Queridos todos: En esta ocasión he querido compartir con ustedes una lectura bíblica que fue proclamada en las misas del sábado 17 de este mes. Y lo hago porque quiero reflexionar con ustedes un tema importante sucedido en los primeros tiempos de la Iglesia.
Examinemos primero la lectura: Los apóstoles han seguido el mandato de Jesucristo quien había dicho: “Vayan por el mundo entero, enseñen, bauticen, hagan discípulos”. Pablo y Bernabé se han convertido en misioneros incansables de la palabra de Dios. Van de pueblo en pueblo. Su estilo es aprovechar la reunión que todos los judíos celebraban los sábados en las sinagogas de cada pueblo. Y allí les anuncian el mensaje de Jesucristo. Pero sienten enseguida el rechazo del pueblo escogido y comienzan a hablarles a los que no son judíos, a los que estos llamaban paganos o gentiles. Y resulta entonces que esos “paganos” o “gentiles” aceptan con entusiasmo la palabra de Dios e incluso sucede, como nos dijo la lectura que, al sábado siguiente, la concurrencia de paganos fue extraordinaria. “Toda la ciudad de Antioquía acudió a oír la palabra de Dios”.
Y eso es algo que provoca el rechazo de los judíos que llegan a interrumpir las palabras de Pablo gritándole cosas ofensivas. Con paciencia, Pablo y Bernabé tratan de explicarles a los judíos la situación, pero viendo que no logran convencerlos, les dirán entonces con sinceridad y valentía: “La palabra de Dios debía ser predicada primero a ustedes; pero como la rechazan y no se juzgan dignos de la vida eterna, nos dirigiremos a los paganos. Así nos lo ha ordenado el Señor, cuando dijo: ‘Yo te he puesto como luz de los paganos, para que lleves la salvación hasta los últimos rincones de la tierra”.
Estas palabras provocaron dos reacciones opuestas de paganos y judíos. Los paganos “se regocijaban y glorificaban la palabra de Dios y abrazaban la fe”, mientras que los judíos incitaron a mujeres devotas y a la gente importante del pueblo, y les hicieron a Pablo y Bernabé un acto re repudio y los botaron del pueblo.
Siguiendo lo que el Señor les había enseñado, ellos dos se sacudieron el polvo de sus pies, como para echarles en cara su error, y se fueron a predicar a otro pueblo, mientras que los paganos, ahora convertidos a la fe de Jesucristo, se quedaron llenos de alegría y del Espíritu Santo.
Pablo y Bernabé siguen anunciando la salvación de Dios. Unos la aceptan y otros no. La palabra de Dios se difunde porque los sucesos favorables son fruto del Espíritu Santo. Y algunos hechos, aparentemente contrarios como estas persecuciones que sufren, acaban dando lugar a una difusión mayor.
Explicada la lectura, conviene que reflexionemos: Ciertamente, el pueblo de Israel, con toda razón, es llamado el “pueblo escogido”. Desde el Antiguo Testamento queda así demostrado. Fue el pueblo que Dios preparó para que en él naciera Jesucristo, el Salvador de todos. Debe llamarnos la atención que pertenecieron al pueblo judío y, por tanto, eran judíos por nacimiento Juan el Bautista, el propio Jesucristo, la Virgen María y su esposo San José, Pedro y los demás apóstoles, etc. Dios confiaba en que ese pueblo, preparado por la predicación de los profetas y de hombres grandes como Abraham y Moisés recibirían a su enviado Jesucristo. Pero, como sabemos, la realidad fue otra. La salvación de Jesucristo no era sólo para los judíos sino para todos los pueblos.
Sobre este tema dijo el fallecido Papa Francisco: “Hay una enseñanza que debemos asimilar: el mensaje de Jesucristo es para todos, sean de la nación que sea, tengan la nacionalidad que tengan. En la Iglesia hay espacio para todos, ninguno sobra, ninguno está de más. Hay espacio para todos, así como somos. Y eso Jesús lo dice claramente cuando manda a los apóstoles para el banquete: “Vayan y traigan a todos: sanos y enfermos, justos y pecadores, todos.
En la Iglesia hay espacio para todos, también para el que se equivoca, para el que cae, para el que le cuesta. Porque la Iglesia es, y debe ser cada vez más, esa casa donde resuena el eco de la llamada que Dios dirige a cada uno por su nombre. El Señor no señala con el dedo, sino que abre sus brazos como Jesús en la cruz. Él no cierra la puerta, sino que invita a entrar; no aleja, sino que acoge. ¡En la Iglesia caben todos, todos, todos!
E invitó a la multitud de jóvenes a repetir, como si fuera un canto: “¡Todos, todos, todos!”.
Queridos oyentes: El Papa León XIV, en sus primeras palabras de saludo a la multitud que estaba reunida en la Plaza de San Pedro el día de su elección, dijo lo siguiente: “Tenemos que buscar juntos cómo ser una Iglesia que construya puentes de diálogo, siempre abierta a recibir a todos”. Y pidió: “Ayúdennos a construir puentes con el diálogo, uniéndonos todos para ser un solo pueblo siempre en paz”.
