Cincuenta días después de la Resurrección, los discípulos están como congelados y, además, con las puertas cerradas y con mucho miedo a la gente que había crucificado a Jesucristo. Y todo ello a pesar de que habían visto cada domingo al Señor Resucitado que les había mostrado sus llagas, había compartido con ellos, les había deseado la paz un montón de veces, etc… Es verdad que en cada encuentro dominical con el Resucitado ellos se alegraban… pero no cambiaban. Todavía dudaban. No solo estaban paralizados sus cuerpos sino también sus almas. Afortunadamente van a salvarse porque se han mantenido juntos y en oración, acompañados por María, la madre de Jesús. El cambio se dio, un día como hoy, cuando el Espíritu Santo, que Jesucristo les había prometido como el que los llevaría a la verdad completa y a entenderlo todo, viene sobre ellos. Como hemos escuchado, hubo viento, ruido externo, signos sensibles de la presencia interna y operante del Espíritu. Va a empezar la vida de la Iglesia bajo el impulso del Espíritu que todo lo penetra y lo transforma.
Aquellos apóstoles que salieron huyendo el Viernes Santo, aquel Pedro que negó tres veces conocer a Jesús, aquellos que querían tener los primeros puestos, aquel Tomás que tuvo dudas de la resurrección de Jesús… todos ahora salieron a la calle y hablaban abierta y valientemente a la gente llamándolos a la fe en el Resucitado.
Era el nacimiento de la Iglesia. Y para este comienzo, los dones o regalos del Espíritu Santo fueron especiales, extraordinarios, como fue el hablar en distintas lenguas pero que todos entendieran, curaciones múltiples, profecías, etc. Fueron regalos necesarios a la hora de poner los cimientos de la naciente Iglesia. Después, a la hora de continuar el edificio, cuando aparecieron otras necesidades, el Espíritu Santo regaló, y sigue regalando hoy, otros dones llamados ordinarios o comunes, que también iluminan, instruyen y aprovechan. Más que hablar en lenguas, invitan a la caridad, a la fidelidad callada, a la bondad abnegada, a la fortaleza en las tentaciones, a la fervorosa perseverancia en la oración, a la paciencia en el dolor o la enfermedad.
El Espíritu lleva siglos invitándonos a hablar “otro idioma” que entiendan todos los que vivimos en este mundo, pero que sea un idioma distinto del que escuchamos a nuestro alrededor, y que más bien crea confusión. Quedamos confundidos cuando escuchamos frases como éstas: “lo mío, primero”, “el que la hace que la pague”, “lo hice talco”, “lo planché”, “ojo por ojo y diente por diente”, “perdono, pero no olvido”, “murió para mí”, “ese no levanta más la cabeza”, etc.
Pero ¡qué distinto se vuelve todo cuando hablamos, y escuchamos hablar a nuestro alrededor, el “idioma” del amor, el idioma que nos inspira el Espíritu Santo! Del amor con palabras y con obras, del amor sin fingimientos, que no busca su propio interés, que no espera nada a cambio. ¡Cuánto anima oír el “idioma” que se esconde en una sonrisa, una palabra de aliento, un apretón de manos, una palmadita en el hombro, un guiño con el ojo, un dedo pulgar levantado hacia arriba! Uno piensa que si hasta los animales saben distinguir muy bien quién los quiere y quién no, ¡cuánto más notarán eso las personas! Pidámosle hoy al Espíritu Santo ser de aquellos que hablen el “idioma” que construye, para que podamos entendernos los unos a los otros.
También en nuestra vida diaria hay momentos imprevistos y repentinos en los que cometer un pecado o vencer la tentación de cometerlo se vuelve algo dramático. Igualmente hay momentos en que un cristiano se ve precisado a tener que dar la cara por Jesucristo, que nos lo había advertido diciendo: “Cuando a ustedes los lleven a los tribunales por mi causa, hagan el propósito de no preparar por el camino su defensa, porque el Espíritu Santo será quien hable por ustedes” (Mc 13, 11). Es, en esas circunstancias especiales, que el Espíritu Santo nos brinda, como ayuda para salir airosos, sus dones de la piedad, sabiduría, entendimiento, ciencia, fortaleza, consejo y temor de Dios.
Queridos todos: No son únicamente estos siete dones los regalos que nos brinda el Espíritu Santo. Son muchos más los que Él da a sus hijos. Cada persona, ustedes y yo, y los demás, hemos recibido algunos de ellos y cada persona debe ponerlos al servicio de todos, porque ésta es la hora del Espíritu. San Pablo nos enseña en la Biblia: “En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común” (1 Cor. 12, 7). En la misma comunidad a la que ustedes pueden pertenecer, el Espíritu Santo se manifiesta de muchas maneras: hay quien tiene el don de la música, de la atención a los enfermos, de la asistencia a los ancianos y necesitados, de los que ayudan a los presos y a sus familiares, de los misioneros que llevan el Evangelio casa por casa, de los que mantienen el templo abierto, de los catequistas, etc. Lo importante es poner esos dones al servicio de los demás.
Si tú perteneces a alguna comunidad, hoy también es el día de preguntarte: ¿Qué hago yo por mi comunidad? ¿Voy a la iglesia con mentalidad de dar o sólo de recibir? ¿Soy realmente comunidad? ¿Conozco a los demás y los demás me conocen a mí? Si faltara a Misa un solo domingo, ¿alguien se daría cuenta de que falté? ¿Tendré yo enterrados los dones que he recibido del Espíritu Santo? ¿Qué más podría hacer yo por los demás?
Los invito a que (…) le pidamos al Señor que nos ilumine con su Espíritu.
