bienaventurados, dichosos” a los pobres, los que sufren, los que lloran, los que tienen hambre y sed de la justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz y los perseguidos por hacer el bien, ahora dirá una novena bienaventuranza, en la que nosotros todos estamos felizmente incluidos: “Tomás, tú has creído porque me has visto, ¡dichosos los que crean sin haber visto!”. ¡Ahí estamos nosotros!
Ojalá que cada domingo sea y traiga para nosotros algo especial. Elogio a no pocos de nuestros mayores que no faltan nunca a la Misa del domingo a pesar de sus achaques, su edad, sus enfermedades.
Nos inspire a todos el testimonio que nos dejaron unos mártires del siglo IV cuando declararon ante el tribunal que los juzgaba por ser cristianos, lo siguiente:
“No podemos vivir sin el domingo, no podemos vivir sin el Señor, no podemos vivir sin la fuerza de su resurrección. La vida sería insoportable si no renováramos cada domingo la certeza de la vida futura con Jesús, que ya está en medio de nosotros resucitado. No podemos vivir sin la esperanza de la resurrección, que el domingo nos renueva por la comunión eucarística”.
Rezo para que cada uno de nosotros sea siempre fiel al encuentro dominical con el Señor y su Iglesia.
Convirtamos el siguiente canto en oración. Nuestra fe puede estar débil. Vamos a pedirle al Señor que nos aumente la fe. Que con el apóstol Tomas cada día le llamemos: “Señor mío y Dios mío”.
