“Señor, dueño nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” Salmo 8
Mis hermanos,
Como decíamos hoy la iglesia está celebrando la Solemnidad de la Santísima Trinidad. Jesús en su paso por la tierra viene a mostrarnos el estilo de vida de la casa del padre. ¿Cuál es el estilo de vida de la casa del padre?
Un estilo de comunión, un Dios que es uno y que la misma vez es trino que tiene la capacidad de presentarse de modos distintos en su gran amor, siempre operativo. Hoy se nos habla del espíritu de la verdad en el Evangelio. Jesús insiste en que conviene que Él se vaya para que venga el Espíritu de la verdad.
El domingo pasado estábamos celebrando el domingo de Pentecostés, precisamente la venida del Espíritu Santo sobre María y los apóstoles, el nacimiento de la Iglesia. Pero ciertamente ese Espíritu Santo que viene sobre nosotros, que es fundamento de la Iglesia nos comunica al Padre, nos comunica al Hijo. La Trinidad Santa se manifiesta, y se manifiesta para llevarnos a la comunión. Qué ejemplo tan grande de comunión la Santísima Trinidad, el Padre en el Hijo, por medio del Espíritu Santo, una continua y permanente donación de amor.
Uno de los de los retos más grande que tuvieron los apóstoles y que todavía hoy tenemos como iglesia, es vivir el espíritu de comunión que Jesús nos propone. Cuesta mucho la comunión. Decía el papa San Juan Pablo II en la Novo Millennio Ineunte, Ineunte, que la iglesia de este milenio, o es la iglesia de la comunión o no es la iglesia del Señor. Ciertamente toca procurar todos los días vivir como iglesia. ¿Cómo se vive como iglesia? Viviendo en comunión. Ahora es muy difícil.
San Pablo en su carta a los romanos nos habla del tema de la paciencia. Cuánto entrenamiento nos falta en esa paciencia, en ese quizás mirar a Cristo en la cruz y tener la capacidad, cada uno de nosotros, de morir un poco a nosotros mismos, para dar vía al amor, para dar vía al Espíritu Santo en el hermano. ¿Cuántas divisiones, cuántos enfrentamientos, cuánta soberbia nos aleja los unos de los otros? Y entonces no somos manifestación de esa Trinidad Santa cuando vivimos en la división, en el enfrentamiento, el conflicto. La humanidad necesita más que nunca comunión.
Ahora, pero ¿qué pasa? Cuando cada uno decide autoafirmarse, cuando cada uno se siente poseedor de toda la verdad, cuando cada uno se vuelve autorreferencial y no deja que el Espíritu Santo venga sobre nosotros, que el Espíritu Santo nos inunde, nos guíe, nos enseñe, cuando nos volvemos autosuficientes, ciertamente no podemos vivir desde la perspectiva trinitaria.
Y yo creo que por ahí todavía tenemos mucho que crecer en humildad, en perdón, en capacidad de aprendizaje, en docilidad. Yo creo que en estos tiempos más que nunca nosotros como iglesia necesitamos mostrarle al mundo, mostrarle a la sociedad, que es posible vivir en comunión, que nuestro Dios es relación.
Que no es posible vivir un cristianismo a mi manera, no es posible vivir un cristianismo por cuenta propia, necesitamos la referencia del hermano. Necesitamos vivir una religión vertical, pero también horizontal. Y para eso, bueno, para eso tenemos que sumergirnos en la palabra de Dios. Cuando uno lee los evangelios, Jesucristo constantemente está haciendo referencia al Padre. Constantemente Jesucristo nos está hablando de relación. Y qué bueno que nosotros podamos aprender de los modos que vemos en el Señor en el Evangelio. ¿Cuántas renuncias en la persona de Jesucristo? ¿Cuántas veces ceder? ¿Cuánto, a veces perder entre comillas en la persona de Jesucristo?
Ah, pero no se puede generar la comunión si uno muchas veces no está dispuesto a perder por un bien mayor. Si uno a veces no está dispuesto a perder por un amor mayor. Qué pena cuando nos creemos poseedores del Espíritu y queremos incluso dominar, guiar, dirigir al Espíritu Santo. No, no es así, es al revés. O sea, es el Espíritu Santo del Señor, el que nos guía y que cada vez nos va llevando a nuevos horizontes. Y lo que parece imposible para nosotros los seres humanos, las circunstancias que vemos de dolor, de crisis, de desesperación, de agobio, y salir de ahí algo que parece imposible para el hombre, es posible para Dios.
Ah, pero es posible para Dios en tanto y en cuanto todos, los de un lado, los del otro, los de aquí, los de allá, entendamos que todos debemos de ceder, de aprender a ceder, de aprender a perder, de aprender. Y yo creo que muchas veces eso nos cuesta mucho, nos cuesta mucho.
Qué gran ejemplo el del Bautista, el San Juan el Bautista, cuando decía, «Yo tengo que menguar y él tiene que crecer.» La mayoría de las veces, tristemente, nosotros nos los planteamos al revés y no puede ser así.
Vamos a pedirle a nuestra madre, la Santísima Virgen de la Caridad del Cobre, que nos enseñe. Cuánto podemos aprender de la humildad de María, cuánta comunión con su Hijo, qué modo tan admirable de ser iglesia. Recientemente la celebramos como Madre de la Iglesia. Cuánto podemos aprender de María a vivir en comunión, a ser iglesia.
Por eso en este día de la Santísima Trinidad también a ella nos encomendamos para que en verdad podamos ser la iglesia de la Santísima Trinidad, la iglesia de la comunión.
Que así sea.
