Soy Monseñor Juan de Dios y les saludo a todos con afecto de padre y pastor que acompaña al pueblo de Dios en este pedazo de tierra pinareña.
Los primeros versículos del texto que hoy nos regala la palabra de Dios forman parte de las cuatro promesas que Jesús hace a sus discípulos en su discurso de despedida: primero; hacer obras mayores que Él; segundo; el
don del Espíritu Santo; tercero; la inhabitación del Padre y del Hijo y por último la recepción de la enseñanza del Espíritu Santo. Estas dos últimas promesas las encontramos en el fragmento que leemos hoy.
Con respecto a la inhabitación del Padre y del Hijo conviene recordar que Jesús está respondiendo a la siguiente pregunta de Judas – no el Iscariote –: «Señor, ¿por qué te vas a manifestar a nosotros y no al mundo?». Esta pregunta, a su vez, surgió con ocasión de la anterior afirmación de Jesús: «El que recibe mis mandamientos y los
cumple, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él». Jesús sigue afirmando que la «condición» para recibir la manifestación divina es el amor a él. Amor que se manifiesta en lo concreto: cumplir los mandamientos, guardar su palabra.
Esta expresión «guardar mi palabra» aparece varias veces en el evangelio de Juan y su sentido es el de aceptar la revelación del Padre que ofrece Jesús; por tanto, los que guardan la palabra son los que viven en la fe y la expresan en el amor. Y la primera consecuencia de esta actitud es la de ser amados por el Padre. La segunda es que el Padre y el Hijo vengan a él y habiten en él. En Juan la morada de Dios es el hombre, a través de la encarnación de Jesús y el plan que Dios ha realizado con el mundo de los hombres”.
Jesús anuncia que Dios no sólo estará «en medio de su pueblo» sino «en el interior de cada creyente», que devendrá «templo vivo del Dios viviente».
En un segundo momento Jesús responde al por qué el mundo no puede recibir su manifestación: sencillamente porque no lo ama ni guarda su palabra, que es la palabra del Padre. En efecto, para el evangelio de Juan el mundo no ama a Jesús, sino que lo aborrece.
En los versículos 25 y 26 tenemos el desarrollo de la promesa del Espíritu: “Yo les digo estas cosas mientras permanezco con ustedes. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho”.
Se le atribuye aquí al Espíritu Santo una doble misión: enseñar y recordar. La enseñanza en Juan es siempre algo exclusivo de las personas divinas y su contenido es siempre la Revelación. Por el contexto de estos versículos deducimos que la función «docente» del Espíritu será dar a conocer a los discípulos la revelación que Jesús hizo durante su vida terrena pero que ellos no pudieron captar en profundidad en ese momento.
En cuanto a la acción de «recordar», notemos que en el vocabulario del cuarto evangelio no es un simple traer a la memoria, es una reconstrucción del pasado desde una nueva perspectiva, más profunda, y que lleva a creer en Jesús y en la Escritura. En este recuerdo, los hechos y palabras de Jesús adquieren una perspectiva especial que antes, en su situación real, quedaban en la penumbra.
Los versículos 27-29 cierran esta parte del discurso de Jesús en la cual vuelve a hacer referencia a su partida. Antes de partir les deja a sus discípulos su paz: “Es la paz, la mía la que les doy; no se las doy a la manera del mundo”. Se trata del don de la paz como don escatológico, la misma con la cual Jesús Resucitado saluda a los discípulos diciéndoles: “¡Paz a ustedes!” Esta paz custodia el corazón de los creyentes, que no deben turbarse ni acobardarse, sea cual sea la situación que viven.
Si Dios habita en nuestro corazón, un efecto claro de su presencia es la Paz del corazón. Por eso, junto al «don» de Su presencia en nosotros, Jesús en el evangelio de hoy añade enseguida el «don» de la Paz.
La Paz divina es ante todo un don que Jesús nos tiene que dar. Pero el mismo Jesús nos invita en el evangelio de hoy a trabajar por nuestra paz interior, a no inquietarnos ni agitarnos. Es la paz como tarea.
Queridos hijos e hijas, pido a Dios para todos nosotros la gracia divina de amarlo sinceramente y ser fieles a sus mandatos y de forma especial demos gracias por la paz verdadera que nos ofrece, una paz que trasciende las circunstancias del mundo. Que nuestra confianza en su promesa de regresar nos brinde seguridad y esperanza en medio de cualquier situación. Que el Espíritu Santo nos guie y os recuerde que está con nosotros en todo omento. Amen.
