Mensaje radial de Monseñor Juan de Dios Hernández Ruiz, SJ, Obispo de Pinar del Río, el domingo de la Ascensión del Señor, 1 de junio de 2025

Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz,  Obispo de esta diócesis vueltabajera.

La Ascensión de Jesús, narrada en el Evangelio de Lucas, está precedida de enseñanzas y promesas: “Así estaba escrito”, “Les enviaré la promesa del Padre”…

La Ascensión está acompañada de bendiciones: “Levantando las manos, los bendijo”

A pesar de la ausencia, se volvieron a Jerusalén con gran alegría. Jesús les entrega el testigo, y ellos reciben la misión de ser testigos.

Cuando escuchamos la expresión: “Sentado a la derecha del Padre”, sabemos que quiere significar la cercanía al Padre, la igualdad de poder y de gloria. Que Jesucristo suba al Padre quiere decir que se abraza en comunión perfecta con el Padre. “El Padre y yo somos uno”. Pero aquí se añade la dimensión humana del Hijo, que vive también en comunión perfecta y trinitaria.

El Hijo de Dios se había despojado de su manto divino para asumir la humanidad y vivir entre los hombres; ahora el Hijo del hombre se adorna con el manto de Dios para vivir eternamente en Él. Lo humano y lo divino se suman, no se contrarrestan. Dios se ha hecho hombre, el hombre se ha hecho Dios. La realización plena de este dinamismo se encuentra en Jesucristo. Pero alcanza de una manera u otra a todos los hombres.

Dios se hizo hombre, pero el misterio de la Encarnación se prolonga indefinidamente. Dios se hizo hombre en el hijo de María, pero se sigue haciendo hombre en los pobres, en los enfermos, en todos los que sufren; se hace hombre en los hermanos, en todos los que están llamados a ser hermanos; Dios se humaniza en el amor humano, en los que se quieren, en los que viven en común, en los que rezan en común. Dios se humaniza en los que creen en Jesús y guardan su palabra, en los que se dejan guiar por el Espíritu, en los que transforman sus vidas viviendo en Jesucristo, como en matrimonio espiritual.

El hombre se hace Dios. Hay una semilla divina en todo ser humano, porque estamos hechos a imagen y semejanza de Dios. Esta semilla debe desarrollarse en plenitud. El camino para llegar a la planificación divina es el amor. Es el camino de salir de sí, de no vivir para sí, sino en relación solidaria y empática, en el dinamismo de la comunión.

Es lo que hacen los mártires, los grandes testigos de la caridad, los contemplativos que descubren la belleza de Dios y se bañan en ella, los que sufren, uniendo su pasión a la Pasión de Cristo. Todo se resume en el amor: “Tú que por el camino de amor descendiste hasta nosotros, haz que nosotros por el mismo camino ascendamos hasta ti”.

Después que Jesús subió al cielo, ellos se volvieron a Jerusalén con gran alegría. La alegría es una de las principales notas de los discípulos de Cristo. A pesar de que perdieron a su Maestro, aunque sienten profundamente su ausencia, están llenos de alegría. ¿Cómo se explica?

Porque se llevan la bendición de Jesús, y no hacían otra cosa que bendecir a Dios.

Porque sienten que Jesús no se ha ido del todo, que de algún modo sigue con ellos.

Porque empiezan a sentirse más unidos que nunca, comparten la fe, la oración. Terminarán compartiéndolo todo.

Porque se saben portadores del mensaje de la salvación, capaces de superar cualquier obstáculo y persecución. Ellos recordaban las palabras y los signos de Jesús y querían celebrarlo. En ellos habían brotado grandes esperanzas.

Gracias, Señor, por el regalo del Espíritu Santo. Siguiendo el ejemplo de los apóstoles queremos vivir, con alegría y entrega, nuestro compromiso de discípulos fieles comprometiéndonos a edificar en este nuestro mundo, lo que tú comenzaste: el reino de Dios.

Que María de la Caridad, ponga a Jesús en nuestro corazón.

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