“Yo voy a enviar sobre ustedes la promesa de mi Padre; pero ustedes, quédense en la ciudad de Jerusalén hasta que desde lo alto sean investidos de poder.” Lucas 24, 49
Hermanos,
Estamos en la fiesta de la Ascensión que las Sagradas Escrituras reflejan muy bien en esta primera lectura, que es el inicio del libro de los Hechos de los Apóstoles, y este texto del Evangelio también de San Lucas, que es el final del Evangelio, y es, diríamos así, la conexión de la primera parte del texto, que es el Evangelio de San Lucas con la segunda parte del libro que es el libro de los Hechos de los Apóstoles, con su único autor, que es el evangelista Lucas.
Estamos contemplando uno de los hechos más contundentes de aquella comunidad primitiva. Es un hecho que ha marcado a la iglesia siempre. La iglesia reunida en la figura, en la persona de los apóstoles ve la Ascensión del Señor.
Y aquí las ideas básicas frente a la realidad de la Ascensión podríamos sintetizarlas de la siguiente manera. Cristo vuelve al Padre. Su unidad con el Padre y el Espíritu Santo. No es la lejanía de lo que se habla. Parece que el cielo es un viaje donde Él no volverá. No. Aquí se habla de la apertura del cielo por Él hacia todos los hombres, hacia todas las criaturas. Y ejemplo lo tenemos en la Asunción de María, su Madre, donde Él se afianza más en la realidad de fe como el Mediador. Él está en el cielo. Él nos escucha. Él constantemente ofrece sacrificios al Padre por nosotros.
Ya no se le puede tirar en cara a Dios ninguna filosofía, ninguna ideología, ni que el cielo no existe, ni que Dios está enajenado de los sufrimientos del hombre, porque ahí el Hijo es también Dios, pero es también bien hombre y Él tiene conocimiento de las realidades terrenas porque siempre nos mira.
Número dos. La promesa del Espíritu Santo. El viernes dimos inicio a la novena del Espíritu Santo para celebrar la fiesta el domingo próximo de Pentecostés y el Espíritu Santo es, diríamos, como muy bien lo definen las Sagradas Escrituras, el consolador que alienta a la comunidad. Es el envío del Señor de ese Espíritu que es testigo también de su verdad y sobre todo de la unidad que tiene la iglesia.
Y número tres, el efecto que tiene en este día, la Ascensión del Señor en la comunidad de los apóstoles en la iglesia. Quedaron deprimidos, quedaron destruidos porque Él subió al cielo. La escritura nos dice que los apóstoles quedaron alegres y ya ustedes saben cómo es el transcurso del libro de los Hechos. El Espíritu Santo, la misión y conversión de Pablo, los discursos de Pedro, cómo la iglesia se fortaleció, se extendió, donde nosotros también somos herederos de esa promesa, como muy bien dice en la primera lectura, hasta los confines del mundo.
Le pedimos al Señor que en este día nosotros crezcamos en esa alegría que vivieron los discípulos, porque la victoria de Cristo en su Resurrección y Ascensión está también nuestra victoria, porque nosotros tenemos una fortísima esperanza de resucitar con Él y también de vivir nuestra propia ascensión a los cielos por Él y en Él.
Que así sea.
