“Les doy un mandamiento nuevo: que se amen unos a otros; como yo los he amado” Juan 13, 34
Hoy en la en la primera lectura seguimos teniendo, típico de este tiempo de Pascua, el libro de los Hechos de los Apóstoles. Se sigue hablando de la misión de evangelización de los apóstoles. Se habla de Pablo y de Bernabé. Pero hay una palabra que a mí me llama poderosamente la atención en esta misión de Pablo y Bernabé. Es la palabra ánimo.
Ciertamente cuando hablamos de evangelizar, hablamos de llevar la buena noticia, eso quiere decir Evangelio. Y en un mundo y en un país, aquí en nuestra tierra cubana, donde parecen circular tantas malas noticias, en el diario. Nosotros, los creyentes, la comunidad creyente, estamos necesitando de que se proclame, que se difunda, que se arraigue la buena noticia.
¿Y cuál es esa buena noticia? Bueno, la buena noticia es que Dios existe, que se ha hecho hombre, que ha dado la vida por nosotros y que ha resucitado. Esa buena noticia, la noticia de que Dios ha vencido lo más terrible que tiene el hombre que es la muerte, y que nosotros entonces podemos resucitar con Él, esa buena noticia tiene que ser difundida y no solamente de palabra, sino también con la propia vida.
Y qué bueno que el cristiano, la persona que se dice creyente, sea una persona que comparta la buena noticia, o sea, que evangelice desde el ánimo. El cristiano está llamado en medio de tanto escepticismo, a veces de tanta no creencia, de tanto agobio, está llamado a ser una persona que anime. No se concibe un cristiano, un evangelizador, un laico, un religioso, un sacerdote, un diácono, que no tenga la capacidad de a pesar de las circunstancias animar.
Cuando animamos no estamos hablando de crear falsas expectativas. No estamos hablando de promover una ficción. Estamos hablando de hablar de una realidad de un hecho, de la persona de Jesucristo y del poder que tiene la resurrección del Señor. Esto es un hecho. Y ahí está nuestra esperanza. Nuestra esperanza no es cualquier esperanza. Nuestra esperanza no está depositada en un cambio social, político, económico, que a veces también evidentemente son muy necesarios.
No, nuestra esperanza está fundada en una persona, tiene un rostro, es Jesucristo. Y en la medida en que uno haga práctica esta creencia, que no es un idealismo, o sea, la creencia en Jesucristo, una persona cristocéntrica, es una praxis, no es una ideología, no, no es un idealismo.
Después en la segunda lectura, se nos habla en el libro del Apocalipsis, se nos habla de un cielo nuevo y de una tierra nueva. Muchas veces pensamos que el cristianismo es la promesa de una felicidad después de la muerte, en un cielo, en la presencia del Señor en el paraíso. Ciertamente la felicidad plena estamos convencidos que es en el reino de los cielos. Pero la realidad del reino de Dios, la realidad de ese cielo nuevo, de esa tierra nueva comienza acá. Es un ya, pero todavía no.
O sea, la construcción de este cielo, de esta tierra nueva, de este reino de Dios comienza acá. Ahora, pero ciertamente no puede avanzar si no somos personas de ánimo. Personas que en medio de las dificultades sean capaces con la fuerza de Jesucristo, con la gracia del Espíritu Santo de animar a tiempo y a destiempo.
Evidentemente, cuando más falta hacen personas de ánimo, es cuando más deteriorada está la situación. Cuando hay muchas condiciones maravillosas para tener ánimo, ahí no hace falta tanto animadores del Evangelio. Los animadores del Evangelio hacen falta donde está más deteriorada la situación, donde está más compleja la vida, ahí es donde hace falta la palabra de ánimo de Jesucristo.
El Señor nos dice muchas veces, «Ánimo, ánimo.» y nosotros tenemos que estar atentos para también descubrir la huella de luz de Jesucristo. Porque si nosotros los cristianos solamente vemos tiniebla, puede ser que ya la tiniebla se haya apoderado de tu vida. No, en ninguna circunstancia y bajo ningún concepto la tiniebla se puede apoderar del cristiano, porque entonces el mal habrá ganado.
Nosotros estamos llamados en medio de la tiniebla a ser luz y a descubrir esa luz, y a propagar esa luz. Qué bueno que entonces en medio de las dificultades, los que nos toca llevar ese mensaje de Cristo, seamos los primeros animados. Porque solamente una persona animada puede animar a otros. Puede llevar el evangelio de la alegría a los demás.
Porque el Espíritu Santo, la presencia del Señor en medio de nosotros es una realidad de alegría, a pesar de las circunstancias. Es una esperanza que nada ni nadie me puede quitar. Yo decido mi alegría, yo decido mi fe, yo decido mi esperanza en cualquier lugar. Entonces, por eso en el evangelio se nos habla del mandamiento por excelencia del amor.
Y vuelvo a la idea anterior, mientras más esté deteriorada una familia, una sociedad, más empeño hay que poner en el amor, porque sabemos que en el Señor ganamos en el amor. Pero los primeros que tenemos que creer que todo lo vence el amor somos nosotros mismos, si no podemos construir nada, ni hoy, ni mañana, ni nunca.
El cristiano tiene que estar convencido de la fuerza transformadora del amor de Jesucristo y por eso nuestra predicación, nuestra oferta, nuestro mensaje es Jesucristo. Evidentemente eso se tiene que traducir en hechos, como nos dice Santiago, muéstrame tu fe sin hechos que yo te mostraré mi fe con hechos.
¿Y en qué deben consistir esos hechos en estos momentos que vivimos, sobre todo en Cuba?
Bueno, esos hechos se traducen en animar. En animar con todos los medios que podamos contar, con todas las fuerzas, con toda la iniciativa que podamos contar, porque no podemos ser felices esperando que llegue determinada coyuntura, que propicie esa felicidad. No, yo tengo que ser feliz hoy.
Yo, cristiano, yo persona que participo de la gracia de Cristo, tengo que ser feliz hoy. Y eso es lo que nosotros tenemos que transmitir a los demás. No sabemos cuándo Dios nos va a llamar a su presencia. Hay personas que no pueden esperar. No debemos de hecho esperar a mañana para ser feliz. Hoy es el momento de la felicidad, a pesar de las circunstancias.
Se dice fácil, es difícil. Pero el Señor, lo que parece imposible, lo que parece difícil, el Señor lo hace posible. Esa es la fuerza del resucitado. Esa es la gracia de la Pascua. Esa es la luz de la Pascua. Esa es la buena noticia de la Pascua. Que, en un mundo de muerte, en una sociedad de muerte, aparece Jesucristo muriendo y generando vida en su resurrección.
Vamos a pedirle al Señor que nos ayude a ser auténticos transmisores de su Buena Nueva de su amor, que como dice Santa Teresita del Niño Jesús, nosotros con nuestros hechos y nuestra vida, por muy difíciles que estén las circunstancias, podamos ser el amor. Porque si logramos configurarnos a ese Jesucristo resucitado y a vivir en clave de resurrección, ciertamente podemos lograr ser el amor.
Que la Virgen de la Caridad del Cobre, caridad en latín quiere decir amor, que la Virgen del Amor, la Madre de todos los cubanos, nos ayude en este tiempo Pascual a descubrir esa huella de amor, que nos ayude a propagar esa buena noticia porque Jesucristo ha Resucitado.
