Homilía del P. Rogelio Deán Puerta, de la Arquidiócesis de Santiago de Cuba, en la Basílica Santuario de Nuestra Señora de la Caridad, el 11 de mayo de 2025 IV Domingo de Pascua

“Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre” Juan 10, 27-28

Mis queridos hermanos,

Seguimos en este tiempo alegre, gozoso de la Pascua y el Señor se reafirma como el Buen Pastor. Hoy es el domingo del Buen Pastor. Y como Buen Pastor, Jesús se empeña en no perder a ninguna de sus ovejas. De hecho, cuando ve partir hacia lugares peligrosos alguna de las ovejas, sufre. Y qué tremendo, cuando el Señor nos va abriendo caminos de salvación, de amor, de paz, cuando Él se reafirma como nuestro guía seguro y nosotros rechazamos esa guía.

Nosotros tantas veces queremos como auto afirmarnos nosotros mismos, y ponemos a un lado a ese Buen Pastor que nos ofrece un camino seguro. El Señor quiere caminar con nosotros, el Señor nos defiende, es nuestra fuerza y nos llama por su nombre. El Señor no se relaciona con la masa. Nuestro Señor ha querido tener una relación personal íntima con cada uno de nosotros.

Qué bueno que nos sintamos llamados, que nos sintamos convocados, que nos sintamos con la oportunidad de acceder a un Dios que es amor y que puede real y concretamente hacernos felices.

A mí me da mucha tristeza cuando por circunstancias de la vida, esas circunstancias que a veces nosotros le damos más poder que Dios, nosotros nos volvemos personas tristes, agobiadas, derrotadas, decaídas y llega el momento en que somos como almas en pena que hemos renunciado a la felicidad.

Yo creo que el Señor sufre, sufre cuando ve a sus hijos, Dios sufre cuando ve a sus hijos renunciar a la felicidad. Dios nos ha venido a traer vida y vida en abundancia, y por eso por estos días utilizamos mucho la lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles, diríamos los Hechos del Espíritu.

Y qué bueno ver esos apóstoles que un día abandonaron al Señor al pie de la cruz por miedo, por cobardía, de repente verlos involucrados, verlos felices, verlos animados y uno se pregunta, bueno, ¿y las circunstancias cambiaron? ¿Es que las circunstancias después de la muerte en cruz de Jesús fueron más favorables, fueron distintas?

No, las circunstancias no cambiaron, al contrario, fueron peores porque fue muy cruel la persecución. ¿Quiénes fueron los que cambiaron? Los discípulos. Los que se convencieron que Jesús es el camino, la verdad y la vida. Auténticos testigos de la resurrección del Señor.

Esto, mis hermanos, solamente hay dos caminos, o uno se lo cree o no se lo cree. Cuando uno va consolidando la fe y uno de verdad se siente convocado, se siente amado, se siente incluido en el corazón de un Dios donde estamos todos, claro, hay que creer. Creerse de verdad que, por encima de las circunstancias de la vida, por muy duras que sean, mi felicidad tiene un nombre y ese nombre es Jesucristo. Y cuando uno está convencido de eso, es que uno puede transformar las otras vidas, porque si no, entonces uno queda crucificado con Jesús allá. No, no, el que vive crucificado crucifica a los demás.

Solamente una persona que participa activamente de la resurrección del el Señor, puede irradiar amor y puede convocar, y puede transformar vidas, y puede crear y lograr lo imposible.

Y a veces, ciertamente en Cuba, de repente parece que estamos llamados a lograr cosas imposibles y nos desanimamos, y vemos tantas cosas imposibles, sin embargo, lo que es imposible para el hombre es posible para Dios, y por eso la necesidad de que el hombre esté en sintonía con Dios, que esté en modo resurrección.

Porque entonces esa persona, por muy difícil que sean las circunstancias, las circunstancias le influyen, pero no la determinan. Y yo sé que se dice fácil, pero es difícil. Claro, es que nunca nadie dijo que el cristianismo es algo sencillo, pero ciertamente es el camino a la auténtica felicidad y yo quiero ser feliz, porque mi Dios me quiere feliz donde esté, en las circunstancias que esté. Y para eso después en Pentecostés nos manda su Espíritu.

En la Pascua estamos a la espera de ese Espíritu que viene sobre nosotros, Espíritu que descendió sobre esos apóstoles cobardes que abandonaron a su Señor en la cruz, y que después es el Espíritu que los lanza a morir felices por su Dios. Ese es el secreto. Y ese es el secreto que nosotros tenemos que llevar a todos.

Vamos a pedirle a nuestra Madre, la Santísima Virgen de la Caridad del Cobre, Madre de todos los cubanos, en este nuevo tiempo de la iglesia donde se inicia un nuevo Pontificado, en tiempos muy complejos del mundo, de la sociedad, de la iglesia, que podamos ser más dóciles al Espíritu Santo, que podamos estar más sedientos de felicidad y que pongamos los medios para acercarnos a Ése que es la única razón de la felicidad que podamos lograr, una felicidad de calidad duradera, auténtica, real, para que también podamos hacer felices a los demás, porque hay muchas personas esperando por nosotros.

Que así sea.

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